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Ven. Voy

Y a veces nos quemamos los párpados y los bordes del cerebro con espantapájaros tóxicos. Con hologramas de almas que sólo tienen humo gris.

Nos dejamos abrasar las mejillas con lágrimas de lava, cocidas de tanto darle vueltas al amor manoseado.

Acaban nuestras clavículas partidas en el suelo, porque ya no quedan plumas que eleven al aire seguro cada poro de la piel.

Y entre tanto, tan cegados y tan obtusos, tenemos tiritando entre ventiscas de nieve a aquellas almas que son regalos. Cometas que surcan las noches apagadas sólo una vez.

Entonces es cuando se nos desgajan fragmentos del plástico quemado y derretido que asfixiaba nuestras bocas. Nuestros pechos, cautivos de lo dañino durante mucho tiempo.

Caen los trapos sucios con los que uno pensaba estar vestido. Sólo eran harapos. Jirones verbales de picaflores crecidos.

Entre tanta agitación aplastamos la fragilidad de esas personas cristalinas. Bellas por dentro. Delicadas al tacto de la mente; cálidas entre el pecho.

Y deseamos no haber herido. Chillamos cuando las heridas han sido a uno mismo.

Y de repente las tormentas acaban. Dejan ver.

Muy lejos.

Hasta el infinito (y más allá).

Y ahí. Precisamente ahí, es donde queremos ir de la mano, del vientre, de la columna, del cerebro, de los ojos y los labios de ese amor verdadero. Puro. Delicado.

Igual es tarde. Igual se han borrado las baldosas. Sólo una oportunidad.

Una.

Ven.

Voy.
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Metamorfosis

Esquirlas metálicas en los vanos del diafragma. Punzantes, plateadas.

Tosía flores transformadas, respiraba fuego callado. Brotaba arroz en las venas.

Quiso ser laurel, contra viento y marea volteó la leyenda y dejó rozarse por sus huellas dactilares, espías curvos de las manos.

Sus senos se tornaron cortezas, vainas de vainilla sus oídos, lejos del susurro falso.

La mirada capturó fotones y regaló un envés de clorofila, sin facturas del alma.

Se resistió al mármol. Siempre quiso ser libre y diluirse entre acuarelas efímeras. En postales de olvido.
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En una cáscara de nuez

Cuatro vallas sin saltar, trece puertas sin derribar.

Entró la luz del día como una pompa entre el éter, como un tapiz de seda entre el filo del cuchillo.

Giró la mente, ardieron los jirones de faldas y blusas desabotonadas. Se descorcharon las botellas mentales, los telones del escenario y los broches para cabellos inquietos.

Una masa boscosa rajaba las ramas de sus ojos, cansados de sucumbir al fuego de pirómanos del alma. De asesinos de sístoles y diástoles.

Danzó en el abismo sin redes de seguridad, sólo con sus pestañas mojadas.

Atravesó crestas de hielo entre inmutables bloques de granito. Voló lejos, desnuda.
Con el soplo del agua hecha vapor, cautiva de nubarrones añiles y atardeceres que arrancaban el color a las caléndulas.

La boca salada, calada.

Sellada.

Quedaría en el recuerdo cada pluma desfigurada por los vaivenes de lijas, de escoplos que retiraron un poco más de su pecho, hasta dejarlo al descubierto.

Sin más pertenencias que su esencia, aún tiritando en una cáscara de nuez.

Desapareció para siempre.

Deja ya de buscarla.

Deja que sea libre.

Sopla al horizonte. Quizá vibre su latido.

Quizá sean sólo olas.
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Un limón y medio limón... (colaboración con @horten67)

(Como siempre, os invitamos a saltar y empaparos de vida, del jugo de la sonrisa, de la acidez que genera buen humor, porque siempre va edulcorada con la amistad. Como la que me une con nuestra querida Horten)

Medio limón rueda por la escalera.
Sombras de pipas color de lima, entre el musgo y las yemas de huevo.

Tintinea botando de escalón a escalón, de abismo en abismo. El vuelo ácido del sol bajo una cáscara curva.

Diminutas gotas ácidas se desprenden de la carne amarilla y jugosa, saltando cual pulgas en un circo con trapecios y sin payasos.

Todas juntas, forman charquitos, donde microorganismos celebran fiestas de playa sin arena.

Salpican ojos alegres, sonrisas con azúcar, envuelven palabras con menta y amarula.

¡Ay, los limones!

Amarillos por dentro y del color del sol naciente en sus arrugadas fundas.

