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Batlle siempre me ha recordado a batalla, supongo que por su espíritu incansable de luchadora

"Nosotros no somos de madre capitalista. Nosotros somos de madre obrera."


Avanza por el pasillo con el sumo cuidado de los pasos indecisos que buscan pisar sin caer, sin perder el equilibrio al borde del precipicio que es el vacío del fin de la memoria. Y yo, al verla alejarse así cada vez que me da las buenas noches, como que intento hacer memoria por ella, y recordarle continuamente a qué día estamos, qué instante de la semana es mañana y preguntarle si ha tomado las pastillas, los polvos y el jarabe, en ese orden, pero al revés, consciente de que si no la regaño cada día por la cantidad de comida que sobra nadie lo hará, pero intentando hacerla entender y razonar, porque los gritos nunca sirvieron de nada para educar y ella, tirando de refranero popular lo sabe y me mira y me lo recuerda: Que por un oído me entra, y por el otro me sale.

Que la nevera nunca esté vacía, y la despensa siempre llena, supongo que es la herencia directa de una posguerra que dejó más miseria que toda la grandeza moral que nos vendieron que iban a instaurar durante la última cruzada de la cristiandad, que por desgracia, tuvo que tener lugar en nuestro país. Cuando nos sentamos a cenar y ve alguna noticia de actualidad y me pregunta que este de quienes son, y yo le digo que es Garzón, que es de los rojos, de los nuestros, de los del Padrí; y ella sonríe, se ríe, y asiente con la cabeza, y dice, como me dice cada vez que voy a una manifestación, que al Padrí le habría gustado conocerme, que era de los suyos, de los que creen que vale la pena cambiar el mundo, y yo sonrío, y le digo que lo sé, que a mí también me habría gustado conocerlo, y es verdad, a veces echo de menos no haber conocido a ese bisabuelo del que solo tengo como recuerdo un recopilatorio de prensa soviética que se llama como el satélite Sputnik, pero en castellano -los artículos, no el nombre-.

En momentos como ese, ella hace memoria y me cuenta como iba a ver a su padre a los campos de concentración, a mí me llama la atención su conciencia de la situación vivida y como no llama cárceles, sino campos, a esos lugares en los que internaron a todos los luchadores por la democracia y la libertad que cayeron a manos del franquismo. Continúo, que me voy por las ramas. Ella recuerda, y entre esos instantes de su niñez, siempre me cuenta como a veces a los presos los dejaban nadar en la playa y me cuenta, con la ilusión de una niña, como lo veía saltar desde lo alto de una cala y zambullirse en el mar. ¿Pero tú sabes la altura qué era? ¡Como diez metros! ¡Y saltaba y hacía CHAF! Acompasando la explicación con grandes gestos, para ensalzar la magnitud de la hazaña.

Otras veces hablamos de la política y me pregunta que qué ocurre en Venezuela y yo le digo que gobierna el pueblo y a los ricos eso no les gusta y ella me dice que claro, que a esos nunca les gusta, que por eso hubo una guerra civil aquí, porque los que mandaban querían seguir siendo ricos. Y se queda pensativa mirando el infinito, y como pasándolo mal al recordarlo, pero consciente de que debe contarlo, me explica como un día vinieron unos con camisas azules a buscar a su padre. Que petaron en la puerta, y su madre, les mandó a ellas y a sus hermanas esconderse bajo la cama en la habitación. Vieron sus pies, y en medio de la noche se llevaron al Padrí. Y a ellas les tocó pasar hambre, más de la que pasaban, hasta el punto de tener que comer las mondas de las patatas si no siempre, sí con frecuencia.

Cuando me lleva al cementerio yo la sostengo del brazo, sé que necesita llevarme de vez en cuando, como mostrándome los procedimientos de esa especie de ritual con el que rendir cuentas con los que ya no están, y a ella eso le hace ilusión. Y cuando lleva mucho sin ir porque ha estado mal de la pierna o de la cadera, pide perdón y les lleva las flores más bonitas que encuentra, como excusándose por haber faltado a su cita semanal. Camina con calma, me pide que coja una regadera y se dirige a la tumba de su marido, la riega y la limpia, como cuidando todas las arrugas que no pudieron envejecer juntos, hablándole en catalán y en voz baja, contándole todas las novedades, y que mira, que ha venido el vigués, el nieto de Manolo, que que grande está y cómo cuida de su abuela, que qué bien que lo pasamos juntos, que la espere una miqueta, que todavía le falta para reunirse con él.

Después recorremos el cementerio, a mí siempre me han parecido lugares fascinantes y me pierdo observando los mausoleos, las fechas de las tumbas y respirando todos los recuerdos perdidos que viven entre los que ya no están por acá. Giramos en una esquina y luego en otra, y llegamos a la antigua zona republicana, ahora es una zona más, pero siempre me ha parecido bonita la idea de que mi bisabuelo esté allí, como una forma sencilla, pero importante, de recordar que se dejó la piel en el Ebro, en la cárcel y que se salvó de la muerte por un azar del destino, porque las celdas estaban llenas y porque España necesitaba mano de obra y Franco decidió que era mejor el indulto, que ya habían aprendido a callar, aunque siguiesen gritando en voz baja y escupiendo cada vez que pasaban al lado de los del club de Hípica, que eran todos falangistas de los de camisa azul en domingo.

