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El Fuego

Y de repente el fuego

Como rayo

Como lumbre



Circundo las nubes

Atravesó mi cuerpo

Deshilacho mi alma



Rasgó en pedazos

El postrero aliento de tu voz

Y secó ipso facto, la pócima

Que de mis labios por ti brotó



Y de repente el fuego

Quemó mi cuerpo

Heló mi sangre




Esparciendo en trozos

Mi plumaje

Mi vestido

Mi Coraje



La sagrada túnica

Que incontables lunas

Bañó mi esencia, cubrió mi sombra




Y de repente el fuego

Difumino en el aire

Quebró en el piso


Mis ilusiones

En letal provocación



Y de repente el fuego

Ató en nostalgias

Amarró en cadenas




Amargas tristezas

Que en noches funestas

Mi corazón por ti lloró




Y de repente el fuego

Como punta

Como lanza



Quebró la pluma

Que en tus manos me lastimó

Y

De repente el fuego

Como rayo

Como lumbre.




Luz Marina Méndez Carrillo/Vitrales del alma-2011/. Derechos de autor reservados
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La extraña fábrica Magic Ball ( Parte II )

Retomando fuerzas, se acerca a la pila de agua bendita del señor de los dolores y hace la señal de la cruz en su frente e hinca la rodilla ante la imagen.

“Arcángel Miguel, líbrame de todo mal y defiéndeme del peligro” vociferó.

Cambia la silla de lugar poniéndola cerca de una pequeña ventana de vidrio, ubicada en la puerta principal. Ojea por varios minutos hacia la calle. Absoluta tranquilidad.

El sonido en tono bajo de una corneta, que a medida que se acercaba, agudizaba, paralizó su temple y puso al animal en posición de ataque.

Tyson clavó su mirada y fiereza en el pasillo.

Retomando valor, fue a la gaveta de un pequeño escritorio donde guarda su mochila, sacó un calibre treinta y ocho; tomo al inquieto perro por el collar y avanzó por el pasillo en dirección al lugar de donde provenía el sonido.

Veremos cómo nos va.¡Estoy mamado de esto!De una buena vez desenmascararé al intruso. Dijo en tono airado.

Al pasar por el baño de damas, le vino a la mente la mirada siniestra que lanzaba a los trabajadores, hombres y mujeres, al esculcar sus pertenencias, el jefe de personal de la fábrica. Es un sujeto de mediana estatura, un poco pasado de peso, casi sesenta años, con una sonrisa sarcástica en su rostro. No le inspiró confianza y por extraña premonición, lo relaciono con lo que estaba sucediendo.

Acercándose al pequeño puente, escucho que se prendió un tractor en la bodega. Vio perfectamente las luces del vehículo encendidas. Los rayos le impedían ver con claridad quién estaba dentro del vehículo. Enfocó la linterna y la mano al cinto, extrajo de un periquete el revólver y lo empuñó en dirección a la silla del chófer. En ese momento, se apagaron las luces del tractor y todo quedó en silencio. No supo si seguir o retroceder a toda prisa. En esa ambivalencia andaba, cuando escuchó nuevamente al otro costado, el sonido de la corneta. Esta vez, en la zona- baño para hombres.

De un salto salió del puente con el revólver empuñado y caminó en dirección a los baños, con el ánimo certero de terminar de una vez por todas, con esa horrible pesadilla.

Ahora mismo, me daré cuenta si es un vivo o muerto. ¡Si es vivo, se jodió! ¡Si es muerto, lo mando al infierno! – vociferó.

A toda prisa y muy agitado, llegó al pasillo. Al instante, el miedo lo penetró. Había colgado en el techo, arandelas de varios colores y globos de un rojo intenso, muy similar al que tomaron las gotas que días antes caían del espejo. Parecía darse inicio a un gran carnaval. El perro se negaba a seguir, emitiendo pequeños aullidos.

Miró en todas direcciones sin ver a nadie. Dio varios pasos y escucho una melodía suave como canción de cuna, la cual intensificaba a medida que avanzaba. Los decibeles subieron a tal grado, que sentía el estallido del tímpano de sus oídos.

Lanzó un grito que traspasó los muros, el cual fue acompañado por el aullido de Tyson. Los globos agitados por el aire en circulación y las arandelas de colores se balanceaban unas a otras, simulando tranquilidad e inocencia.


Asiéndose de valor, avanzo e inspecciono todo. De repente, le pareció ver a un sujeto de mediana estatura, vestido de payaso, que se escabullía entre los baños para hombres. Su cabeza rapada, cabello amarillo rojizo y un traje negro. Corrió en su dirección con el revólver empuñado. Tyson aceleró en su persecución.

Dieron la vuelta a los baños y no había nadie. Cosa extraña – se dijo- ¡Lo vi con estos ojos que se ha de tragar la tierra!

¿Cómo y por dónde se esfumó?

Mi padre no conocía el miedo y yo he aprendido de él. A este lo atrapo, es solo un payaso. Dijo en viva voz.

El aire se hizo mucho más espeso, por la intensidad de la melodía. Esta vez sonaba en toda la fábrica.

Amarró el collar del perro a su cinturón para no perderlo de vista y estar preparado para la batalla campal que se avecinaba.

Una puerta hizo un chillido como de película de terror y frente a frente, el rostro de la maldad personificada. Un horrendo payaso cuyas uñas parecían salir del mismo averno. De sus dientes brotaban gotas de un líquido rojizo similar a la sangre, y sus ojos eran dos pepas negras. Vestía un traje blanco con bolas de colores. En sus horribles manos empuñaba un filoso cuchillo muy delgado. Lo miró sarcásticamente y se detuvo. Reía y volvía a reír. El perro lanzó un aullido con ganas de salir corriendo. No pudo, porque estaba engarzado a la cintura del hombre.

A la velocidad de la luz, accionó el gatillo y disparó en tres oportunidades, directo al corazón. El payaso seguía en pie.

La batalla se había iniciado en sus miradas, las pupilas de los tres se cruzaron de tal manera, que miraban en la misma dirección. Luciano, aterrorizado, por un lado, y por el otro, con ganas infinitas de desenmascarar al intruso. Tyson, terriblemente inquieto.

De repente, vio que el vestido que llevaba el payaso, era el mismo que estaba colgado en la bodega días anteriores. Igual, esa mirada demoníaca la había visto antes en la fábrica. Actuando acorde y a la velocidad de su pensamiento, se dijo. Este, de inframundo, nada tiene.

