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Sombra y reflejo

Al abrir los ojos me hubiera gustado
encontrarme en tu mirada,
nido de espejos:
recuerdos, palabras, canarios en vuelo.
Parpadeo,
vuelvo al día que nos quebramos
y trato de respirar despacio,
consciente.
Ahora que soy el resultado del tiempo contigo
puedo decirte
que no habrá mala suerte
durante siete años, y tampoco nos ahogaremos
dentro de nosotros mismos,
somos aquello que admiramos más allá de uno.

Sólo un diamante puede pulir otro diamante.

Ejercicio realizado en el Curso-Taller "Las palabras y la casa", impartido por el Colectivo Nuevas Voces.
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Somos parte del dolor que tratamos de olvidar

Subí a mi cuarto y me tumbé en la cama. Quería dormir, descansar un poco. Desde hace meses, por momentos, el corazón me duele cuando palpita y, a veces, golpea. Tomé una almohada, la estrujé, hundí mi cara en ella y cerré los ojos. En unos cuantos minutos se humedeció y, entre sollozos moquientos, recé y pronuncié el nombre de Alma. Suspiré. Abrí los ojos y me quedé mirando la leve capa de polvo que cubría el suelo. Un trueno estremeció los vidrios de la ventana. En un instante se fueron marcando unos pasos. Asustado me levanté y traté de correr. Alguien me abrazó fuerte y dijo: “Amarte es una bendición, no un castigo; libertad, no una prisión. Ama y déjate amar. Te amo”. Un ligero aroma a nardos y rosas se quedó en el cuarto. Crujió mi pecho. Un fresco hálito entró en él, y junto con una cálida caricia me arrancó una costra invisible del corazón. Sin limpiarme las lágrimas me acerqué al mueble donde tengo su fotografía. Le di las gracias.

Alma era una amiga que tuve en la adolescencia, y a quien yo apreciaba demasiado. A ella la encontró una bala perdida, cuando tenía quince años.
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Autorretrato

Infierno, purgatorio y paraíso
encuentran su forma dentro de mí.

Soy accidente.
Soy miseria.
Soy lo que elijo cada día al despertar.

¿Vida? ¿Muerte?
¿Un poema? ¿Un cuento?
¿Un espejo?

Soy palabra.
Soy silencio.
Soy reflejo de miradas cotidianas.

¿Ángel? ¿Demonio?
¿Una canción? ¿Una fotografía?
¿Una puerta?

Soy consciencia.
Soy cuerpo.
Soy lo que hago cada día al soñar.

El suicidio de un astro azulino
encuentra su forma en cada corazón:
instante, eternidad, revelación.

Ejercicio realizado en el Curso-Taller "Las palabras y la casa", impartido por el Colectivo Nuevas Voces.
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Siempre entre las sombras acecha la angustia

Primer “Diablo”: La noche ciega. Segundo “Diablo”: La euforia de la música. “Tercer “Diablo”: La advertencia evadida. Camino a la fiesta me encontré, en diferentes lugares, a tres personas. Una me dijo que no bebiera demasiado, porque notó la humedad en mis ojos. Otra, que lo evitara porque me temblaban las manos. Y la última, que mejor regresara a casa, porque cuando la oscuridad está inquieta se devora a sí misma. A cada una le sonreí y di las gracias. Cuarto “Diablo”: El autoabandono. Quinto “Diablo”: El olvido propio. Sexto “Diablo”: La desolación. Mareado me senté por un rato, luego salí a vomitar detrás de un ficus. Séptimo “Diablo”: Tambaleando, con un cigarro en la mano izquierda, y un vaso en la derecha, di la vuelta en la calle que da directo a casa. Me recargué en una pared. Mi respiración aumentaba. Tiré el cigarro, para medio conservar el equilibrio, y di unos cuantos pasos. Lo que se abalanzó contra mí era más grande que un San Bernardo adulto. Caí de nalgas y mi espalda amortiguó el golpe seco de mi cabeza en la banqueta. Alguien gritó mi nombre, y pedía ayuda antes aquella bestia me desgarrara hasta el espíritu.
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Te seguiré a cualquier lugar