Y nos detenemos frente a la tumba, y otra vez la conversación en catalán, que mira tu bisnieto, que es como tú, que ojalá lo hubieses conocido, porque es de armas tomar. Y que me riñe siempre, pero lo hace por mi bien y porque me quiere, y que lo pasamos bomba juntos y que está con una chica muy riquiña y muy maja, que viene mucho de visita. Que en muy poco estoy con vosotros, pero esperad unos años más, que los quiero ver juntos. Y no lo dice, pero yo estoy seguro de que lo piensa, que no se quiere ir hasta que me vea mayor, porque para él sigo siendo un niño, de 24 años, pero un niño al fin y al cabo, y que no se puede ir hasta que hayamos reído tanto como para no olvidarla.


Y luego volvemos, y vamos para casa, o al médico, o a la farmacia, y subimos las 95 escaleras de su casa -se sabe bien ese número y siempre que puede nos lo recuerda, sobre todo al doctor y a los otros viejos que se encuentra por la calle, entre quejas que más bien son muestras de orgullo propio-.


Otras veces vamos a por helados a la Torre, uno de chocolate para mí y uno de limón para ella, nos sentamos en un banco y vemos el cielo de Coruña despejado, mientras hablamos y disfrutamos, de los cucuruchos, de las pipas, de las vivencias, de los años. Y cuando volvemos estamos agotados, sobre todo ella, pero sonrientes y pensando en qué cenar en un rato.


* * *


La Yaya, que así siempre he conocido a mi abuela, pasó muchas penurias durante la posguerra, por eso yo cuando veo la nevera llena me enfado un poco, pero no mucho, porque me doy cuenta de que todo lo sufrido bien vale el tirar de vez en cuando algún yogur caducado, que lo importante es soportar las heridas del pasado y como siempre, intentar que el olvido no nos engulla la dignidad, que bastante nos hicieron sufrir como para que hoy en día tengamos todavía que callar.
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(Contra) el canto del cisne: (Cultura)

Soy la lluvia, soy el viento,
soy todos los aullidos y lamentos
los campos llenos de soldados muertos,
las aldeas abandonadas
y las ciudades superpobladas,
soy el llanto tenue de la libertad
cuando disparan en nombre de la paz,
soy el campesino y su sudor,
la rabia y el dolor
del que ha visto nada más nacer el horror.

Soy los sueños y las pesadillas,
las fantasías,
las ironías
y las poesías,
soy todas las noches en vela
todas las horas que pasas en largas listas de espera,
los cielos sin estrellas,
todos los besos, caricias y miradas desde la otra acera,
soy esos armarios que te obligaron a cerrar,
esas infancias sin lugar al que escapar,
todas las palizas por soñar,
todas las salidas de emergencia cerradas cuando llegabas a ellas.

Soy la música y los instrumentos,
las orquestas, los bailes y los cuentos,
todas las leyendas muertas,
todos los libros que ardieron en hogueras,
las películas que se censuraron
y todos los actores abandonados y olvidados;
soy las imágenes vistas de cerca,
las letras que despiertan conciencias,
las historias cíclicas que se repiten aunque no quieras.

Soy el trabajador de ese tejado,
la madre que cuida de los hijos sin que nadie le dedique cuidados,
las revueltas y las calles llenas,
las manifestaciones y las huelgas,
las protestas, las asambleas y las esperanzas que yacen en algún lugar, sin fuerzas.

Soy el norte y soy el sur,
soy la luna y el sol,
soy el que viaja en bus,
el que huye, el que emigra, el que se refugia, el que busca dinero para comprar salud.

Soy el oeste y el este,
la voz que grita en medio del cielo celeste,
los enfermos de la peste,
de las colonias y de las huestes
de aquel que se proclamó liberador,
de aquel títere que alguien situó,
de todos aquellos que solo soñaron con mantener el control,
que nunca dudaron cambiar de color
con tal de que el pueblo solo sienta el dolor.

Soy indio,
soy cubano,
soy todos los que lucharon sin rendirse por lo que soñaron,
soy europeo y africano,
asiático y americano,
soy el engañado de todas las historias de viajes para lucrarnos.

Soy la madre,
y el padre,
y la hija explotada
y el niño soldado,
soy la vida,
soy la muerte,
soy la guerra
y la paz,
soy todas las ganas de cambiar algo.

Soy el mundo,
soy el mar,
la naturaleza, las montañas y hasta el volcán;
soy los peces,
y la hormiga al trabajar,
soy la memoria,
y la cultura popular.

Soy Sarajevo e Iraq,
las Malvinas, Chechenia y Afganistán,
soy la falsa primavera árabe,
soy la maniobra inteligente,
el que muere ante un dron sin piloto pilotado,
soy el soldado vietnamita que muere por defender su poblado,
soy el norcoreano,
el palestino,
el fervor del pueblo al echar de Cochinos al mercenario.

Soy el futuro y el pasado,
el presente que nos han robado,
el caído ante una jeringuilla en su brazo,
el que ve como lo aplasta el estado,
el olvidado,
el callado,
el cadáver en una fosa enterrado.

Soy la bandera roja ondeando,
soy el Reichstag liberado,
soy el rojo y negro en una columna luchando,
soy el brigadista solidario,
el voluntario alistado para echarte una mano,
el enfermero,
el obrero
y el parado.

Soy la médica que ha estudiado,
la choni,
la escritora,
la que pasa 10 horas en el sector servicios currando;
soy el becario,
el pobre universitario,
el poligonero que escucha rumba y bakalao en tu barrio.