Disparó a la mano que empuñaba el cuchillo cayendo el arma al piso, se lanzó encima del payaso con perro y todo. Tyson parecía haberse dado cuenta igual que su amo, que el intruso, estaba más vivo que muerto. Clavo sin piedad, sus filosos dientes en el rostro del payaso, arrancando de un tajo, la máscara del siniestro personaje. Luciano ató una de sus manos, la otra engarzo en los dientes del perro. En un santiamén, rasgó su vestido, y se dio cuenta, que llevaba chaleco antibalas; dieron los tres cuatro vueltas en el piso, quedando semi desnudo, herido y tirado sobre la baldosa, el jefe de personal de la fábrica. El chaleco de Tyson, que impregnaba gloriosa las doce estrellas del triunfo del equipo de fútbol de su amo, solo tenía tres, y el blanco de la camisa de Luciano, había tomado un negro profundo.Las manos quedaron impregnadas de sangre y de las patas del perro, resbaló gotas de un aceite rojizo proveniente de la mano de quien parecía, el administrador de la fábrica.

El cuchillo quedó lejos de la escena. El teléfono sonó, Luciano retrocedió sin dar la espalda. Tyson mostró su fiereza en mayor intensidad sin permitirle moverse.

Descolgó el auricular y escuchó una voz al otro lado del teléfono: Luciano, soy Juan Carlos, ¿cómo está todo por allá? Tembloroso y con el terror en la mirada, tiró el teléfono, halo a Tyson y agarró a correr.

En ese instante, el sonido del extraño reloj en forma de cuervo empotrado en la pared, señaló exactamente las tres de la madrugada.

* Imagen tomada de la páginaWakima.com

Luz Marina Méndez Carrillo/20062019/Derechos de autor reservados.
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La extraña fábrica Magic Ball

Un reloj en forma de cuervo empotrado en la pared, señaló con seis campanadas la hora exacta.

A dicho sonido, el personal de MAGIC BALL, se apresuró en salir. Uno a uno, desfiló ante la mirada fría e inhumana del Jefe de personal.

Al instante, el aire se hizo espeso y una ola de misterio y silencio cubrió el lugar. En el firmamento, aún no fenecía el crepúsculo nocturnal.

Luciano, efectuó la ronda en las instalaciones de la fábrica acompañado de su perro. Recorrió oficinas de los ejecutivos, área de tesorería y contabilidad, los cubículos de los empleados, y por último, las instalaciones de la bodega. Curiosamente, el área administrativa y la bodega, estaban unidas por un puente metálico. Al pasar, llamó su atención, un pequeño cuarto cerrado con un candado antiguo muy oxidado.

En el más absorto de los silencios, se dijo: Es difícil hallar la llave de estos candados tan viejos. Parecen elaborados en la época de la inquisición.

Se acercó y con sigilo, observó por la pequeña rendija de la puerta. Miró colgado de un gancho metálico, un traje blanco de pepas de colores, en mal estado. Parecía, un mameluco para adultos.

Dio cuenta en dicho recorrido, que puertas y ventanas estuvieran ajustadas, teléfonos colgados, y llaves de los lavamanos cerradas.

Todo en orden, murmuró.

En esa fábrica, había dos sitios estratégicos para efectuar la vigilancia. Uno, la pequeña garita en la parte alta de dicha edificación, y el otro, una salita de recibo ubicada a un costado de los pasillos de ingreso del personal ejecutivo de la misma. Prefirió esta última.

Antes de disponerse a descansar, subió a la garita y observó hacia la calle detenidamente, con el fin de entablar comunicación con algún centinela. No divisó a nadie. Solo paredes de diez a quince metros de largas. A lo lejos, una mano que ni se distinguida, le hizo señas en actitud de saludo, desde una garita ubicada en lo alto de una construcción.

Con la tranquilidad pasmosa que lo caracteriza, bajó las escaleras en dirección a la sala de recibo en el primer piso. Acomodó la silla, puso un gorro en la cabeza y cubrió su cuerpo con una manta de lana gruesa.

Deambulo por sitios extraños; figuras dantescas grabadas en las paredes le generaban temor. Pasillos oscuros, gritos a lo lejos señalaban sin remedio un trágico final. Se acercó sigiloso queriendo observar, y una tabla que servía de soporte se desplomó, lanzándolo al vacío. Por el terror que lo atenazaba, adhirió sus manos al estómago formando una unidad. Quería gritar y no pudo. Manos maléficas atadas a su garganta, le impedían respirar, empujándolo a un triste deceso.

¡Segundos se hicieron horas!

Un estruendo lo zampó a la realidad. Se incorporó de inmediato. El cuello dolía demasiado. Aguzó el oído, y escuchó el sonido de cajas al caer. Guardó absoluto silencio sin mover un dedo. Su perro con las orejas levantadas se puso en posición de ataque.

Silencio mortal taladro los oídos.

Con el temor que acelera el corazón, ató con fuerza a su mano izquierda, la correa adherida al cuello de su perro Tyson. Este perro de raza dóberman, lo acompaña en cada correría. Parece un hijo más. La fidelidad, hace que no se abandonen.

Tyson no quitaba la mirada del pasillo, sus orejas levantadas y posición, indicaba que algo no estaba bien.

Luciano, retomando fuerzas, hizo el recorrido sin ver nada anormal. Se sobaba el cuello camino a la bodega.



De vuelta a su sitio de descanso y vigilancia, dialogaba con Tyson.

¡Esta imaginación nos juega pasadas! – decía- Escuche un estruendo en la bodega y no era Nada. El perro, vigilante.

En su primer noche de trabajo en esa fábrica, el frío calaba los huesos. Esculco en su mochila y encontró un chaleco de lana con los colores y las estrellas de la bandera de su equipo de fútbol favorito. Puso a Tyson el chaleco. Y él, se arropó nuevamente. El can, se echó a sus pies.

A pesar de su experiencia, el lenguaje corporal del miedo se hizo manifiesto. Enhorabuena, la fidelidad y fiereza de su perro, daba así mismo tranquilidad.

El sueño esquivó y el silencio intensificó. El reloj marcó tres campanadas.

Cerró sus ojos con ánimo de dormir. Estaba agotado.


Segundos pasaron, y el rechinar de una puerta al abrirse, lo puso en alerta máxima.

Al sentarse, escuchó un sonido extraño, proveniente del baño de las damas. Encaminó hacia allá.

