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Transformaciones

Primero aprendí a perder, porque no puedes conocer la victoria sin aprender antes la dignidad de la derrota. Un hombre ante todo se mide por sus enemigos, los amigos son un bien escaso y fluctúan.
Perdí la inocencia entre decepciones y falsas expectativas. También la vida, poco a poco, día tras día, inhalación tras inhalación de un puñado de aire que llevarse a los pulmones; pero eso lo supe años después. En el fondo la vida es una derrota que se camina lentamente entre espejismos, tal vez entre copas tan vacías como tu mirada, frases hechas para salir del paso y alguna “cenicienta de saldo” para llegar a fin de mes sin contar las balas del tambor del revolver.
Si eres afortunado conocerás el desierto, en el aprendes a sobrevivir a la adversidad. No hay agua allí, los días abrasan la piel y las noches te hielan los recuerdos. . De esa manera llegan las revelaciones que se hunden sobre tu pasado igual que tus pies sobre la arena ardiente que pisas, la boca seca y los labios agrietados te impelen a buscar otro horizonte. Si miras hacia atrás, solamente veras soledad en las huellas de tu camino, pero debes evitarlo o te convertirás en otra estatua de sal con vistas al pasado.
Entonces y solo entonces conoces la trinidad de la transformación, te elevas en cada duna que debes salvar antes de llegar a tierra de nadie. No, no existe otra tierra prometida que aquella que cubrirá tu último descanso ¡desengáñate! Tampoco existen paraísos perdidos más allá de la literatura pasada de moda. Pero puedes aprender a buscar silencio en medio del Pandemónium y encargar tu cruz en Ikea, tarde o temprano la usaras. Al final todos prefieren a Barrabas
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Máscaras

Soy la suma de las máscaras que usé a lo largo de mi vida.
La máscara del camello, siempre arrodillado ante altares o convencionalismos de moda.
La máscara también de la complacencia auto fingida y el orgasmo social.
La máscara del sometimiento a los dictados superiores y el hastío de sus gomas gastadas.
La mascara de la eterna impostura y la rebelión filosófica irracional ante la racionalidad de los irracionales.
La máscara del niño curioso que busca su verdad en aquel trono solitario destierro de la excelencia.
La máscara de la sonrisa agotada, del caudal de palabras presas y renglones estériles.
La máscara del cínico forzado, la del hipócrita a perpetuidad, la del letargo edulcorado por el espectáculo televisivo en todos sus intermedios.
La máscara del León de pelo corto, la del tigre sin rayas, la del dragón sin fuego que llevarse a la boca.
Y de repente al caer todas las máscaras fui yo.
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1984

El Papa corre desnudo por el Vaticano
cantando “Imagine” con los dedos llenos de oro.
Sigue siendo la era de Herodes y los Santos Inocentes
sepultados en torno a su trono de huesos.
Todo está a la venta, incluso Rocinante.
Ahora están de moda los tractores de combate,
las verdades post modernas y los viajes a la luna
en cómodos plazos mensuales.
1984 sigue siendo un buen año para Orwell
exclaman viejos dictadores satisfechos en sus tumbas.
No le busques un sentido al poema o la vida,
nunca fue esa la intención del poeta-constructor.
Tal vez el acto más noble de la creación
sea al mismo tiempo su propia destrucción.
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