Soy la Guerra Fría,
la isla combativa,
las voces que en la cárcel siguen insumisas,
soy la guerrilla en la jungla,
la que trabaja en el campo para sobrevivir otro día,
la que suda como único pago a su desventura,
la que muere sin grandes actos funerarios,
soy Peniche y Guantánamo,
todos los caídos en un Valle de héroes falsos,
los defensores de Stalingrado,
el miliciano y el partisano,
el incansable estudiante que reparte panfletos incendiarios frente a un supermercado.


Soy la historia y la igualdad que por fin se alcanza,
la cultura de masas que nadie aprecia,
las ganas de acabar con las injusticias,
las vidas que buscan vías para triunfar en esta partida.

Soy las llamas de la venganza,
la hora de romper la baraja y las cartas,
el momento de estallar en la batalla,
el pueblo internacional y solidario que viene a plantar cara.


Soy el mundo,

soy la construcción de los sueños,

soy la victoria de las esperanzas.
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Sorteo Generación Rota

Estoy haciendo un sorteo en twitter de un ejemplar de mi libro.
Si queréis conseguirlo totalmente gratis no dudéis en participar.

Muchas gracias ^^

Resistir es poesía!


twitter.com/petauroak/status/1037032896496902144
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Suspira mi corazón lágrimas del alma y sonrisas de los sueños

Entre los recovecos del alma me siento a observar el mundo, a dejar mi vista volar mientras las nubes pasan de largo lentamente por la gran bóveda celeste. Quisiera averiguar el por qué de la existencia, pero creo que solo atino a levantar castillos de naipes de un futuro que se sostiene tambaleante ante la necesidad perenne de no dejar de soñar nunca, aunque puede que nunca lleguen a cumplirse dichos sueños.

Sorprendido y desorientado, saco una nueva mano de cartas, a ver si así, de algún modo, logro vislumbrar el porvenir como una baraja de tarot que señale ilusiones entre las brújulas que marcan el norte que me hiciste perder.

La helada cae en la madrugada; al tiempo que la noche oscura e impertérrita dibuja siluetas difuminadas de vanos intentos de atrapar lo que ya no tenemos. El cigarro reposa sobre una botella vacía de plástico, sumergiendo sus cenizas en cúmulos de fracasos que adornan la habitación. Las paredes supuran rastros de melancolías y aún de este modo, descifro crítpicos laberintos que tienen por centro a mí mismo.

¿Dónde está lo que todos buscamos?

Las metas.

La felicidad.

Las fuerzas para seguir luchando cada día.

¿Dónde está todo eso?

Que alguien me lo explique, porque yo hay días en que no soy capaz de percibir entre la neblina del horizonte todos esos pequeños detalles que dan color a la cotidianidad.

Y la rutina se ha apoderado de mi triste paleta de grises,
y el lienzo solo arrastra simples tanteos de sonrisas,
pero hay alguna luz entre las sombras
y las tinieblas ya no cubren tantos túneles de ida y vuelta como el recuerdo que vive entre los sincorazón y sus negros ojos sin alma.

La tormenta ha dejado la calma tras la tempestad, y el temporal ha traído cientos de piedrecitas cristalinas a la orilla,
pero ni la suerte
ni el azar
se han subido a las olas
y la arena ya no perdura las huellas de todos los pasos que dimos hasta encontrarnos
entre sus palabras y sus caricias.

No sé muy bien a dónde quiero llegar, quizás ahí resida el principal problema. Quien no sabe qué quiere no va a ser capaz de alcanzar nada. O puede que lo sepa, y no me atreva. En ambos casos hay poco que hacer más que suspirar mirando a través de esa ventana que nos muestra todo un mundo que no somos lo suficientemente valientes de explorar entre los equilibrios funambulistas de las aspiraciones y los sueños.

No he atrapado a la felicidad eterna todavía entre las manos,
pero no me he cansado de intentarlo,
al menos no todavía
hasta haber triunfado por y para conmigo mismo,
y con la vida
celebrarlo.

Mientras tanto, camino
con las manos en los bolsillos
y el cuerpo tatuado,
al tiempo que de mi cuello se balancea
el recuerdo constante que me obliga a no darme jamás por derrotado.
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Poeta: Que la trinchera sea nuestros versos

Llamo a esa Generación Rota,
a ese grupo de poetas que buscan dominar las letras,
un hueco en esta España yerma,
un arrebato de sueños entre difuminadas izquierdas.

Llamo a Eleutheria
y a Marta Synés
para que me muestren
la fuerza de todas las mujeres.

Llamo a Bolibic
y a Saudade
porque la resistencia y las libertades
van de la mano de los sentimientos personales.

Llamo a esa Generación Rota
que busca al calor de sus notas
un rincón entre tanta soledad para que les acoja,
un refugio para huir en ciudades que nos abandonan.

Llamo a Kosti y a Escerezan
porque no hay revolución sin ideas sinceras,
no hay belleza sin la soledad que nos apresa,
no hay alegría sin levantar trincheras.

Llamo a Grecia y a Lura,
al amor, a la amistad, al sol y a la lluvia,
a la naturaleza y los barrios, a quien trabaja y a quien estudia,
a quien realiza donde y cuando puede contracultura.

Llamo a esa Generación Rota,
a ese grupo de poetas que logran luchar con todas sus fuerzas,
que construyen poesía a pesar de que no sea de altas ventas,
que todavía tienen esperanzas para aspirar a que la libertad sea nuestra.


Gracias por evadirme tantas veces con vuestra poesía.
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Sabes a Libertad

Surco el mar en tus ojos de esperanza
rozando con los dedos la salitre que se levanta
e impregna mi piel
dotándome del aroma ese
que dices que tanto me caracteriza.