En efecto, la puerta que a su ingreso había cerrado, se encontraba entreabierta. Tomó con su mano temblorosa la perilla y observó dentro, no vio nada extraño, se disponía a cerrar y su mirada quedó fija en el espejo. Del mismo, deslizaban gruesas gotas de una sustancia parecida al aceite.

En ese momento, Tyson emitió un aullido que hizo helar la sangre. A pesar de la verraquera, quiso correr, pero se sentía atornillado a la baldosa del baño. Sin darse cuenta, las vueltas que dio al collar, ahorcaban al can. Este en su desespero, halo con fuerza arrojándolo al piso, y en dicha maniobra, soltó el collar y el perro salió despavorido.

En su afán por huir de lo desconocido, resbaló con las gotas gruesas que caían del espejo, las que en cuestión de segundos, habían impregnado el piso. Se asustó, al ver la dificultad para adherirse a algo y poder levantarse. El terror se magnificó, cuando las gruesas gotas de aceite se tornaron rojas, similares a la sangre. Cada vez se alejaba más de la puerta de salida acercándose a la alcantarilla. El pánico lo invadió. Escucho un ruido metálico similar a un manojo de llaves. Recordó en ese momento, la escena de la regadera de la película de terror IT del escritor Stephen King en la que un payaso maléfico sale de la alcantarilla de un baño cuando un niño se ducha.

Tyson, se precipitó en su ayuda. Luciano, creyó que lo había abandonado. Se aferró al collar del perro, quien igual que a él, se le dificultaba sostenerse en pie. No era la primera vez que ese animal defendía a su amo. El conocía de su valentía, fidelidad y fuerza. Como pudo, Tyson se aventó hacia la puerta quedando su collar engarzado en una de las perillas, la fuerza del animal se hizo descomunal.

Luciano se aferró al collar y en una cabriola, Tyson lo jaló fuera de la puerta del baño. Había logrado salir de ese lugar y momento infernal. Ambos corrieron desesperados hacia el sitio considerado por ellos, de descanso, dándose innumerables golpes contra las paredes. Allí, estarían a salvo. Ahora entendía porque, cerca a esa silla, había una imagen del Cristo de los dolores sobre una pila de agua bendita.

El miedo desencajó su rostro. Más tranquilos y ante el silencio, optaron por el descanso.

Cada hora repicaba el extraño reloj. Era como si el cuervo supiera el principio y final de las escenas de terror que vivirían, quienes de forma infortunada, harían las labores de vigilancia en la fábrica de muñecos MAGIC BALL.

Acomodó su silla, dirigida al pasillo que conducía a los baños para damas. Tyson, vigilante.

El crepúsculo matutino señaló la hora de salida.

Amparado en los primeros rayos del sol, se dirigió a los baños que horas antes lo sumergieron en un infierno. Al palpar su cinturón, no tenía el manojo de llaves que le habían entregado al inicio de su actividad laboral. La angustia lo invadió, pues don Juan Carlos, el Jefe de personal, no tardaría en llegar. Con la experiencia de los años y como recuerdo, guardaba en su billetera un gancho o pinza delgada con la que su mujer sujetaba el cabello en la parte alta de la frente. La tomó e introdujo en la ranura de la puerta y después de un gran esfuerzo, la perilla giró y abrió.

¡Oh, sorpresa! El manojo de llaves se encontraba en el centro del piso del baño. Lo demás, en orden. Nada de agua, menos aceite.

Salió con la mochila al hombro y aferrado a su mano, el collar que ataba el cuello de su perro guardián.

*

Las mujeres comentaban en los lavaderos: “Cuando un niño bautizado es llevado a un lugar donde asustan, la maldad no los alcanza”. Así le dijo Irene, su mujer. Para que esta noche no te pase nada, lleva a Alex. Haciendo caso a su señora, a las 5 p.m., el muchachito estaba listo. Llevaría su lonchera, una manta, ruana gruesa de lana y un gorrito que abrigaba su cabecita. De la mano de su padre, marchó al trabajo.

- No lleves al perro, te vas a complicar la vida- le dijo Irene al salir. Se negó a escuchar. Presentía lo que viviría.

El niño dormía en su regazo. Luciano no quiso conciliar el sueño. La escena vivida, pasaba en su mente como una película a cada segundo. Las horas se hacían eternas, mientras escuchaba los latidos del corazón de su pequeño. El silencio atestaba el ambiente. El tiempo pasaba y el cuervo señalando las horas.

Su mujer tenía razón. Llegó la hora de salida y nada pasó.

*

La rueda giraba y el tiempo aceleraba. Cuando se contraen obligaciones, hay que cumplir- dijo a su mujer. Esta noche seré valiente. Mi hijo no irá. Es muy pequeño y algo malo puede pasarle. Con Tyson bastará.

En el autobús, hizo elucubraciones. Será producto de mi imaginación… Y las llaves. ¿Cómo llegaron ahí? No… Todo es cierto. Antes de entrar, hablaré con Joseph, lleva años en estos lugares, algo sabrá.

Es recibido con una sonrisa burlesca. Joseph es un hombre jocoso y con muchos años encima. Lleva tiempo cuidando las bodegas Camacho y Camacho Ltda. Luciano cuenta su experiencia y este vocifera:

Dicen, no me consta. Que en esa fábrica pasan cosas raras, se abren las puertas, suenan los teléfonos a altas horas de la noche. No se sabe si alguien murió en ese sitio o hay almas penando, y sonríe. La verdad, ninguna vigilancia dura. Por esa razón, pagan bien a quien se le mida trabajar ahí. No me diga que no sabía, dijo, dando un espaldarazo en la espalda y se alejó rumbo a su garita.

La media noche se acerca y uno de los teléfonos de gerencia repica sin cesar. Una hora después, nuevamente el chillido. Viene a la mente de Luciano, lo dicho por Joseph. Los nervios se crispan. Las manos tiemblan.

Retomando fuerzas, se acerca a la pila de agua bendita del señor de los dolores y hace la señal de la cruz
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La Lluvia

No es la lluvia que arrecia en las noches. Es la gota silenciosa que del cielo cae, deslizando su agonía en los aleros.

Parece llover, pero no. Al desvelar el velo de mi ventana, veo el vidrio empañado. Puedo percibir, que el cielo llora, la desgracia que de la tierra aflora.


Días llevo esperando tu regreso. Te has perdido, ni tu aroma el aire trae consigo.