Cítricos constantes entre perros y gatos, entre tigres salvajes y monos de selva. Llevan chispa en sus poros, vida en las venas.

Explosivos cilindros deformes, de piel arrugada, cual sapos en un charca repleta de nenúfares.

Gajitos, acostados al borde de paellas en mañanas de domingo playero, en las comidas en casa de la abuela y junto a los pescados fritos.

¡Ay , los limoneros repletos de limones!

Regalos para la vista y el olfato. Pinturas vivas en los huertos y el campo. Brocha de amarillos sobre fondo de verdes.

Tracas de infarto, pólvora entre los dientes. Fundas de pulpas, pájaros de plumas silvestres.

Collares de escamas y mejillas al alba, duendes transparentes, abejas aladas.

¡Amarillo, que te quiero radiante!

¡Amarillo, que tiñes la lengua de flores sutiles!

¡Amarillo, corazón de vainilla y labios ardientes!
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Sobre las ondas

Acarician las vibraciones las últimas células epiteliales, secretos contados al oído de los dedos, de las sienes, de los mismos sesos prendidos en humo.

Vasos de cartón reciclado y roces de cinco segundos en escaleras geométricas empapadas de arte. De prisas. De sabores lentos.

Vítores en silencio entre pecho y espalda, en el hueco que deja un corazón errante, mudo, aventurero.

Salieron a navegar las carcajadas en barquitos de papel y mares de vino blanco y dulce.

Burbujas.

Flores de almendro en automóviles sin freno, libres.

Gotas de cafeína en peldaños curiosos.

Adrenalina.

Persianas de cabellos superpuestos, mechones salvajes y párpados noctámbulos, los búhos de los besos más huidizos, mentones carentes de pesadumbres.

Y seguimos caminando sobre alambres, sobre ondas, sobre sonrisas ligeras.

Somos golosinas anónimas.
Globos aerostáticos al filo de lo imposible.
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Huevos azules

Entre dientes murmuraba haciendo recuento de las cáscaras de huevo que habían roto delante de sus narices.

Proyectos en estado embrionario que no llegaron a eclosionar.

Pequeños trozos azulados, finos y temblorosos, propios de un colibrí taquicárdico.

Habiéndolos recogido con los dedos, trataba de recomponer deseos diseminados entre el humus y la hojarasca.

Zumbidos de abeja, melodías amarillas en los días bañados de sol y de diminutos dientes de león al viento.

Acabó diseñando un brazalete con la mitad del arcoíris, añiles y violetas, cascarones de petirrojo formaban sus cuentas.

Dicen que vive entre las piedras y juncos, en la orilla del río. Sueña con corazones transparentes, entre versos de garzas, sin heridas abiertas.
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Océanos aéreos

Se cuartearon los vientos ahumados.
Arrugas en las bocacalles.
Tierra en los ojos.

No hay tregua para las medias verdades,
Cuelgan arrepentimientos entre ristras de hortalizas secas.

Paredes blancas, abrazadas a la cal.
Surcos en la tierra, dormita en descanso mientras se olvida de las malas hierbas.

Unas gafas de piedra pómez pulen
los defectos del pasado.
Esparto para la boca, sosa para la mente.

Y de nuevo se abre en canal
el barbecho cansado, y devuelve risas,
cantos y cuentos (en los que uno está a salvo).

Entre las grietas brotan llenos de sangre verde los tallos irremediables.

Los que agarran con fuerza, los que se unen con imperdibles de plata, con canciones y pentagramas.

Y asciende el vapor de agua con los rayos tibios del sol que se alarga.

Velos acuosos, brumas doradas.

Y respiramos mares de tinta, olas que calan.

Hasta el alma.

Emprendemos un trayecto sin curvas, sin pleamares caprichosas, sin lastres ni vendas.

Desplegamos las velas, nos desabrigamos la piel de corteza amarga, de ébano sin firmar.

Y, de pronto, llevamos el rumbo en océanos aéreos, lejos de frentes dudosas. Lejos de almas forajidas.

Cerca del alba.

Tocados por la espuma.

Empapados de vida.
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Rocas

Se precipitan como cántaros repletos
de añoranzas en un acantilado.

Parten la fiebre de mentes inquietas,
almohadas de duendes con ojos cansados.

Son percusiones del tiempo, timbales de horas pasadas, tambores de viento y ovillos nublados.

Cuentas del collar de gigantes, lágrimas de poemas sin dueños ni guantes.

Pañuelos ligeros que huelen a limón.

Cadenas rotas de eslabones amnésicos, cuentos sin fines e inicios revueltos.