Susurro a la noche las horas para volver a sentir tu ser
y tu voz que me acuna cada mañana,
los atardeceres bañados por girasoles te dan un toque preciosista
como de acuarela recién pintada
con el fondo de la Ría brillando en tu mirada.

Bailo en los días de lluvia
pisando charcos, levantando viento,
sintiendo en mis labios tu aliento
invernal bajo el calor de mi sonrisa sabor verano,
esa que hace que juntos creemos un otoño eterno.

Atrapo los versos al vuelo como quien recita amaneceres
y el horizonte te precede levantando destellos
de besos y abrazos
acunándonos en cualquier banco o en la misma hierba
que llena de verde el cielo y de frescor el amarillo de los rayos.

Buceo jugando con el tiempo
atrapando el momento
sacándole los colores a los sentimientos.

Descanso sobre las rocas de cualquier acantilado
con decenas de cormoranes desfilando
entre los recuerdos de amarnos.

Surco el mar entre tu risa,
frágil caricia,
artística vida,
viaje sin rumbo de ida por las calles de la Poesía
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Soliloquio sobre la cruenta existencia

Mira, mira al frente y dime lo que ves,
escruta las tinieblas y dime lo que sientes,
explórate, deconstrúyete,
aprende a ver más allá de lo que antes creías como válido, como normal, como frecuente.
Dame la mano,
yo te acompañaré a caminar por este tortuoso sendero.

Nos obligaron a amar(nos) y solo nos enseñaron a sufrir por no ser perfectos;
nos invitaron a ganarnos la vida con un trabajo y solo sirvió para dar la vida trabajando;
nos vendieron un techo al que llamar hogar y solo logramos hipotecar el futuro para tener un puñado de metros sobre los que tumbarnos.
Nos pintaron un mundo de colores y arco iris, pero compañero, cuando la lluvia llegó solo quedó una sucia escala de grises de los que escapar al grito de que vienen los maderos.
La realidad solo era una imagen sesgada tras los barrotes de nuestra propia existencia y nosotros,
la carne de cañón sobre la que sostener todo un sistema.
Y lloramos,
lloramos y nos enfadamos cuando nos dimos cuenta,
pues ahora nuestra vida era más segura
pero menos libre,
y trabajábamos más horas.


Es una pena que no fuese todos a la vez cuando vimos la jugada maestra.
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Se viene libro: Generación Rota

Tras meses y meses de preparación, rechazos, dudas y noches en vela, por fin puedo presentaros el sueño de una vida: Generación Rota.

Siempre he escrito como vía de escape, como forma de plasmar mi día a día, como la mejor herramienta para dar rienda suelta a mis sentimientos.

Años y años de escritura y poesía me han guiado hasta aquí, hasta el momento y lugar en que he decidido reivindicar los versos y construir con ellos la trinchera tras la que dar cobijo a tantos y tantos que se han sentido alguna vez desamparados bajo este sistema que no deja de ahogarnos.

Es la hora de transformar la realidad y unirnos, porque juntos somos más fuertes y ya era tiempo de que la poesía recuperase su lugar en esta batalla y gritase las cosas altas y claras.

Si este libro ayuda, aunque sea un poco, a resistir, soñar y mantener las esperanzas, habrá cumplido su cometido.

43 poemas y 131 páginas de amor, soledad, rebeldía y resistencia.

"Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños."
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Cuando el humo se disipó ya no había palabras para tanta tierra quemada

Arde Galicia y los de siempre no hacen nada,
ni actúan,
ni envían refuerzos;
se limitan a esperar
para recalificar luego el terreno,
y mientras tanto,
Galicia sigue ardiendo.

El horror lo cubre todo
y la tristeza baña de gris el cielo,
la impotencia se cuela por los resquicios de las casas desalojadas,
y las gaviotas echan a suertes la vida con la pasta.

Dios no está, ni se le espera,
la lluvia no llega
y el viento hace de las suyas cuando arrecia.

Las miradas son de ceniza
al contemplar
sin fuerzas
como toda su tierra se quema.

La muerte acecha en cada rincón
y el corazón
de los bosques
llora de dolor.

La noche no hace más que arrasar con incertidumbre
sobre lo que quedará mañana al despertar,
y eso los que tengan la suerte de dormir,
otros ya han perdido todo ante sus ojos,
o la destrucción de las llamas se refleja ahora en sus rostros.

Galicia arde
mientras los responsables no hacen nada,
y nosotros sufrimos
Con frustración,
Tristeza
Y rabia.

Arde Galicia
y el fuego todo lo arrasa.

Arden nuestros bosques.
Arden nuestros hogares.
Arden nuestras casas.
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Desarraigo

Vigo se desangra, poco a poco, arrastrando ríos de nostalgia por sus calles. Mientras la Gran Vía llora, el Castro se desgrana poco a poco, como los pétalos que dicen "me quiere, no me quiere".

La melancolía se viste de gala y encharca las avenidas grises convirtiendo a la ciudad olívica en un lienzo en blanco y negro.

Es extraño, el sol brilla y hace días que el cielo no estaba tan azul, pero todo me resulta ajeno, como la melodía de un fado lejano cantando a la patria querida. Es como si el espejo se rompiese en mil añicos, rompiendo la ilusión de que nada ha cambiado, cuando lo ha hecho todo; como las memorias de una guerra que deshumaniza el corazón saboreando todas y cada una de las almas rotas.

Y es ahí, cuando hasta la puesta de sol me resulta indiferente e insípida, como el delirio del que Borja hablaba.

Porque algo se ha roto, un salto en el tiempo palpable, aunque los posters y fotos de la habitación digan lo contrario.