Veo y escucho la mirla en mi jardín. Se acerca sigilosa y en un pétalo de rosa, me cuenta de Micifuz. Me ha hecho saber, de sus secretas ilusiones, de los hermosos ojos negros de su amada y su blanco pelaje.

La vida es solo un sueño, o quizás, un infierno. Extraña sí. ¡Al amor, desprecio, al desprecio, amor!


¡Absurda contradicción de la existencia humana!



Al descorrer el cerrojo de la ventana, el viento ipso facto avienta a un costado mi pijama, abrigando mis pechos y mejillas. Exhibo mis dedos en aras de palpar el aire, pero la gota silenciosa abre un surco en la palma de mi mano. Vierte gotas de sangre y fuego, como si recordase, la historia que adherida a mis extrañas, quedó plasmada.

*

Lluvia que aflige igual que un recuerdo



Lluvia que ahonda en el pilar de las heridas

Abriendo aún más sus sinsabores



Lluvia que sin clamar, clama

Y sin llorar

Llora



Lluvia taciturna y taimada

Pero lluvia al fin.








* Imagen tomada de Pinterest.



Luz Marina Méndez Carrillo/18062019/ Derechos de autor reservados.
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Poeta

Pléyade de versos
Juglar enamorado



Vid del alma
Sol atormentado



Mágico sortilegio
Álamo perfumado


Sonrisa de amor
Crisol deseado.




* Imagen tomada de Freepik.


Luz Marina Méndez Carrillo/17062019/Derechos de autor reservados.
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Si cambiara mi vida

Caminando por la carrera séptima, invadía mi intelecto un pensamiento. Si tuviese la oportunidad de cambiar mi vida, por la de otra persona, sin importar quién. ¿Lo haría?

*

Aparté un instante mis elucubraciones, para fijar la mirada en la hermosa arquitectura del templo de la Orden tercera Franciscana Seglar o Iglesia de los Estigmas, como se le conoce. Se encuentra construida en la antigua calle del Arco de la Ciudad de Bogotá. Soñé con pintar algún día, o quizás, plasmar con la pluma, la belleza que de ella me obnubila.

¡No miento, pero he pasado largos e interminables minutos, contemplando tal creación!

Imagino las manos ajadas, sedientas, hambrientas y temblorosas, que hicieron tan bella obra de arte. Imagino el paso a paso de tamaño sufrimiento, para que hoy, siglos después, pueda admirar su grandeza. Es realmente maravillosa. Posee un decorativo en madera en sus altares, retablo y púlpito, de gustos muy refinados. Inspiración y belleza la que conlleva su interior. ¡Alma, paz y vida estampo el artista en cada pieza que labró!




Cuentan, que por malos cálculos económicos, quebró y terminó perdiendo la razón. No imagino al “honorable” Virrey Solís, extendiendo su mano.



Recuerdo igual, por ésta misma vía, en época universitaria.



Deambulamos sin hablar, instantes que parecieron horas. Las calles se hicieron amplias e interminables.

Esa argolla, en su dedo anular derecho, cuyos matices difuminaron en distintas direcciones, no solo perló sus sueños, sino que cubrió los míos, de dolor, mentira y lamentación.

¡Mi mundo herido y quebrado, sucumbió bajo mis pies!

El café, bebida de semillas tostadas y fruto molido que bebí aquella vez, no tuvo poder suficiente, a pesar de su gratificante aroma, de diluir de mi boca el potente veneno.

En un instante, mi cielo de rosas vivas feneció. ¡Eso creí!

*

De vuelta a la realidad. Agitaba dentro de mi tal inquietud. Quería apartar los ojos de esa perturbación, pero no. ¡Cuando el sentir del alma estremece, el corazón y el intelecto callan!

Vi en el transcurrir, dos mujeres jóvenes, que hablaban y reían alegremente. Se miraban hermosas. Habite en su lugar por un instante y de disgusto tiño mi corazón. Así fue con innumerables personalidades. No atinaba sentirme siendo aquella, siendo aquél. Imagine sus vidas, avatares, alegrías, necesidades, abundancias y enfermedades, para concluir que , jamás cambiaré la vida que llevo, y menos, la vivida.

Elegimos una forma de vida, y ahí ha de florecer. Avanzaremos hasta superar el pináculo de nuestros sueños.

Nada me ha sido fácil, pero a la vez, todo. Las escenas que en su momento creí dantescas, aquellas que rasgaron mi corazón y dejaron en mis dedos pétalos ensangrentados, fueron eslabones para retirar pesadas piedras del camino.

¡La luz, aún no brillaba en el socavón!

He llorado, sufrido, reído, gozado y sobre todo, he amado profundamente, más allá de todo límite. No me arrepiento un ápice de lo vivido ni del cielo o infierno en el que he tenido que transitar. Todo lo he superado, y el dolor magnificado, en su oportunidad, me ha purificado.

Amo la vida, sin temor a la muerte. Amo la naturaleza y su inigualable belleza. Amo la magia que como fuente inagotable brota de mi alma. Amo a mi hijo y en él, al Divino Hacedor. Amo la solidaridad como piedra angular en las almas nobles. Me amo profundamente.





Herido el sufrimiento

Renace la gloria




La ilusión perentoria

Se diluye

Y el corazón

Agita



El alma en su palpitar

Hacia lo alto encamina su victoria


Y



La sangre en el corazón fluye

De innegable emoción





Porque de la penumbra

Surge la luz




Y



De la rama estéril

La vida brotó.




* Fotografía del templo de Juan Uribe Viajes.



Luz Marina Méndez Carrillo/10062019/Derechos de autor reservados.
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Tinta iridiscente

¡Esta noche, me duele la amargura del hombre con sus manos extendidas y su alma hecha pedazos!




Si vamos por los senderos de la vida renunciando a nuestros sueños. Esta será solo una sombra pálida y mísera.


A pesar de las cadenas que nos atan y el ostracismo elegido, hemos de despertar a la mitad del camino.


Se ha de tejer de dulces melodías las amargas frivolidades y de rosas florecientes el cruel desprecio. Pintar de vivos colores nuestra tristeza y de pétalos dorados las lágrimas que deslizan las mejillas.


De una alegría, por nimia que sea, un castillo ha de hacerse de ella.


Hallemos en la aureola de nuestros cataclismos, la senda que se abre a nuevos sueños. No dejemos, que la soga de la desidia los ahogue y las cadenas que nos atan, rompan el alma.