La última vez que vi a Mariana, una lágrima carmesí recorría su mejilla. ¿Estamos en paz? Ojalá así sea durante mucho tiempo, por mi bien y el de ella. Nunca tuve la intención de lastimarla, aún más de lo que lo habían hecho. Las palabras son puñales cuando la inocencia se confunde con indolencia. Recuerdo que mi primo llorando me dijo que la encontraron en el basurero cerca del mercado: desnuda, golpeada y con las vísceras al aire. No seas chillón, ni era de la familia y además tenía una sonrisa como de paleta payaso, le dije. Él me dio un tremendo puñetazo en el estómago y se fue bufando. Tres días después desperté temblando en la madrugada. Aventé las cobijas y me levanté corriendo a encender la luz. Algo me desgarraba el pecho. Me arranqué la playera y grité desesperado. Mi primo entró a mi cuarto y detrás de él Mariana. Tartamudeando y sudando frío caí de rodillas arrepentido de corazón, les pedí perdón y me desmayé. Al abrir los ojos la llama de la veladora en la tumba de Mariana brillaba alegre, y las cicatrices en mi piel ya no ardían tanto. Rezo cada noche por nuestro descanso.
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Quédate conmigo

De una sonrisa a una lágrima, paso los días desde que me corte un mechón de cabello para ponerlo en tu corazón junto con una rosa roja. A veces es frustrante despertar con el alma alegre, sabiéndote ausente. Recordar los momentos interesantes en que mostré valentía, para trasmitirte seguridad, me ayudan a luchar con el monstruo de encías sangrantes que a diario quiere devorarme cabeza y entrañas. En ocasiones intenta desgarrarme en silencio; y otras, gruñendo, decapitarme. No importa si estoy solo o acompañado, siempre está al acecho. Hoy, por ejemplo, mientras estaba con Nina en el cine, aprovechó que cerré los ojos y la abracé: me agarró del cuello con sus garras. No podía respirar. Nina me sujetó fuerte de la mano, antes de irme de boca contra las butacas de enfrente, y gritó mi nombre y yo el tuyo: ¡Aldo! Entre la penumbra vi tu sombra y escuché que me dijiste: “Si la vida te grita, grítale más fuerte. Ámala. Te amas para enseñarte a amar.” Fruncí el ceño y apreté la mandíbula y los puños, y le golpeé iracundo las costillas y luego el hocico. Nina suspiró y me dio un beso. Tu luz me colma, susurramos.
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Itzayana: regalo de Dios

—Tienes que ir ver a Ezra lo más pronto posible, Itzayana —le dijo Tsavaniha encaminándose rápido hacia ella.

—¿Qué pasa, Tsavaniha? —preguntó Itzayana con un suave tono de voz y un ligero temblor en sus manos —. ¿Por qué me pides eso ahora y con tanta agitación? Sabes que no puedo salir del castillo a esta hora sin que le digan a nuestro padre. Las sombras hablan.

—Lo sé, Itzayana, pero si no lo intentas Ezra… Ezra… y tú… —dijo Tsavaniha tartamudeando y con los ojos húmedos —. ¡Vete ahora! Geraldine y yo hemos preparado todo para que se vaya del reino y estén seguros, aunque nuestro padre se entere. Alejarse de las sombras hace crecer tu luz interior.

—¡Ezra y yo qué, Tsavaniha! —dijo Itzayana tomando a Tsavaniha por los hombros —. ¡No entiendo y menos qué tiene que ver nuestro padre en todo esto!

—¡Sólo vete y evita hacer más preguntas, Itzayana! —dijo Tsavaniha al agarrarla de la mano y dirigirse a la puerta —. Las sombras muerden cuando están enojadas.

Al oír más de un par de fuertes pasos detrás de ellas, corrieron como dos ratitas perseguidas por un gato negro. Bajaron hasta la cocina y salieron jadeantes por la puerta trasera. Geraldine las esperaba con un caballo alazán. Itzayana montó en el sin titubear.

El amor es un presente, no un contrato; pensó Tsavaniha cuando oyó hablar a su padre con el rey de las sombras.
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El trino del Diablo

De la frialdad de la celda de castigo aprendí a olvidar las expectativas; y de la calidez de un día de verano en el parque, a valorar la realidad. Ojalá hubiera entendido antes las palabras de mi padre. Ojalá hubiera aprendido antes las lecciones de mi madre. Sin disciplina el talento es sordo. Mi padre me decía que el talento no basta sin práctica. Mi madre me enseñaba a tocar el violín todas las noches. A los doce años ya sabía lo básico. Me emocionaba ver la sonrisa de mi padre y de mi madre, era como percibir un tercer sonido. Ojalá que todas las variaciones de nuestra vida fueran armoniosas. A los dieciocho, encontré a Lucef en las jardineras afuera del edificio donde vivíamos.