Quien sabe, quizás sea verdad eso que decían de que nunca volverás realmente a casa una vez te has ido.

Quizás la mente mutada tenga prohibido el paso, como un espíritu condenado a vagar por siempre.

Quizás recuerdos y mente se rompan y ya nada vuelva a ser igual.

Quizás el tiempo ha vuelto a hacer de las suyas.

Quizás...

Yo solo se que Vigo se desangra, desgajándose en miles de gotas que gritan: "te condenamos a vivir desarraigado a todo lo que considerabas tu hogar".
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Seré tus sombríos pensamientos

Soy la sombra que ves desde la ventana
acunando su ansiedad.

La Noia del Semàfor


Soy un pedazo de cielo caído
una lengua de fuego de tu propio infierno
soy
sencillo cuento certero sin final feliz
fábula que no te enseña nada por lo que seguir
sutil sinsentido de vuelta
camino sin señales que sepan
marcar la salida a tanta incerteza
a tanta duda interna
a tantos miedos
tantos sueños
tantas pesadillas que cargar a cuestas.

Soy un trozo de espejo
añicos de cristales que tiñen de negro
los ríos escarlatas del cuerpo
herida abierta sin cicatrizar
supurante existencia sin final
pútrido juego que te invita a saltar,
soy
la bruma en la mirada
las noches sin luna pasadas
todas las preguntas eternas sin respuesta
un acorde triste de guitarra que reverbera
en la fina hebra de tiempo que lleva
el viento al vacío incruento del oscuro silencio.

Soy la sombra que ves desde la ventana
acunando,
sangrando,
masticando,
su ansiedad
por siempre jamás.
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Acuarela de la Ría

El mar golpea suavemente la orilla, haciendo saltar la espuma de forma intermitente con el vaivén de las olas.

Sentado en la proa, Maxi admira el paisaje a través de sus gafas de sol. De espaldas a Rande, Pedro pone a punto su guitarra y Diego hace fotos a las Cíes. El cielo está limpio y la brisa es suave, así que aprovecho para escribir estas líneas durante el viaje a Cangas.

La Ría es un océano de tranquilidad en un mar de bateas que la atraviesas como si fuesen islotes flotantes. Las gaviotas, con sus chillidos, añaden un toque característico a la banda sonora del estival ambiente.

El barco surca veloz el agua y en menos de media hora estamos pedaleando por el Morrazo en dirección a Menduíña. Cuando llegamos dejamos todo en la arena y corremos con los bañadores a darnos un chapuzón. En verano puedes morirte de calor, pero por alguna extraña razón el agua siempre estará helada.

Cuando el sol comienza a ponerse en Cíes, encendemos una hoguera, sacamos los bocatas y Pedro saca la guitarra y los acordes comienzan a desfilar por sus manos, mientras el resto, tumbados mirando al cielo, nos perdemos entre las estrellas con la sensación de que en ningún sitio podríamos estar mejor.
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Retrouxos dunha inesgotable resistencia no Atlántico

Era unha tarde de finais de verán,
e o interminable latexar do mar
mesturábase ca calma que se respiraba no ar.

Dinís, no alto no cantil,
vixiaba o punto de fuga do horizonte
como una sombra imperenne que non pode fuxir
dos retrouxos do tempo,
dos arrumacos do vento,
dos recordos e os enguedellamentos
do seu corazón marcado polo amor do norte.

Agosto esbaraba lentamente tras o Pinheiral do Rei,
e él,
non podía facer outra cousa que comezar a contar,
cos poucos coñecementos que tiña,
as horas,
os días,
os meses,
como unha ringleira inesgotable de solpores baleiros até poder vela de novo.

O ano non era máis que decenas de esborralladas xornadas
da casa á fábrica,
da fábrica á casa,
ateridas con pequenos instantes de calma
que lle enchoupaban o peito cas forzas precisas para continuar.

Aquel lugar,
aquel lugar era o seu recuncho,
o seu refuxio co que manterse en pé mentres esperaba o seu regreso,
alí,
alí onde a coñecera había xa tres anos,
cando índa eran mozos que podían ter a certeza e a esperanza de fuxir do porvir,
sen ser conscientes da súa capacidade para arrastrar os soños cara o cadalso do esquecemento.

O luscofusco arrolábase co sabor salgado a salitre,
e a noite abríase paso entre as ondas
devorando pouco a pouco
os últimos retrouxos dun país que agoiraba craveis baixo o seu engaiolamento.

Era unha tarde de finais de verán,
e Dinís, pendurado do Penedo
mergullábase na Saudade,
podería ser que o tempo todo o mudase,
máis a lembranza do seu último beso
facía brincadeiras co soriso da súa imaxe,

e mentres,
o interminable latexar do ar,
debuxaba cabriolas cas cores do mar.
6
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Escribo solo para salvarme, y de paso intentar rescatar esta realidad que nos rodea

Ando clandestino en esta noche escondida,
como Manu Chao sonando por todo lo alto
en unos altavoces que gritan voces desde el otro lado de este mar indomado.

Conservo palabras para los buenos ratos
y en mis libretas
apunto y anoto frases de relatos olvidados
para luego colgarlos
en las paredes de esta cueva.

Ya no es que duela,
pero la lluvia acecha
y yo solo sé encontrar faenas inesperadas,
instantes intensos que hacer eternos para escapar de todos los cuentos que jamás nos vendieron.