¡Limpiemos el dolor de nuestro pasado y enarbolemos el corazón ensangrentado!

Que la tinta iridiscente que fluye en las venas y las ataduras que de nuestros labios brotan, vivifique en refulgente gota.

Impongamos la creación del alma, al látigo que nos azota.




* Imagen tomada del muro de Islam Gamal.



Luz Marina Méndez Carrillo/14062019/Derechos de autor reservados.
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Mordazas del alma

Errantes e indolentes
En el mar de la ignominia
La indiferencia
Y el dolor



Errantes e indolentes de alma
Cuerpo
Y corazón



Cual ciega
Muda
Y sorda
Avanza la humanidad



Hastía a nuestros oídos
El llanto de los nenes


Los vientres cuyo gemido
La distancia ahoga

Y

El lamento de las madres
En las sinagogas




Errantes e indolentes
Ante nuestras heridas



Las laceraciones por actos causadas

Y


Las muertes a cuyo paso se esquivan



Errantes e indolentes, sí

Y

Soñando para sí las estrellas
La luna y la constelación más bella



Incapaces de sentir
Ver y escuchar


De los infortunados su lamento
De los ríos de sangre, su inocencia


Y


De los necesitados, su llanto



¡Terquedad del alma!


Ansiando saciarse
De la fuente de su debilidad
De su rastrero egoísmo,
De su maldad




Cuánto ha de transitar
Para despojarse de las mordazas que la aprisionan
y flagelan el corazón


Vértigo que arrastra su espíritu
A su cruel desolación.




* Imagen de Islam Gamal.


Luz Marina Méndez Carrillo/13062019/Derechos de autor reservados.
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Momentos

Momentos hay

Que cansado el hombre de mirarse

Anega su espíritu en lago tormentoso.



Los hay

Que el bullicio de su propia alma le irrita

Le envenena




Los latidos silenciosos de su corazón

Le hastían



Y



El palpitar de su sangre en las venas

Le encadena




Momentos hay

Que son fuego

Que son látigo.



* Imagen tomada del muro de Islam Gamal.



Luz Marina Méndez Carrillo/08062019/Derechos de autor reservados.
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Yatziri: La cinta negra de blancas estrellas

Señalando el firmamento, enseñaba al más joven de los presentes, el misterio que encierra la bóveda celeste. Ceñía sobre su cabeza, un turbante de color negro, con broche en el centro, en oro y borde blanco. Este broche, llevaba incrustado un signo extraño, el cual, florecía al compás de sus enseñanzas, emitiendo rayos luminosos. Dicha cofia, constaba de siete vueltas que adornaba la sabiduría del alma del mago. Lucía túnica blanca de mangas anchas con borde dorado, que llegaba a sus tobillos. Los tres hombres que le acompañaban, vestían chalina y túnica blanca. Los cuatro, calzaban sandalias doradas.



Muy cerca, se miraban los hermosos castillos de arcilla donde habitaba la familia del mago, cuya eje principal era su querida y adorada hija y un bebe de meses de nacido.


La nena, con siete años de edad, daba vueltas alrededor de su padre y los acompañantes, escuchando la sabiduría que éste impartía a los presentes. Jugaba con la arena en el piso, dibujando signos ininteligibles. De pronto, el padre reparó en ella y pasó su mano derecha sobre la flor de mil pétalos de la niña, vociferando en voz alta: “Mi hija, llevará incrustada en su frente y por todas sus reencarnaciones, la estrella misteriosa y sus poderes, que llevo en la mía ” Una aureola similar al arco iris rodeó a la pequeña por minutos, desencadenando en un espiral, que en últimas, dio forma a un hilo misterioso que conectaría su alma al cielo. De las manos del mago, se desprendió una nube blanca con visos azules la cual difumino en el aire.


En el centro, una gran mesa arqueada iluminaba el recital. Amplios ventanales semejaban arterias que unían la materia con la espiritualidad.


Delicados golpes se oyeron en el umbral. Un guía vestido de blanco, rebosando juventud, se hizo visible.

Hizo la venia agachando su cabeza en dirección al centro de la mesa, y sin más, depositó sobre la misma, el libro sagrado, y una jarra de vidrio cincelado y flores doradas, dejando caer sobre ésta, esferas luminosas cuyos colores difuminaba paz y sanación. Dando vuelta, desapareció.

El mago, que más parecía un rey, se hallaba sentado sobre la silla privilegiada de la mesa. En silencio y con los ojos cerrados, permaneció por más de una hora. Oraba en completo hermetismo a un Dios que pocos conocían. Nunca inclinó sus rodillas a estatuas terrenales. A cabalidad sabía de la sabiduría del espíritu y sus ramificaciones.

Una joven, de tez morena, cabello negro y bordeaba su cintura. Ceñía en su cabeza una cinta blanca trenzada, de diademas y pétalos de diversos colores. Era delgada e inmensamente linda. Su cuerpo soportaba un diminuto sujetador de azahares, y una túnica amarilla reluciente bifurcada en dos, colgaba de los hombros a los tobillos. Adherida a su cintura, delicada prenda blanca. Calzaba sandalias color café. No se comprendía, pues sus pies no tocaban el piso.


Abrochó al hombro izquierdo de su pequeña hija, la blanca túnica, y puso sobre la frente la cinta negra de blancas estrellas. Atravesó el largo pasillo en cuyas cortinas se hallaban impregnadas pequeñas mariposas y colibríes de diversos e intensos colores, llegando en silencio a la mesa arqueada, donde se hallaba su esposo, el Gran rey.


Tomados de la mano y en silencio, inclinaron su cabeza al firmamento. El mago, abrió el libro sagrado y una luz manó del mismo, iluminando todo, de manera especial, la cinta negra de blancas estrellas.




Sigue…



Imagen de Joya Life.

Luz Marina Méndez Carrillo/06062019/Derechos de autor reservados.
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Universos paralelos

¡Bondad
Pináculo del alma
Imperceptible y misteriosa!


¡Divina inclinación
Rayo de luz
Cenáculo de amor!




Colocó sobre su cuerpo la bata blanca, en el bolsillo el carné y en su cuello, el estetoscopio.

Latía su corazón más de lo acostumbrado, pero había ganado la batalla contra sí misma controlando a cabalidad las emociones.


El viento se hacía imposible, desordenando sin perdonar, su hermosa cabellera. Sus grandes ojos verdes zigzagueaba cada rincón por donde circulaba.