Me cuelo entre sombras de nubes dobladas, cabalgo alambres de cobre en hormigas aladas.

Reboto entre aristas de escarcha, copos de nieve en cajitas doradas.

Y subo y preparo mi vientre para vidas futuras. Germen del cambio, horquillas que atan las manos.

Campos de lavanda.

Apareces subido a las risas de guitarras, arropado con tacto de avellanas.

Giras mi mundo y paras el viento, me soplas quedito en todos mis sueños.

Huele a tierra mojada.

A medio milímetro ya nos cala en los huesos. Blancos, enteros.

Mis manos. Tus ojos. Mi yo. Tanto. Tan nuestro.
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Seres refulgentes

Y a veces se doblan las patas del taburete, y el mundo se vuelve blando, tiene el truco de Dalí.

Caemos en bucle hacia el centro de la Tierra, nos quemamos por dentro y por fuera.

Huimos.

Agitamos las alas de Pegaso y elevamos briosos las extremidades, invencibles, atravesados por el Sol incesante.

No miramos atrás. La piel se vuelve arisca y resiste el hielo airoso, narcisista. Tan sólo sucumbe al calor del aliento futuro, a la tibia sangre que circula entre la carcasa del cuerpo agitado por las ganas.

Trucos para engañar el hambre de días y la apetencia de horas. Corremos hacia el punto de fuga, allí donde parecemos pequeños al resto, pero grandes a nuestros propios ojos.

Rozamos la piel, erizamos el vello. Susurramos despacio. Gritamos al eco.

Al eco...

Y trepamos por racimos de uvas, pero las que no llevan ira. Y aunque todo alrededor se vuelva gris y de la tonalidad de la propia descomposición, nos enfundamos de nuevo la camisa del pintor y salpicamos el lienzo diario con fluorescencias y halos del color de la manzana ácida.


Cada día duerme y refulge nuestra boca.
Cada respiración vuela por la ventana.
Somos fascinantes, ave Fénix al alza.
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Tijeretazos en los labios

Chocaron tantas veces sus labios
que no encontraron otra forma de existir más que en el caos más rojizo.

Tectónica de placas entre su pecho y su espalda, sus silencios y mil palabras.

Lapiaces en la garganta, de tantos surcos y grietas por las que se cuela la esperanza.

Paladar roto en cien pedazos, auxilio mudo en las lenguas afortunadas.

Puntos suspensivos en el fondo del azúcar, disuelto en la vorágine incesante de una taza.

Tris-tras... las tijeras hacen su agosto recortando el firmamento, forman tapices con las risas y lamentos.

Tris-tras

Tristes bocas sin sus vidas, sepultadas por recuerdos.
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Descuartiza las hojas

Helio entre los labios y rescoldos sobre la espalda.

Perdía la temperatura cuando la escarcha jugaba con un candil enganchado a la flama.

Dejó aquel metal frío y vacío para besar las horas de fanales ardiendo y los secretos de almadraba.

Y se enredó cada noche en rododendros flotantes, en conversaciones eternas y tuercas sin roscas.

Entre ganzúas de puertas ya abiertas, persianas de ventanas cansadas.

Trotó y trotó entre papel de aluminio, sacudida por escalofríos del río grisáceo y pliegues acuosos.

De nuevo el frío en el cuello y el candor de la espalda.

Des
Cen
Dien
Do


Serpentea entre vértebras hasta deshacer el glaciar... reventarlo en ebullición.

Ignición.

Descuartiza las hojas que arranca con la boca. Las de palabras tachadas.

Las del todo y la nada.

Agita sedienta la garganta de cisne. Lanza los ecos a cometas perdidos, a galaxias pintadas.
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Polvo

Turbantes de arena entre ecos perdidos. Allí, lejos, la rosa del desierto daba volteretas a sus promesas, dispersas en una inmensidad de mundo desmenuzado y fino polvo.

Entre espinas que luchan por conservar un resquicio de agua, hidratación de labios sumergida en fuego abrasador.

Ruedan ladera abajo en las dunas los cánticos atávicos de amor para siempre, como el que firman un lobo y el nómada para viajar a los confines del camino a ninguna parte.

Oscurece el cielo y se arropan los ojos con mantas oscuras, tupidas, sembradas de puntos brillantes aquí y allá.

Serpentean los escarabajos, haciendo esfuerzos por no sucumbir al alud de arena sin tantos grados. Ha perdido su calidez, sólo son cristales helados al microscopio.

Polvo.

