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El hombre triste

Una vez conocí a un hombre triste, su vida estaba llena de sombras y el misterio rodeaba todo cuanto tocaba, cuando me dió su mano se presentó como "Soy un fantasma que deambula perdido por la vida" yo le dije a modo de broma "Soy una mujer que no le teme a los fantasmas".
Una noche, a través de la ventana, lo ví venir en silencio, con las manos en los bolsillos, arrastrando cada paso como si le doliera una pena, se detuvo en la escalinata que lleva hasta mi casa, se sentó un rato mirando hacia el cielo y se devolvió tan lentamente como había llegado, con las manos en los bolsillos y sin mirar atrás.
Cada noche volvía, subía un par de escalones, pero se arrepentía y nuevamente se perdía entre las sombras. Tal vez un día tenga el valor de tocar a mi puerta, pensaba, pero no fué así.
Llegó el mes de abril y una tarde nos encontramos cerca de la iglesia, me abrazó de repente, me dió un par de besos en las mejillas y me dijo -Estás preciosa - y mi corazón latió a mil por segundo cuando me regaló una dulce y enigmática sonrisa.
Así comenzaron nuestros paseos, dos o tres veces por semana, en un ambiente cómplice, rodeados de la magia de lo no conocido y absortos el uno en el otro ante la incertidumbre de un quizás.
Le gustaba usar gabardinas muy largas y sombreros de pana, siempre vestía de negro, un día le pregunté, un poco para romper el hielo, si se había peleado con los colores y me contestó que los había guardado en un viejo baúl de madera que tenía al lado de su cama.
No se si fueron nuestras animadas conversaciones sobre poesía, nuestras largas caminatas entre los árboles tomados de la mano o sus serenatas en la madrugada, siempre acompañados de su guitarra, sentados en la escalinata con dos copas de vino tinto que fuí descubriendo su pequeño mundo, el gran vacío que lo habitaba, su miedo a entregarse y a vislumbrar las profundas heridas escondidas entre su piel y su alma.
Poco a poco fuí penetrando en su melancólica mirada y descubrí que a veces la tristeza puede llevar otro nombre, en sus ojos fluían ríos enteros y selvas impenetrables, casi se podría decir que el dolor era su morada y que sólo la música lo acompañaba, cuando cantaba, su voz era tan dulce que rozaba el alma.
Cuando comenzó a sentirse algo mas cómodo a mi lado me invitó a escucharlo tocar el piano en un hotel de una ciudad cercana, recuerdo claramente que me puse un vestido floreado con muchos colores para ver si lo impresionaba, cuando llegué al hotel ya estaba en el piano tocando "Para Elisa", desde la barra contemplé como sus manos y sus dedos finos recorrían el teclado como si lo acariciasen, recuerdo que esa noche, deseé con vehemencia que esas manos acariciaran mi cuerpo de la misma manera como lo hacían con las teclas del piano.
No se en que momento ni en que hora fatal comencé a amarlo, me entregué a su ser con un torrente de pasión, sin lucha y sin sentido, fué un amor diferente a cuantos había tenido, con flores, serenatas, poemas y mucho vino, eramos como hojas de otoño que bailabamos sin rumbo ni destino, sin que nos importara ni un segundo a donde nos llevaría el viento.
Una noche, después de varios meses de serenatas, fogatas en el río, guitarra y poesía, se acerco a mi con su mirada triste y me dijo - Perdóname, no estoy acostumbrado a que me amen - un frío recorrió cada uno de mis huesos y hasta el día de hoy no se explicar porque comencé a temblar de aquella manera que me dejó sin palabras.
Lo vi partir en silencio, con sus pasos lerdos y sus manos en los bolsillos dejando a su paso una estela de sueños rotos y esperanzas perdidas, se llevó consigo mi ansiedad de besos, mi incipiente locura, mi musa y mi universo.
Nunca màs supe de el, se lo tragó el mundo que tanto temía, pero el recuerdo de su voz perdura en cada dulce trino que llega a mis oídos y cuando la vida me acerca a unos ojos negros, recuerdo nuevamente a mi hombre triste, contemplo como en sueños aquellos días y pienso, aún en medio de esta terrible ausencia, que una soleada tarde, así, como al descuido, he de encontrame de nuevo con sus ojos y volveré a perderme en esa mirada borrascosa, de sueños escondidos y soles infinitos.
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Pecado

Me acerqué lentamente conteniendo un suspiro,
tenía miedo de hallarme de nuevo frente a ti,
de encontrarme en tus ojos, azules como el río,
de tropezar tu boca tan sedienta de mí.

Pero me fui acercando, temblando hacia tu cuerpo,
sin pensar en más nada, quería tocar tu piel
y borré de mi mente los errores del tiempo,
para enterrar mis labios en tus besos de miel.