Al verla ingresar por la puerta principal, el centinela saludó levantando su mano derecha,

La mañana teñía de un azul intenso y hasta la luna se negó a resguardarse, queriendo ser, testigo presencial de lo acaecido.


Eran las nueve de la mañana, una hora antes del ingreso del personal médico.

Sus pasos la guiaron a la sala de urgencia. Acomodó su diminuto bolígrafo observando con detenimiento el rostro de los heridos. La enfermera miraba con atención. Previa anotación, salió del lugar.

A medida que avanzaba, el pasillo se hacía más estrecho, y escuchó sonidos en la cámara mortuoria. La luz mortecina no colaboró en absoluto.

En dirección a la salida, sus manos deslizaban gruesas gotas de sudor frío. Sus pupilas se agrandaron y el iris de sus ojos pesaba más de lo acostumbrado. Su rostro revestía palidez extraña.


*


Bajó presuroso las escaleras. Las llaves del auto entre sus dedos y el escapulario al pecho.

La música suave elevaba su pensamiento. Ojeó el celular varias veces en busca de mensajes en WhatsApp, sin hallar respuesta.

Manejaba por la avenida sexta rumbo a la circunvalar. Alrededor de las 10.40 de la mañana, un camión pequeño, de carga, chocó contra su vehículo, que conducía a velocidad permitida.


La fiebre lo sacó de su mutismo habitual y deambulo por caminos inimaginables. Vio con claridad meridiana su destino y porqué el timón de su vida encauzaba por dicha senda.


Dolía todo su ser. Especialmente los brazos fracturados, laceraciones en rostro y pecho, dificultando su respiración. Totalmente inmovilizado en la sala de urgencia, el dolor se hacía insoportable.

De pronto, una mano delicada se posó sobre su pecho, procediendo a revisar las heridas en su integridad corporal. Vio en el acto, una médica de aspecto joven. Llevaba puesto el pijama quirúrgico, el cubre bocas y el atuendo protector. ¡Lista para ingreso al quirófano!

Llamó su atención la intensidad de sus grandes ojos verdes, que a pesar del dolor, pudo identificar similitud con aquellos que guardaba dentro de sí. ¡Imposible fuese ella! Se dijo.


Al retirar la mano del corazón, cesó todo dolor, cayendo en un sueño profundo similar al de la muerte.

Fueron quince días en cuidados intensivos, y al fin, inició el camino de recuperación.

En plena lucidez, indago sobre la médica de hermosos ojos verdes. Que al compás de su tacto, sanó su corazón, sanó su cuerpo.

Nadie dio razón. No se conocía en ésa clínica médica de tales características.

La bondad, como pináculo del alma humana, une la tierra con el cielo y viceversa. Por ende, no hay ruptura entre las almas cuya bondad las identifica. No existen barreras entre ellas, en vida, menos, después de la muerte.

Su hermana fallecida años atrás, tomó nuevamente su equipo médico para ingresar por la puerta principal de dicha clínica, y a la vista de todos, curar por la bondad del corazón, por la unión de las almas en cuyas fibras reposa el cenáculo de la sanación. ¡Bastión del alma humana cuya delicada fibra, conecta con el alma celestial!




*imagen tomada de maquillaje Gotas de mar .


Luz Marina Méndez Carrillo/ 02062019/Derechos de autor reservados.
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En el aura de tus sueños

Te idealice con los ojos del amor. Te pinté en mi corazón como ese alguien casi perfecto. Día a día, noche a noche, alimentaba con versos y prosas el germen que te daba vida.


¡Eres tú, la luz de mis anhelos, mi sagrado aliento!


¡Tú, solo tú! Sin verte, sin sentirte, fuiste capaz de exacerbar mi sangre y destrozar de manera ineludible el velo de mis sueños.


Ahí me tienes, en medio de la noche, contando una a una las estrellas. Dibujando en el firmamento el rojo de unos labios que aún no conozco y el contorno de un rostro que dio vida mi intelecto.

¡Ansiando tu llegada, gravitas en el santuario de mis secretos!



Aun así, y a kilómetros, tus grandes ojos negros y piel canela me desvelan. Ese aire muy tuyo que vivifica en cada aliento, en cada suspiro.


A mi lado, muy cerca... Te miraré despacio, penetraré en el silencio del aura de tus sueños y tocaré tu cuerpo, rozaré tu alma



Más allá, en las laderas de tu corazón, veré cristalizar el iris de mis anhelos


Antes de ti, nada. Después de ti, todo.



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Borde de plata

He levantado de un mar de sentimientos: desprecio, dolor, resignación, ira, desesperación. Sacudidas emocionales que brindan decaimiento al corazón y al alma renovación.


El instante turbio que halaba los cabellos feneció y de mi ser, rebosó satisfacción.

El aire espeso se tornó liviano y el cielo nublado apartó su nube gris.

He puesto sobre mis mejillas fina capa de rubor y sobre mis labios, el rojo carmesí.

En broche dorado mis cabellos recogí


Y


De mi cuerpo, negro camisón retiré


Blanca túnica floreció sobre mis pechos, y en mis pies, delicadas sandalias abroche.


La fatiga emocional de mi alma evaporó y luz celestial mis manos difumino.



Dicen bien: La nube negra su borde de plata es.



* Imagen tomada del muro de Islam Gamal.


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Cáliz de congoja

¡Cáliz de congoja

Perfume atesorado

Luces en tinieblas

Cuerpos separados!




Los días se han vuelto amargos y el dulzor del corazón ha decaído.

Al llegar la noche, tu alma abriga la mía, y al amanecer, el fantasma de tus recuerdos no fenece. No sé si resistiré, o mi alma decaerá en tus brazos.

Recibiste tanto de mí y mis manos vacías de ti quedaron. Ni un pétalo de tus versos cayó en mis manos, ni una gota de tus escritos llevó mí nombre.

Sin embargo, algo quebró dentro de mí. Algo difumino en pedazos este corazón e hizo trizas la alegría de mis días y mi esperanza un mar de lamentación.


¡Instantes delirantes

Historia del pasado

Dicha y sentimiento

Paraíso sitiado!



¡Palpitas en mi sangre

Furia penetrante

Luz del alma mía

Noche agonizante!




¡Manos extendidas

Corazón vacío

Verso decaído

Aliento desolado!





* Imagen de Wall paper Safari.



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La hora más oscura

¡La hora más oscura es la que antecede al amanecer!


