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Armonía

Cuando salen los rayos en oriente,

del astro sol, en la extensión vacía,

las aves, en folclórica armonía,

levantan vuelo hacia la luz naciente.

*****

Una mirla, que al paso está perdida,

se detiene en un roble de la flora

Y canta, bajo el manto de la aurora,

el himno del amor y de la vida.

****

Y allá en el horizonte algún lucero,

Se extingue bajo el cielo boreal,

que proyecta la luz de la alborada.

****

Y en su salto, la fuente del sendero,

que atraviesa un florido cafetal.

va ritmando, a su paso, una tonada.

****

Nolberto Marín Bolívar
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Sin Esperanza

La vi en una iglesia, cual àngel del cielo;
Cubría su rostro con un manto azul
Me dio una mirada, a travès de su velo,
que pude captarla, bajo el claro tul

Sus ojos azules, cual lagos en calma,
igual que luceros, en noche estival,
turbaron la humilde paciencia de mi alma,
dejando mis noches en frío arraval.

¿Por qué se ama tanto, cuando es imposible
que un sueño celeste sea realidad?..
Aquella visión, como el aire intangible,
dejó en mis entrañas funesta ansiedad.

Qué amargas sorpresas nos deja el amor:
cuando es improbable, es mas infernal,
y cada recuerdo nos deja el dolor,
Que infiere el acero de un fiero puñal.

Ayer, en la tarde, la vi de repente
salía de un atrio ; la vi sonreír.
No quise mirarla, y, como un penitente,
miré para el cielo, para no sufrir.

Nolberto Marín.
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La Agonía del Cóndor

En las altas montañas de granito,
en los Andes, de inhóspitas alturas,
hay un cóndor que escruta el infinito,
y sufre al soportar sus desventuras.

La noche es larga, y agoniza el día;
y abatido en las sombras del ocaso,
con aflicción, su corazón latía,
al afrontar su trágico fracaso.

Recuerda, que al volar sobre los montes
cuando, junto a su amada compañera,
desafiaba los vastos horizontes,
a la luz celestial de primavera.

Pero un día, de frívola alborada,
su eterna compañera estaba inerte,
en el lar de su cálida morada,
en los brazos oscuros de la muerte.

Y el cóndor, majestad de los desiertos,
espera, con dolor, su despedida
al gélido terruño de los muertos,
en busca de su amada consentida.

Y una tarde, transido y destrozado,
abrió sus alas, temblorosamente,
y mirando el siniestro acantilado,
puso fin a su vida, de repente.



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