—¡Hey! ¿Qué pasa, Giusepp? Te noto irritado —dijo encendiendo un cigarro—. Venga, relájate.

—Otra vez mis viejos —dije extendiendo mi mano para tomar el cigarro—. Insisten e insisten en que practique más de tres horas al día. ¡Pero vaya que son molestos! Sé que puedo tocar con maestría la pieza que me pongan.

Lucef se carcajeó acostándose en la jardinera.

—Mira, Giusepp, iré contigo sin rodeos —dijo con un tono fuerte de voz, mientras exhalaba una gran bocanada de humo—. Tengo un negocio que nos dejará forrados y te podrás librar de tus molestias y vivir tranquilo por mucho tiempo. Igual hasta a tus viejos los podrás ayudar a comprar una casa y dejar este muladar. Piénsalo: no más lecciones, no más palabras. Libertad a bajo costo y con gran ganancia.

En mi mente se formaron en allegro imágenes de lujos y comodidad, cuando oí la cantidad que obtendría. A veces el mínimo esfuerzo corrompe. Acepté sin titubear.

Entré al apartamento, mi padre estaba sentado en el sillón escuchando Concierto para violín, cuerdas y bajo continuo en La mayor D.96, de Tartini. Mi madre salió de la cocina.

—Esta noche estás libre —dijo acercándose a mí, para abrazarme—. Te quiero, hijo, cada día lo haces mejor. Pronto podrás encantar a un gran público.

Correspondí indiferente al gesto y me fui a mi cuarto.

A las cuatro de la mañana cerré sigiloso la puerta del apartamento. Me puse los audífonos para tranquilizarme. Sonata violín no. 17 Andante cantábile, de Tartini, sonó en mis oídos. En movimiento lento me encaminé al lugar de la cita.

—¡Eh, Guisepp! Me alegra que hayas decidido —dijo Lucef antes de tirar la colilla de su cigarro y pisarla—. ¡Venga! Vámonos, esto apremia.

Llegamos a un parque a dos horas de nuestro barrio. Ahí lo estaban esperando dos tipos altos. Nos acercamos. Lusef se quitó la mochila que negra que traía en el hombro. Se las entregó en minueto. Nos encañonaron. Se oyeron sirenas. Luego disparos. Caímos. Gritos. Luces azules y rojas. Sangre desparramándose en el suelo. De fondo Sonata para violín y bajo continuo nº 17. Allegro, de Tartini.

Vi llorar a mi padre y a mi madre. Lo oí suplicar libertad. La música salva del deterioro. Durante mi estancia en cárcel, siempre que podía, reproducía en mi mente cada obra que me había enseñado mi madre. Pronto conseguí un violín. Los días pasaban en un nuevo allegro. Ojalá nunca se rompiera la armonía.

Faltaba tres semanas para cumplir mí condena. Caminaba hacia mi celda. Los rumores son una cuerda rota, surgen en el momento menos indicado. Era mi vida o la del otro. Se rompió mi violín.

Nos trasladaron al hospital. Fueron más años para mí, duros años. Mi padre me decía que la paciencia, unida a la perseverancia, da valor. Después de algunos meses conseguí un nuevo violín. Practiqué y practiqué, como lo hacía con mi madre, cada vez con más ahínco; tanto que el director me propuso que diera una presentación en el auditorio principal. El empeño, recompensa.

Cuando íbamos de regreso a casa mi padre puso en el autoestéreo Concierto Bucólico para violín, cuerdas y bajo continuo en Re mayor, de Tartini.

—Me alegra que estés con nosotros, hijo —dijo mi madre sonriendo en allegro—. La vida está llena de movimientos inesperados, por eso hay que ser constante en lo que destacas. En cada nota aparece algo desconocido.

Bajamos del auto, Lucef esperaba afuera del edificio. Les dije a madre y a mi padre que se adelantaran. Tenía cosas que arreglar.

—Tiempo sin verte, Giusepp —dijo encendiendo un cigarrillo—. Tengo algo para ti, pero tendrás que acompañarme.

Lucef tenía las venas de sus ojos inflamadas, enrojecidas. Me negué con firmeza. Lucef insistió con voz agresiva y ronca.

—¡Vete a la mierda! —le dije dándole la espalda—. La facilidad es tentadora, y en su minuet arropa, pero su nuevo allegro es efímero.

Se carcajeó.

Entré al edificio. Mareado caí de las escaleras.