Esta noche de luna llena, la necesidad de ti se ha hecho grande y el alma pesa aún más. Instantes hubo que morir quise, en el mar de tu indiferencia, en el gota a gota de tus palabras y el doloroso silencio.

Arandelas de amor construyo mi corazón, para ti, para mí. Te ama y te amará, que resiste abandonarte. No conoce limitaciones. No sabe retroceder.


Dice el poeta “El amor no existe, existe el ansia de amor” Disiento de su parecer. Quizás, porque no anduve su mismo camino ni calce sus sandalias.

He amado en atención al clamor del corazón y el sentir del alma.

Pétalo tras pétalo, luna tras luna, desgaje mi pluma en letras, en versos, que ungidos de elixir, florearon tus pupilas, tus manos e incendiaron tu cuerpo en éxtasis de amor intenso.

Se hizo necesaria esta ruptura. La daga de tus palabras estériles atravesaba mi garganta. Sé que no es el final, solo es el principio.


Quise saber y lo he probado, que te amo más de lo que pensé y te sueño más de lo que soñé.


Y nunca fue la vida, más vida que a tu lado
Y nunca fue la muerte un instante eternizado

Hondos cataclismos
Ausencia penetrante


Llantos viscerales
Dolor agonizante.



Imagen de Thumb3.


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A y e r

Ayer…



Quise estampar en un trozo de papel tu alma



Plasmar en finos colores sobre un lienzo


Tu rostro

Tus manos

Tu cuerpo



Dibujar a través de líneas, tus hermosos ojos negros


…Y


En pigmentos aglutinados, tu sonrisa



Hacer de ti, de mí, configuración artística de colores

Que difuminados, impregnaran el firmamento




* Imagen tomada del Muro de Islam Gamal.




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Súplica

Dulzura de amor

Suspiro del alma

Mi corazón te ansía

Te llama





Dice el poeta: “¡Que tus ojos van tomando el misterio del pasado! ” Y en el iris y pupila de los mismos, quedó grabada nuestra historia. Historia que aún no ha fenecido y cuyo fin, no se vislumbra.

Tu cabello, tu piel, tus ojos, tu rostro, todo tu cuerpo, abriga y por lunas mas, mi delicado perfume.

Y

En mi rostro, labios, pechos y cuerpo entero, anida y anidara tu aroma. La suavidad de tus besos y calidez de tu voz, que amo y por siempre amaré, yace en mi memoria.




Radiante luz

De la fugaz aurora

Brisa de sol

Llanto y latido




Tierra y valor

Oquedad fortificada

Sed de ilusión

Copa rebosada



Lejano amor

que hieres

Que Callas

Mi alma y corazón aún te reclaman.





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Pesadumbre

Alma, corazón e intelecto, declinan en un estado de tristeza tan profunda, que parece no tener fin.

Pesa el aire en los pulmones, el cuerpo se hace liviano y la vida que nos rodea, se pinta de un color ocre oscuro y sabor amargo.

Eterna se hace la noche y el cielo azul que horas antes brillaba en intensidad, carece de crepúsculo nocturnal.



¡La mano en el pecho y el dolor cae a pedazos sobre la tierra húmeda!


Le vi llorar, sí. Nos vimos en el parque, de un claro día de diciembre, y allí, desgajó una a una su tristeza y melancolía. La pesadumbre teñía su corazón por ser varón y declinar de tal manera. Eso dijo.


Sus ojos enrojecidos delataban dolor, dolor de alma. De forma casi que ininteligible, musitó: “Lloro porque siento, porque duele, porque no puedo más” Extraje un pañuelo de más allá de mis lamentos y sequé sus lágrimas.


Como seres humanos, las emociones son inherentes a nuestra esencia, y si sientes tristeza o dolor, no hay para que envenenar el corazón. Se ha de regurgitar letal veneno. Igual da si eres hombre o mujer. Hay que vivir. No morir en vida.

Por minutos que se hicieron horas, enmudeció


Cuando creí navegaba en aguas tranquilas, exclamó: “Ha muerto mi nene. No le veré más”

El mundo a mis pies hizo un remolino que me halaba a un cataclismo sin retorno, y un nudo en la garganta acortó la respiración.


No supe qué hacer, qué decir.


Las lágrimas de mis ojos vertieron la tierra y un sudor frío recorrió mi ser.



De la mano y en silencio sepulcral, deambulamos el parque de forma cíclica innumerables veces. Sobraban las palabras. Mejor, faltaban palabras para calmar tan cruel dolor.



La gente nos miraba extrañada. ¡Pero qué va! Poco importó.



El viento se detuvo en nuestros rostros arrastrando las lágrimas que quemaban las mejillas. La hojarasca revoloteaba sobre el piso en extraña complicidad para no posar de inoportuna. Y la noche, no era noche, fue un relámpago de amargura.



Ya…



Al final de los mustios momentos, bebimos un café. Él voló al firmamento y yo en la tierra quede.



Y esa noche

Cargada de dolores

Llanto y sin sabores



Y esa noche

Omnipresente

Crucificada y

Lacerada



Me habitará por siempre



* Imagen tomada del muro de Islam Gamal.


Luz Marina Méndez Carrillo/13052019/Derechos de autor reservados.
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Mi Diario: Doradas espinas

Esa tarde, cuando llegue al pueblo, deposité las maletas en el cuarto y reposé un poco. En la noche, salí a caminar. No obstante mi deseo de estar allí, alejarme de todo, perderme de mi misma, sentía nostalgia de la Ciudad, los amigos, mi gente, el ruido y su aire venenoso.


La noche, las estrellas, la hermosa luna, el viento tan divino y ese silencio que a veces taladra el alma, pues es tan intenso que hasta el mismo hiere, me fue absorbiendo. Su gente silenciosa, honesta y confiada, hace pensar que no estamos en éste país plagado de delincuencia y maldad.


Quise escapar de una realidad que quemaba mis sentidos. Me recosté una vez más.


De pronto, el cielo tiñó su esencia con una luz misteriosa. ¡Místicamente conectada, fijé la mirada en el cenáculo de las estrellas!



¡Oh, sublimidad!




En dicho paroxismo, opté por oír sin ver, a los innumerables seres que en la magnitud del silencio se hacen escuchar: Las ranas con su incesante croar, los pájaros y su inigualable canto, la inteligencia del búho que observa y analiza cada movimiento, las libélulas desafiantes de la obscuridad y un sinfín de sonidos desconocidos, deliciosos y gratificantes al oído.