Nunca supe bien que fue lo que me hizo sonreir
pero ahora sé que no acumulo suficiente gramos de serotonina
y como en Criando ratas me repito:
¿quién nos va a sacar de esta ruina?
Esnifo más rimas enlatadas
que versos a los que doy patadas.

La oscuridad me reconforta cada vez que intento huir
y si mis arterias abiertas se confunden con cicatrices que se cierran
puede que los tatuajes marquen huella
como una marca negra que supura en mi alma negra.

Mientras tanto me reafirmo en que seguiré dando guerra,
puede que la espera a tanta noche en vela no sea si no otra forma de escribir a cuchillada descubierta,
como una reyerta que deja el corazón sobre la mesa
y la noche
líneas y líneas que meterse cuando nadie me vea.

Soy un kinki de los poemas:
tiro del pecho para meterme dentro todo lo que me quepa sin cesar de galopar
y me chuto el mundo directamente en vena.

Vaya faena,
que hasta la música se descompone en cientos de notas inciertas,
apunta,
dispara
y acierta,
que el orgullo es lo único que nos queda,
conocernos,
reafirmarnos
y beber nuestros miedos como si fuesen latas de cerveza.

No quedan más ideas
que las que nos definen al defenderlas por encima de todas las cosas:
Porque soñar
es el acto más revolucionario en esta guerra.
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Retrouxos dunha inesgotable resistencia no Atlántico

Era unha tarde de finais de verán,
e o interminable latexar do mar
mesturábase ca calma que se respiraba no ar.

Dinís, no alto no cantil,
vixiaba o punto de fuga do horizonte
como una sombra imperenne que non pode fuxir
dos retrouxos do tempo,
dos arrumacos do vento,
dos recordos e os enguedellamentos
do seu corazón marcado polo amor do norte.

Agosto esbaraba lentamente tras o Pinheiral do Rei,
e él,
non podía facer outra cousa que comezar a contar,
cos poucos coñecementos que tiña,
as horas,
os días,
os meses,
como unha ringleira inesgotable de solpores baleiros até poder vela de novo.

O ano non era máis que decenas de esborralladas xornadas
da casa á fábrica,
da fábrica á casa,
ateridas con pequenos instantes de calma
que lle enchoupaban o peito cas forzas precisas para continuar.

Aquel lugar,
aquel lugar era o seu recuncho,
o seu refuxio co que manterse en pé mentres esperaba o seu regreso,
alí,
alí onde a coñecera había xa tres anos,
cando índa eran mozos que podían ter a certeza e a esperanza de fuxir do porvir,
sen ser conscientes da súa capacidade para arrastrar os soños cara o cadalso do esquecemento.

O luscofusco arrolábase co sabor salgado a salitre,
e a noite abríase paso entre as ondas
devorando pouco a pouco
os últimos retrouxos dun país que agoiraba craveis baixo o seu engaiolamento.

Era unha tarde de finais de verán,
e Dinís, pendurado do Penedo
mergullábase na Saudade,
podería ser que o tempo todo o mudase,
máis a lembranza do seu último beso
facía brincadeiras co soriso da súa imaxe,

e mentres,
o interminable latexar do ar,
debuxaba cabriolas cas cores do mar.
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Entre los rincones de mi habitación siempre me topo con mi corazón llamándote

Colecciono sonrisas entre albumes de fotos
que llevarme a la cama cuando no tengo tu espalda
para perderme entre los poros de tu piel.

Sucumbo al sueño de evocarte cerca cuando estás lejos
de sentirte lejos cuando estás tan cerca que una pantalla es la única distancia que nos separa
y kilómetros a cuestas de metas que tocar con los dedos.

Despliego acuarelas de deseos
cuando te siento en mis recuerdos
y los atardeceres huelen a Atlántico
y arena entre los dedos
y salitre en la piel
que quitarte poco a poco como si fuese la ropa
en una noche de estas en que nos perdemos el uno en el otro
y construimos utopías
y pintamos momentos
difuminando el límite entre los cuerpos
siendo instantes de miradas y voces entrecortadas
y dos respiraciones en una diciendo te quiero.

Coloco por la habitación todos los regalos que esperé una vida tener
mientras el mar me traía la melancolía de tus ojos color otoño
que me faltaban en los agostos de mis años
esperando sentado
en las rocas, buscándote en el horizonte de mi caminar.

Arranco hojas del calendario
y secuestro minutos al reloj
tratando de jugar cual dios con el tiempo de la existencia
ángel sin rumbo viendo todo pasar desde una cuneta
cuando no están tus sonrisas para iluminar esta infinita carretera.

Deshago castillos de arena
y manos de naipes
sacando las cartas por un futuro
y apostando al todo o nada por los sueños
de tu mirada esperanza
viviendo a toda velocidad
alcanzando metas, sobrepasando destinos;
saliéndose del camino marcado
para que solo el silencio sea nuestro aliado
entre las sábanas de tu edredón
en este infinitesimal baile de dos al compás de nuestra canción
dulce sabor al llegar a rozar
en tus labios todas las sensaciones que definen la palabra libertad.
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Me quiero

"Soy libre, sin matices."
@Quecagonsery


No busco la gloria,
ni el reconocimiento,
ni siquiera el honor.

No busco la inmortalidad,
ni la superioridad moral,
ni siquiera el laureamiento.

Solo me busco a mí.
En toda mi plenitud.

Sentirme mientras beso,
mientras acaricio mi piel con mis dedos,
mientras leo,
mientras dibujo, estudio, o viajo muy muy lejos.

Escribirle a la noche,
hablarle al día,
recitar a los atardeceres poesía
y desperezarme cuando sale el sol y me saluda entre las cortinas.