Ahora cuadripléjico, en el parque escucho lo que pude tocar. La arrogancia traiciona.
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Voluntad alada

Cada día le parece más extraño que sus padres no atiendan a su llamado. Apenas tiene unas cuantas sobras de alimento. Lo último que le dejó su padre fue un murciélago; su madre, una pequeña rata. Vive en una copa de uno de los árboles más grandes de los bosques húmedos de Borneo. Tiene un año y el mismo tamaño que su padre y que su madre. La necesidad posibilita la madurez, el vuelo. La caída de setenta metros sería fatal. Todas las mañanas salta, aletea, a pesar de la lluvia y los fuertes vientos. Se sostiene de las ramas con sus garras. Salto, agarre; así es su rutina. A veces tiembla; otras, chilla. El momento de abandonar el nido llega. El viento sopla tranquilo. El sol resplandece. Salta. Aletea. Por un momento queda suspendida en el aire. Se sostiene. Debe intentarlo otra vez, el miedo puede matar de hambre. Se lanza hacia al vacío. Planea. Una ráfaga la levanta. Titubea. Regresa al árbol más cercano que encuentra. Se agarra. Grita. Su corazón palpita rápido. Duda. Lo intenta de nuevo. El águila azor de Wallace extiende sus alas. Vuela en círculos. Pronto encontrará hogar, formará familia; ha visto una presa.
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Corazón alado

Durante la primavera, un colibrí jugueteaba en el jardín. Perla lo miraba, desde la ventana de su habitación, cuando su madre corría las cortinas. Hace dos años se cayó de un jacaranda, por salvar los huevos de un nido. Su abuela una vez le contó que el colibrí es un pájaro muy especial porque está encargado de llevar, de un lugar a otro, los deseos y pensamientos de los dioses. El día de su accidente, leía en el parque. Unos niños pasaron detrás de ella diciendo lo que harían. Perla se adelantó a los hechos. Una piedra se estrelló en su cabeza. Cerró los ojos, voló, se detuvo. Si la inocencia se confunde con arrebato, hiere, lastima, daña. Los niños corrieron al verla en el suelo. Cuando abrió los ojos estaba en el hospital, cuadripléjica. Lloró junto a su madre y su abuela. En casa imagina que se detiene en el aire frente a una dalia morada. Aceptar los cambios no es sencillo, tampoco imposible, le dijo su abuela un día en que la notó muy triste. Su madre se sienta a su lado. Sonríe. El colibrí está en el borde de la ventana. Duerme. Perla y el colibrí vuelan.
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Sombras en vuelo

La madre lleva a su hijito al teleférico. Es el año de 1969. Frente a la gran multitud reunida para la inauguración, el niño llora descontrolado. Entonces, la madre le dice:

—¡Si no te callas no veremos a tu padre!

Ella se da cuenta de que el niño extraña a su padre. Ella sabe que son 2.457 metros los que podrían separarlos. Sin embargo, ante la presión del llanto, saca un chocolate de su bolsa y se lo da. El niño se calla, la madre sonríe. Ambos se alejan del teleférico. El niño se deleita el paladar con el sabor a leche y almendras. La madre recuerda el día que su esposo le pidió matrimonio.

—¿Qué te pasa? —pregunta el niño.

—No lo sé, no lo sé… —responde la madre.

Sucede que en su pecho mira lo que perderá. Sucede que sus mejillas se van humedeciendo. Sucede que volar no siempre es la mejor opción. Sucede que entre la multitud uno se pierde. Sucede que algo nuevo sorprende, pero con el tiempo se vuelve rutinario.

Las primeras cinco personas suben a la cabina. Despacio se eleva, al mismo tiempo que madre e hijo se desvanecen en la mente del padre.
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2.457 metros

La cabina del teleférico se va elevando. Marisol mira por la ventanilla, quiere olvidar que tiene diecisiete años. Horacio abre su portafolio y relee un contrato fallido. Eva saca de su bolso un botecito de crema para el cuerpo y se unta un poco en su reseca piel morena. Miguel se coloca sus audífonos y cierra sus ojos azules: hace tres días murieron sus padres. Rosalba piensa, con la cabeza baja, en cómo estarán sus nietos. Nadie está libre de pesares. Una ráfaga de viento provoca que se tambaleen. La cabina se detiene. Sus miradas se cruzan unas con otras. El miedo se nota. El miedo une. El miedo se afronta. A treinta metros de altura las diferencias se olvidan. Unos a otros intentan tranquilizarse e infundirse ánimo. La incertidumbre aumenta. Silencio. La cabina del teleférico se va elevando. Uno a uno salen de la cabina. Se detienen. Se miran. Se dan la mano. A veces la adversidad crea vínculos. Marisol y Miguel caminan juntos a la deriva. Horacio sonríe y vuelve a entrar a la cabina. Rosalba y Eva se quedan charlando durante un largo tiempo. De Rosales a Casa de Campo el EMT Madrid es lugar de encuentro.
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La rabia del silencio

Desperté temblando, Rubén me desnudaba. Le dije que no y lo aventé. Le dije que no y me besó a la fuerza. Le dije que no y le apreté los huevos. Forcejeamos. Me dio dos bofetadas. Grité antes de que me agarrara del cuello. Me desvanecí.