Nada.
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Antídoto

Ábreme las manos,
se llevaron las ganas cien grajos magos.
Cúrame los ojos,
las mentiras excavaron llagas.
Bésame el alma,
la metralla horadó sus bordes.
Arrópame la mente,
que sufrir me pintó las noches blancas.
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10comentarios 78 lecturas versolibre karma: 95

Cordura a la fuga

Y abres las fauces
y trituras las rocas.
Se abre la espalda
y estiras tus plumas.
De un soplo
tumbas las voces.
Coses y zurces,
hilvanas locura.
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Thunder

Llevaba una moneda en el dobladillo del bolsillo trasero del pantalón, confesor en las horas irritadas de baretos reconvertidos en tertulias cobalto.

Ojos de latón abrillantado, gotas de cítrico al lagrimal y fresa ácida a la boca.

Los tacones se le antojaban artilugios dalinianos para salas de museo.

Pasaba los dedos entre los mechones de pelo erizado por las sacudidas de electricidad que le saltaban en las sienes.

Debatía consigo misma.

¿Lanzo al aire los vaivenes? ¿y si sale cara? ¿qué hacer si sale cruz?

Rebuscó en el coqueto bolsillo y acarició los bordes suaves, sinuosos e inquietantes de aquella moneda.

Guiñó un ojo, colocó delante la moneda y observó el cielo a través del otro, abierto y expectante. Era pirata a deshoras, el improvisado catalejo le hizo reflexionar y mirar más allá.

No lanzó aquella aleación de metales. Tan sólo observó, ahora con los dos ojos cerrados.

La carga eléctrica estrujaba sueños, doblaba el rímel de sus libros, mordía su esternón con pasión triangular.

Era pica-pica en caída libre, la descarga desabrochaba sus miedos, alborotaba sus tobillos, desmenuzaba las travesuras que se oxidaban al alba.

La luz del trueno atravesó aquella pieza redondeada y con todas sus fuerzas la envió al firmamento. Sin acuse de recibo. Rozó filamentos acuosos en el cielo, incendió los cables del mundo.

Su boca no pronunció sílaba alguna. Sólo habló su piel, desnuda y helada.

Siempre guardaría aquella cara y aquella cruz entre lo más profundo de sus costillas, pararrayos fantásticos de cada resplandor del alma.
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Grullas astrales

Cuadros, líneas fugadas hacia las esquinas de las frentes pacientes.

Grietas, pieles cuarteadas entre hogueras abiertas, las que arrancan brasas de pulmones que suspiran a lo grande.

Maderas porosas, rocas ígneas y sal en los labios.

Pequeñas cuentas de vidrios pulidos y ristras de violetas ensartadas en hilos.

Cuatro faros encendidos en los confines del mapa, pestañeos lejanos de amores sin freno.

Ruedan sobre los hombros cabellos revueltos, mañanas de sábanas onduladas, azules. Obleas crujientes de hojaldres hercúleos.

Carboncillos en la piel, óleos al oído del lienzo tranquilo.

Arcillas, barnices y besos de tinta.

Somos una mezcla de pinceles y plumas. De ganas y vueltas. Somos gansos de invierno, grullas en uve.

Somos aros abiertos, gotas de vapor febril.

Palpitamos.

Amamos agitados por migraciones astrales.
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De kalimbas y ventanas

He crujido cada volante nocturno hasta hacerlo fosfatina. Pelusas invisibles que han surcado el cielo cuando los gatos duermen, cuando las almas dejan el hueco entre almohadas.

He soplado la mano, invadida por mordiscos de impotencia, y de la palma han despegado mariposas transparentes.

Se han prendido entre las ventanas de la noche más cerrada, la de las confesiones al vacío, la de los puntitos brillantes en la bóveda gigante.

He hablado con mi universo más allá del diafragma. El que rodea al corazón.

De tú a tú.

Con una taza de café que se me antoja necesaria, he hablado a mi pecho. Ha hecho un ovillo a todo lo que no entiende y ha tejido un jersey suave.

Me lo pondré en las rachas de viento más feroces y en los soplos más menudos.

En los sorbos amargos y en las gargantas con nudos.

Y volveré a asomarme a la ventana erguida, con mil sueños nuevos y una sonrisa con sus cosquillas.

Dulce me acaricia el susurro de su forma de mirarme. De tocar lo más básico de mi cerebro, de mis nervios (calmados), de las cuerdas de mi cadera, de la kalimba en mis venas.

Salto al vacío, no caigo al suelo.

Planeo entre el tiempo, no llevamos prisa.