¡Apacible quietud del espíritu!



El sueño se hizo dueño del tiempo y no supe más.


Hacia las ocho de la noche recobre la lucidez del momento y salí a caminar. Las tiendas aún estaban abiertas y la afabilidad de su gente hacia que amara ese lugar.


Mis ojos fijaron la mirada en el parque frondoso y hacia el dirigí.

Sentí miedo al ver lo que no parecía ver. Estaba ahí, cerca de aquel sillón, leyendo un libro, como solía hacerlo. Sus grandes ojos negros y la belleza de su rostro me penetró, y un hielo fúnebre se difumino


Quise huir, pero me sentí clavada al piso. De pronto, me tomó de la mano y dijo: ¡No huyas de ti misma!

Un perro danzó en derredor nuestro sin que nos percatarnos


El pueblo hermoso se achicó de tal manera que sentí aprisionar mi corazón.

Optamos por un café. Deliciosa bebida cuyo aroma tiene el poder de rasgar el telón del sueño, exponiendo ante nuestros ojos el don de la vigilia.


Floreo dentro de mí el quejido de amor eterno. Ese gemido que por lunas esperé y en necedad del destino, me fue negado. Ese te amo que pensé jamás recibiría.


De pronto, un pinchazo en el corazón.


La luna extendió su último manto sobre el sagrado parque. El calor se tornó tibio y una mano masculina se posó sobre mí hombro. Abrí los ojos mirando de inmediato mí reloj. Eran las diez de la noche. Un sudor frío me recorría. Lo busqué desesperada, pero no, no estaba. Había partido para siempre. Para nunca regresar.


Y desde entonces, una lágrima anegó mí destino.


El hombre que me despertó, vociferó:


-Lleva horas sentada en este sillón-


No podía creer que el tiempo hubiera evaporado mis sentidos de tal manera. Los recuerdos dolorosos y el olor a yerba buena, fueron campo de cultivo para que las rosas rojas se volvieran blancas y sus doradas espinas se tornaran pálidas.



¡Arde fuego entre mis blancas sábanas
Lacera mis sueños
Quema mis entrañas!


¡Soberbia divina
Intensidad sombría
Llanto abrasador
Aliento de arcilla!



Camina despacio
Entre abrojos y espinas
Entre clavos y cadenas
Entre piedra y arena.



* Imagen tomada del muro de Islam Gamal.



Luz Marina Méndez Carrillo/15052019/Derechos de autor reservados.
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Y esa noche

Y esa mañana, imaginé cómo sería la noche.

Eran las tres de la madrugada, la luna clareaba como si fuera día y el rocío nocturnal deslizaba sobre los vidrios de mi ventana. La inquietud no dejaba conciliar el sueño.


Opté por la práctica universitaria los fines de semana, veinticuatro horas seguidas sin dormir, en una unidad de reacción inmediata en Bogotá.


La imaginación no alcanzó a dilucidar lo tatuada que quedó mi alma aquellas noches.

Llegue a las ocho de la mañana a dichas oficinas, con la carta que me autorizaba. Suponía, me encontraría mi compañero de universidad, aquel que no me abandonaba instante alguno. Se había adelantado, y por ende, cumplía funciones. Lo curioso, la amistad que pregonaba, la lanzó al bote de la basura. Ni para saludar dirigió la mirada.

Los sinsabores de la vida cristalizaron. ¡Supo a mierda dicha situación!

El día relativamente normal, pero la noche, la noche es noche y lo es aún más, en dichos lugares.

A lo largo de la tarde repicó el teléfono varias veces, informando decesos. Se tomó atenta nota.

Al fenecer del crepusculo noctural, el frío era tenaz, me pesaban las piernas y el ritmo del corazón aceleró. Escuche aullidos de perros y quise indagar. En efecto, cuatro mastines rottweiler recorrían un espacio pequeño, muy inquietos. Tenían bozal y gruesas cadenas se miraban adheridas a la pared. ¡Sentí pavor de esos animales!


Hacia las nueve de la noche se oyó una voz. ¡Listos, a las diez sale el fiscal!


Personal de policía judicial, fiscal, médico forense, auxiliares, etc., abordamos las camionetas.


En las calles vacías y tenebrosas avanzan a gran velocidad. En otras, se miran los abandonados, los tristes, los que sobran, los sin rostro. Aquellos cuya existencia la sociedad en su indolencia señala, y otros, en su fútil desprecio, les llaman indigentes, y quienes aún más allá, exponiendo el talante de su alma, les dicen, desechables. Su verdadero rostro ha desaparecido, lo absorbió la descomposición moral de una sociedad en decadencia. Hastiados y revueltos en la más vil de las miserias. ¡Seres cuya mirada refleja la existencia del inframundo!

A unos pasos, gatos, que como fantasmas sus ojos brillan en la oscuridad y en la aureola de su inquietud, no pierden detalle alguno de lo acontecido, ratas que pasan a velocidad vertiginosa la avenida, desapareciendo en lo que parece un recuerdo de lo que fue en sus mejores tiempos, una casona.


En el lugar de los hechos, se acordona e inspecciona el área y se embala técnicamente el cadáver , previa inspección, siguiendo procedimientos legales.


Hombres, mujeres, adolescentes que han dejado el hilo de sus vidas en una hora infortunada o quienes desafiando la muerte caen en sus poderosas garras.


Lamentos, dolor, desgarro de los sentidos, impotencia ante un estado de derecho cuyo eje fundamental es la protección de la vida humana, lo cual no cumple, pues la corrupción todo lo permea; lo cotidiano en esas escenas dolorosas.



Esos momentos tan fúnebres, nos hacen mirar la vida sin esperanza y a la vez con regocijo. La fortuna de tener familia, un lugar donde pernoctar, trabajo, estudio, permite que en medio del dolor de quienes sufren la pérdida de un ser querido, nos sintamos privilegiados.



El frío atenazador, el estar tan cerca de la muerte, el hielo de los cadáveres, el llanto de quienes los lloran, la inseguridad de la noche, el peligro que deambula camuflado en todo lugar, los adolescentes violentados, generaron gran temor en mi vida, cambiando definitivamente, el color de mi alma.




* Imagen tomada del muro de Camilo XR correspondiente a la obra "Southwestern Bedroom" del autor Steve Hanks, pintor norteamericano, que se distingue por su realismo.



Luz Marina Méndez Carrillo/19052019/Derechos de autor reservados.
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