Me provocaba náuseas ver a Rubén tan despreocupado durante la grabación, jamás imaginé que algo así fuera a suceder. Era mi amigo desde la preparatoria y nunca le había dado motivos para que pensara otra cosa. Todos me preguntaba que si me sentía mal, porque me notaba pálida y extraviada. Aunque en realidad tenía una mezcolanza de culpa y rabia en el estómago, en general mi respuesta fue: “Sí, estoy bien, gracias. No pasa nada”.

Se me secó la boca cuando Rubén me preguntó si quería un vaso con agua. Al ver su sonrisa me mareé. Fui al baño y vomité y vomité hasta que me dolió la garganta. No pude soportarme más, llamé a mi mamá y le conté lo sucedido. El miedo causa confusión, la confusión silencio y el silencio abuso.

Antes de salir corriendo de la locación, le dije a Rubén que no se volviera a acercar a mí. Él me pidió perdón y me dijo que no era para tanto, que siempre le había gustado y que yo lo sabía. Le escupí a la cara.

Mamá me recogió y al llegar a la ciudad fuimos a levantar una denuncia. Cerré fuerte los puños y fruncí el ceño, la ministerio público me miró con autoridad y me preguntó: “¿Por qué no gritaste?” Me quedé en shock.
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O. de oso polar

En la tierra o sobre el hielo,
tengo un poderoso olfato
y admiración yo desato
en el blanco ártico suelo.
Ser leyenda da consuelo
en tiempos de oscuro frío.
El color del pelo mío
es por la luz ilusión,
reflejo, una sensación,
que al ojo llena el vacío.

Animalario, 2019
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Para saber conservar

Quiero vivir orgulloso
del haberte acompañado.
Quiero librarme de enfado
para existir armonioso.
Querer es hacer dichoso,
querer es trabajar riente.
Quiero despertar consciente
para un sueño posible.
Quiero conservar visible
un futuro refulgente.

De Décimas millonarias, 2020
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De corazón e intelecto

Menos límites, más metas;
siembras hoy para mañana;
tener visión jamás daña
cuando al presente sujetas.
Los errores son saetas
hacia el blanco del acierto.
Más paz, menos desconcierto;
cosechas en tu interior
sabiduría y valor
para un infinito abierto.

De Décimas millonarias, 2020
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1comentarios 91 lecturas versoclasico karma: 83

Z. de zorro ártico

Blanco pelaje en invierno;
en verano, pardo y gris.
Vivo en laderas feliz,
y siempre activo, no hiberno.
El cálido amor interno
refugia del abandono.
Comida no condiciono:
me nutro de lemmings y aves,
los huevos y bayas claves.
Soy libre animal sin trono.

De Animalario, 2019
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Un obstáculo se salta

Piensa como millonario:
no tengas miedo al dinero,
la visión del mundo entero
cambia con trabajo diario.
Herramienta, no calvario,
es la moneda invertida
para un alba compartida,
en un sólido proyecto,
de corazón e intelecto,
conjunción comprometida.

De Décimas millonarias, 2020
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4comentarios 88 lecturas versoclasico karma: 90

Jamás el dinero aceda

Pasos firmes, mirada alta;
diversión para el montón;
el pesimismo es matón;
un juguete, trivial falta.
Un obstáculo se salta,
y se aplica la experiencia.
Al futuro ve la ciencia;
al pasado el comodino;
al presente el ser destino;
sé abundancia con consciencia.

De Décimas millonarias, 2020
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L. de lémur volador

Aunque no soy un primate,
nombranme así en ocasiones;
son mis verdaderos dones:
dermópteros de remate.
La similitud no abate
la belleza verdadera.
Mi visión es de primera
entre sombras nocturninas;
oriundo de Filipinas,
planeo en la azul esfera.

De Animalario, 2019
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4comentarios 124 lecturas versoclasico karma: 77