Dejé el luto en un arcón. Entre flores, desposité olvidado mi duelo.
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Entre plumas, tu recuerdo (Colaboración con Miguel Adame)

No he olvidado el color de tu sonrisa,
es una primavera con su calor,
un abrazo que protege en su dicha,
así es la nostalgia de no tenerte.

De brincar de alegría al escucharte,
de romper tabúes al soñarte,
de brillar con fuerza al abrazarte,
esa es mi esperanza al recordarte.

No he olvidado tus pestañas largas,
tu mirada limpia y tus ojos fríos.
Tus palabras cosidas a mi boca
entre agujas de tiempo con solo un hilo.

Entre cumbres te pienso en un eco libre
En los valles te arropo entre hierba y nubes.
Deja que tu sabor recuerde:
eres dulce de canela y jengibre.

Tu recuerdo es un ala rota,
un sinfín de suspiros,
un rosal con espinas sin sus flores rojas,
el sabor es amargo de tu ausencia rota.

Necesito de ti,
de tus días soleados,
de tu viento que acaricia mi rostro,
de tus bosques verdes
que como río vigoroso tienes.

Necesito empañar el cristal
con el vapor de tu lengua,
desnudar las ventanas
con tu risa sin tregua.

Abrázame los días y
préndeme las noches,
Abriga mi invierno y
salpica mi boca
con miles de flores.


(Aunque he permanecido fuera de Poémame por un tiempo, me ha acompañado el sentir cálido de compañeros comprensibles como Miguel, dulce y delicado. Es un placer haber escrito con él, una delicia su paciencia durante mi ausencia)
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Fusibles destartalados entre eclipses mentales

No sabía si odiaba su forma de irse, ahogando cualquier ápice de ternura,
o si explotaba de ganas cuando volvía a buscarla, en silencio, entre las pestañas.

Eran largas. Solían mantener sus pupilas en penumbra. Como sus pensamientos, desconocidos con sombrero de copa (de vino tinto).

Ondas concéntricas hasta la desgana más absoluta. Fragmentos de amor sin adulterar desperdigados por el suelo.

Los recogía convencida de no volver a usar pegamento.

Los miraba de reojo y formaba el puzzle en la cabeza. Se los sabía de memoria: "este es su mano en mi boca, este otro es la pierna enredada al muslo nocturno, aquel son las horas de insomnio...".

Muertos por inanición, se les había olvidado comerse a bocados de terciopelo y mordiscos traviesos.

Desgastados a base de lengüetazos de versos.

Odiaba guardar en las horas silenciosas los gritos pidiendo su vuelta.

Amaba su forma de irse y quedarse.

Eso la mantenía consciente antes de la operación quirúrgica: dejó el corazón en el alféizar de la ventana, por si las lechuzas quisieran llevárselo lejos.

Donde no pudiese sentir su pulso triste.
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Confesiones a una polilla (colaboración con @MotelK2)

Escafandras con pies de plomo
descienden haciendo eses por la acera.
Las calles están cerradas
y sólo los que han perdido los límites
respiran entre ladrillos mojados.

Beso mi amuleto
hecho con los restos de Martini
que los seres tridimensionales
han ido dejando,
los aderezo con especias
raspadas en la acera y
¡et voilá!.

Cáscaras de naranja,
pimienta y enebro para
cubitos de hielo rebeldes.
Doy saltos bicolores sobre
pasos de peatones a media luz,
¡mi chistera!
Debí perderla entre el balbuceo
de los amnésicos selectivos.

La penúltima farola
me cobija bajo sus alas,
le hablo de ti mientras me cura
los nudillos infectados
de noche confusa.

Una polilla con guantes
revolotea entre su luz,
escucha cómplice mis confesiones
y, de un plumazo, aclara mis dudas.
Se eriza mi piel,
te pienso en penumbra.

Me bulle la sangre de nuevo.
Las manos echan un pulso
al paladar, aún sabe a lima.
Dejo la máscara contra soldaduras
en un recodo con macetas...
ya no me sirve, bombeo suave.

Un rafagazo de continuidad
atraviesa el costado,
comienzo a caminar
por las líneas discontinuas del asfalto
como si fuera "Ian Curtis"
sobre el escenario.

Pateo algunas escafandras
que ya vienen de vuelta,
chapoteo en el charco
de los antiguos cubitos de hielo,
miro hacia atrás y con una reverencia
me despido de la farola.

¡Ostras qué guapo!
¡el Charlie's Bar está abierto!
voy a por mi chistera,
espero que esté tal como la dejé,
repleta de bebidas espirituosas.


Brindo por la alegría mental e imaginativa, escribir con K es como una atracción de montaña rusa, refrescante.
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