Y nació en el ambiente un instante sagrado,
embrujo de caricias, un hombre… una mujer,
dos almas, dos tormentos y un sublime pecado
que nos llevó al delirio candente del ayer.
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10comentarios 123 lecturas versoclasico karma: 99

Haiku a la luna

Luna de sangre
arena en tinta roja
musa de poetas
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2comentarios 81 lecturas japonesa karma: 87

Soneto a la Esperanza

He bajado a las sombras del averno,
en el alma el más hondo sufrimiento
y mi dolor, amargo y ceniciento,
la tortura candente del infierno.

Fui la presa de aquel terrible invierno
y doblegué mi furia y mi lamento.
A media voz, al pie del firmamento
¡Entregué mis heridas a lo eterno!

Y desperté soñando las estrellas,
una mirada, un beso, una alabanza,
¡Ebrios suspiros! ¡Madrugadas bellas!

Hoy cabalgo sumida en la añoranza,
dejo en la arena el paso de mis huellas.
¡Danzando alegre mi última esperanza!
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16comentarios 335 lecturas versoclasico karma: 91

El olvido

Entristecen Los colores,
la tarde se hace bruma.

La realidad se confunde entre los aromas del pasado.
Grises ojeras que son la huella dormida de un recuerdo.

¿Cuándo se hizo mudo el tic-tac del tiempo?
¿En que momento se cubrió de aridez mi alma?

Manos arrugadas que tiemblan sobre el vestido viejo
¿A dónde partió mi esperanza?

Una a una, como lágrimas perdidas,
caen a mis pies, las hojas secas y amarillas del olvido.
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Te vas y te quedas

En cada trazo de mis versos tristes,
como en un bosquejo dibujo tus besos.

Amor ajeno, amor de dulces y amargos desvelos,
amor que hieres de espinas mis sueños.

Te vas y te quedas, como de las flores el sutil aroma,
como el aleteo de las mariposas.

Como aquel viajero que lleva en el alma
la esperanza incierta de volver mañana.

Te vas y te quedas, aunque aun te extrańe
y tiemble tu nombre callado en mi alma.

Mis alas heridas cruzarán el alba
y en mis pensamientos volaré a tu encuentro.

Para que te quedes, para que te vayas
¡Porque fuiste todo y no fuiste nada!
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Es Cierto

Es cierto, amor, la vida es senda triste
y nuestro viaje es corto y pasajero.
Somos como una luz que se resiste,
a morir cada noche en un lucero.

Somos como la niebla, transparentes,
como el río que crece y se desborda.
Cercanos al temor de las vertientes
y ajenos al arribo de las olas.

Me dices que tu cántaro se quiebra
y se vierte en tus ojos ambarinos.
Es cierto amor, tu lágrima es la hebra,
que silenciosa cose tu destino.

Me dices que el recuerdo te atormenta
y se oprime tu pecho y se desboca.
Es cierto, amor, cuando el dolor te tienta,
se te mueren los besos en la boca.

Pero aunque el corazón tengas herido
y la vida te de sus sinsabores.
Recuerda amor, que yo que te he querido
¡Quiero asirte a la luz de mis albores!
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Siempre Poesía

Somos tormenta,
también arco iris.
Un tanto de oscuridad,
un espacio de luz.
A veces refugio.
otras veces vuelo.
¡Pero siempre poesía!
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Un cuento para Guillermo

Hoy quiero escribir un cuento para enseñarte a soñar,
donde el sol este contento y te sonría al brillar.

Y tus manitos pequeñas con gracia se moverán,
porque las hadas risueñas en tu cuna cantarán.

Te contaré que una nube que parecía de algodón,
jugaba con un querube burbujitas de jabón.

Y que una linda estrellita en el cielo apareció
y en tu carita bonita un besito te dejo.

Te contaré en este cuento de los circos, los payasos,
de los cometas y el viento, mientras te arrullo en mis brazos.

Te contare de la luna, de la lluvia y los colores,
del mar llenito de espuma y del aroma de las flores.

Y me darás tu sonrisa de caramelo de miel,
al contarte que la brisa¡ Vendrá a besarte también !

Paula J. Orta Osilia
Isla de Margarita
Venezuela
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Menguante (Soneto)

Mengua la alegría que resbala en llanto,
la luna es apenas una sombra herida.
Menguan los abrazos, se diluye el canto,
mi voz sin consuelo, mi alma perdida.

Menguan en el cielo todos mis amores,
los cirios aún arden, sin voz y sin misa.
Menguan primaveras, marchitan la flores,
la luna sonríe ¡Que triste sonrisa!

Menguante la luna, mi vida menguante,
vuelos sin retorno, sin luz y sin prisa.
¡Manos que se aferran a un gélido guante!

Menguan las palabras, la luna desliza
su pálido velo al cielo distante.
La luna sonríe ¡Que triste sonrisa!

Paula J.Orta Osilia
Agosto 2017
Madrid
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