Solo me busco a mí.
Con todas mis virtudes y defectos.

Soñar con mis tristezas y mis alegrías,
nadar entre la sed de las marea y el ansia de la brisa,
acurrucarme en la arena y sentir su roce,
tumbarme en las rocas y perderme al vaivén de las olas que rompen.

Enamorarme del reflejo,
explorarme entre leyendas, películas y versos,
sonreírle a los recuerdos,
y caminar entre las tinieblas como si fuese mi propio sendero.

Solo me busco a mí.
Encontrándome conmigo mismo mientras me deconstruyo.

No busco la admiración.
No busco el engrandecimiento.
No busco la aprobación.
No busco siquiera el respeto ajeno.

Solo. A mí. Conmigo mismo.
Con la gente que me importa.
Con mis amigos.
Con la compañera que siempre me apoya.
Con la familia que por suerte he tenido.

Solo. A mí. Conmigo mismo.
Me descubro
con emoción y sin permiso.

Estoy ocupado disfrutando de la vida y del porvenir.
A mí. Contigo. Con vosotros. Por fin.


Soy libre.

Sin matices.

* * *

Soy feliz.
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La herrumbre recubre las ruinas de nuestra mirada (cubierta de hojarasca amarilla)

El silencio se abre paso entre la soledad de la noche. Las casas del pueblo se levantan inertes, como pobres mausoleos de otros tiempos en los que la decadencia se abrió paso a través de toda su estructura ósea. Reina el silencio en el pueblo y el viento corre atravesándolo de un lado a otro sin mayor obstáculo que los remolinos de hojarasca amarilla que levanta tras de sí, como un cementerio abandonado que nos remite a una época pasada y de la que ya no queda nada más que los gritos ahogados del reloj de arena.

El silencio se abre paso entre la soledad e la noche. Y los últimos latigazos de sol ser pierden entre las cumbres nevadas que otean el horizonte como gigantes de piedra que revelan la constante firmeza del pasado, cuando el pueblo aún tenía vida, y aún tenía gente, y aún tenía nombre. Cuando sus habitantes tenían todavía calendarios con los que regir el tiempo y ritos y costumbres a las que aferrarse para sobrevivir en el día a día ante este duro paisaje alpino que permanece aún hoy inmutable tras los siglos que alimentan las eras.

El silencio se abre paso entre la soledad de la noche. La luz de la luna se cuela entre los resquicios de las nubes que dejan entrever sinuosas estelas de sombras cristalizadas bajo una neblina de tibieza azulada. El pueblo se yergue olvidado a su paso, devorado por marañas de hiedras y zarzas que trepan por las paredes y las resquebrajadas ventanas que miran al visitante ajeno con una lastimera sombra de ruptura entre los cuarteados cristales estallados en mil pedazos por el frío glaciar del alto invierno pirenaico.

El silencio se abre paso entre la soledad de la noche. Y como una fiera hambrienta despedaza a sus víctimas con la condena de convivir con las ausencias hasta nueva vista de juicio frente a la muerte. En su caminar los pasos que no deberían estar allí le guiarán hasta la iglesia. Manifiesto expreso de que ya ha pasado la hora de este rincón perdido en la nada. Y sus campanas repiquetearán en silencio cuando una ráfaga de viento vuelva a levantar esa cortina amarilla de hojas ante sus ojos. Repiquetearán en silencio, como hacen sepulcralmente desde hace años, como hacen desde que los valles son los únicos habitantes de un pueblo ya sin nombre que vio huir a su gente ante la oleada de olvido que se desató décadas atrás, cuando cúmulos de casas como este se convirtieron en muestras vivientes del anacronismo en un siglo XX decidido a buscar el progreso en las ciudades. Y pueblos como este quedaron sin vida, sin gente, sin nombre; y ahora las campanas solo repiquetean en silencio cuando el viento pirenaico inunda las laderas de las montañas.

El silencio se abre paso entre la soledad de la noche. Los últimos rayos de sol hace horas que se retiraron, incapaces de alcanzar estas altas cotas, y ahora la oscuridad reina en sus dominios sin tierra. Dueña de un pueblo ya sin nombre, sin gente, sin vida; que ha visto como sus últimas décadas de existencia eran una lenta agonía que ponía en manifiesto su triste anacronía. Y el viento levanta remolinos de hojarasca amarilla ante el visitante extranjero, que vaga sin memoria por un pueblo que tiempo atrás había sido de su abuelo y ahora no es más que un esqueleto inerte que se descompone ante la alfombra de líquenes, musgo y zarzas que devoran las casas a su paso. Mientras el olvido corrompe el silencio y el óxido despedaza los hierros como termitas en las pocas vigas de madera que se sostienen todavía en pie.

El silencio se abre paso entre la soledad de la noche. Y el visitante ajeno observa el pueblo sin nombre mientras la ausencia le taladra desde las puertas entreabiertas que se resisten a perecer ante el viento pirenaico que asola con su soledad las noches de invierno y las tórridas tardes de agosto. Mientras los valles prosiguen su pesado y lento ritmo de vida geológico y el río del fondo de la garganta serpentea resquebrajando las laderas con su fría mortaja alpina; lengua de hielo, caricia de sol; bajo un manto de bruma constante que recubre todas las noches el valle al caer el sol.

El silencio se abre paso entre la soledad de la noche. Las casas del pueblo se levantan inertes. El visitante que no forma parte del paisaje rompe con su presencia el hechizo de ausencias que pervive día a día en el pueblo sin vida, sin gente, sin nombre, desde hace más de una década; cuando se dio definitiva cuenta de que era un mero anacronismo dispuesto a desaparecer para siempre entre la constancia del tiempo. Y entre remolinos de hojarasca amarilla que levanta el viento que desciende las laderas de los Pirineos, el visitante foráneo, extranjero, ajeno, observa impasible al olvido la casa que una vez fue de su abuelo. Ahora vacía, ahora olvidada, ahora inundada por la soledad de un anacronismo viviente hasta que el último habitante del pueblo cayó muerto.

El silencio se abre paso entre la soledad de la noche. Y el visitante permanece quieto. Como las montañas. Como los valles. Como el río. Como el viento. Como la soledad del silencio que se abre paso en la noche en un pueblo que no recuerda ni su propio nombre ahora ya perdido en el tiempo.

Y el visitante permanece.

Y la soledad de este cementerio se pierde entre los remolinos de hojarasca amarilla que vuelan en silencio.

* * *

El silencio se abre paso entre la soledad de la noche. La luz de la luna levanta sombras cristalizadas pues hace horas que el sol abandonó estas laderas debido a la altitud alpina. Y el visitante ya no es visitante porque ha comenzado el camino de regreso mientras serpentea los valles como el río encajonado al fondo de las montañas guiando el sendero. Camina en silencio aferrando el tiempo entre sus dedos. Recordando el esqueleto sin vida de un pueblo sin nombre que una vez fue de su abuelo.

Y atrás quedan las campanas que repiquetean en silencio y las casas vacías con sus puertas entreabiertas que son devoradas poco a poco por las zarzas, por las hiedras, por el óxido, por el viento; por remolinos de hojarasca amarilla que cubren con su manto los líquenes que devoran los recuerdos.

Y atrás queda el anacronismo de un pueblo sin vida, sin gente, sin nombre.

* * *

El silencio se abre paso entre la soledad de la noche.
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La ciudad de los malditos

El sonido martilleante y repetetitivo de las teclas golpeadas por los dedos se filtra por la rendija que deja la ventana entreabierta y se confunden con la sangrante lluvia que hace languidecer la ciudad maldita en cortinas de supurantes lamentos.

Es noche cerrada y la densa negrura teje un tupido velo que oculta el bosque de luces que caracteriza a la solemne nocturnidad diaria del parapeto infundado sobre el que se sostiene la llamada sociedad.

Mientras el viento se arremolina en abruptos giros inconscientes, el cielo escarlata secreta su dolor en forma de fulgurantes truenos y atronadores relámpagos que tiñen de fantasmales siluetas las sombras que se yerguen orgullosas en el camposanto que es la vida en las urbes.

Escuece, escuece la noche en las gargantas degolladas por litros y litros de sangre bombeada a diario al ritmo intermitente que marcan los incongruentes horarios que limitan la jornada a meros trámites burocráticos con los que obtener un pedazo de pan al son de títeres manejados por manos invisibles nunca vistas por las miserables almas que sostienen el mundo.

Las televisiones escupen toneladas y toneladas de ligeros paquetes de masticable información con una amplia gama de sabores a gusto del consumidor, y los periódicos martillean las moldeadas mentes con titulares segregadores con los que aderezar los descansos de media mañana que se filtran por las rendijas de ese presente que disfrutamos describiéndola como vida.

Los libros ya no son portadores de almas, sino meros repartidores a domicilio de ideas precocinadas para mantener una hegemonía dominante sostenida sobre monumentales recuerdos al pasado y rebosantes fosas consagradas al olvido.

Y entre lágrima en el campo y lágrima en el mar, el pueblo se olvida de quien era y solo tiene en mente que ahora todos ellos se llaman ciudad; el progreso dicen, aunque los estómagos vacíos y las hipotecas sin pagar siguen señalando como culpables a meros elementos en los que un día se vieron reflejados como un igual.

Dejando de lado que quienes martillean las teclas y marcan los calendarios no son otros que los que siempre han mandado y reordenado el mundo a su antojo.


* * *


Es noche cerrada y la densa negrura teje un tupido velo sobre el bosque de sombras nocturnas conocida como sociedad.

Aunque a veces, si prestas mucha atención, se escucha el martilleante y repetitivo sonido de las teclas al ser golpeadas por supurantes dedos (ya sean del narrador o del patrón), mientras la desesperante lluvia se descompone en afiladas cuchillas de sangre que hacen languidecer las miserables almas que habitan en esta sucia vida.
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Estoy enamorado de una choni

Esa bandana al viento
atando el moño o resaltando su pelo suelto,
el piercing rojo en la lengua guiñándote un ojo
y el septum puesto mordiéndote las ganas de un beso.

Pateando el barrio con un piti en la mano
manejas el cotarro ondulando como el larios,
encima de la tarima bailando abajo y arriba,
perrea como una fiera mientras ella sola se libera.

Ya quisiera yo ser ese filtro en el que se marcan tus labios,
escribirte poemas mientras pasas de largo,
y el mundo gira como giran tus aros,
eres la reina sentada en tu pupitre de medio lado.

Tu culo en movimiento sintiendo el momento,
las discoteca entera al ritmo de tu cuerpo,
me rompes en un instante cuando en tu mirada me pierdo,
y esa línea negra que resalta la pasión que me quema por dentro.

Te defiendes en la vida como puedes y te han dejado,
si sales adelante es porque tú sola te lo has buscado,
y yo solo puedo sentirme suertudo y contento
por estar enamorao´ d´esa choni que rompe todos los esquemas impuestos.
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