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Asedio

En esta ignota y esquiva vida lasciva
soy la nota agónica que desafina
y mi son ya no trina, pájaro en vitrina
insonorizada, jaula de soledad silenciosa.

Saciada el hambre me persigue la sed
y bebo del agua emponzoñada de la victoria
de quien vence a un ser sólo para ser,
de quien sólo conoce tristeza como gloria.

De quien se diría
que ansía
muchedumbre enfurecida
sólo para encontrar
el sentimiento de perder la vida;

Porque prefiere morir rápido
que vivir lento
en cuerpo
ya muerto...

El compás más doloroso es el del corazón cuando ya no hay nada que amar
y el morir más hermoso es luchando para que no lo haga nadie más.
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Incorpóreo

Poseo el deseo intangible,
pertenezco a la ausencia que me abraza;
el vacío es mío, límpido frente a la mentira que amenaza
y el todo... ¡el todo es un sucio asesino de lo insignificante!
y es por ello que lo temo, temo que venga a visitarme...
mas nadie piensa en migrar al invierno
cuando el resplandor dorado acaricia su carne,
cuando el verano se cierne balanceante en el aire...
y últimamente creo que ya la escarcha
ocupa más que yo en mi cuerpo.
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1comentarios 40 lecturas versoclasico karma: 29

Dudas y creencas

No prosigas con tu andar de peregrino,
pues no hay dios, sino tirano en tu camino,
devoto de una jamás presenciada sombra,
la divinidad no apacigua al que llora,
las creencias suelen llegar a deshora
y ya cuando reposes en nicho mortecino,

cuando la hoguera arda y arrase las llanuras
del paisaje que revistió tu hermosura
de juventud lozana e ignorante de cordura,
serás testigo de la inhóspita sepultura

conferida por el tiempo a tu ingenuidad;
y cuando brame embravecida la mar
y entre oleajes te veas sometido
a cargar con el injusto castigo
dado por el mero hecho de haber vivido
y seas náufrago del destino,

ahí será cuando este poema sucio de verdades
y herido por malos compases
llegue a tu mente e implante la creencia
de que debes dudar hasta de la propia existencia.
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Campo de rosas

Ansío hallar un remanso
sobre el que puedan placer mis sueños cansados,
ansío un espejismo,
un oasis lejos de sismos
que imite aquél campo de rosas que un día vimos.
Mi perecer parece ígneo,
quémense con él flores,
y yo me alzo con vértigo
sobre sus tallos desprovistos de fragantes olores.
Mas siempre tras el incendio
quedan cenizas y brasas
y sobre los cementerios
nichos reposan, cuerpos descansan;
campo de marchitas rosas
¡es tanta tu belleza pasada!
Que aún con cada pisada
se me presentan con vida muerta,
que no con muerte en vida,
de tus sueños coloridas formas,
distantes de ser del ayer tus sombras,
¡campo de rosas marchitas,
cuánta remembranza en ti se respira!
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La invitación de la serpiente

Cenizas del fuego hurtadas,
consumidas las brasas
que en la hoguera danzaban,
ondulantes y ardientes llamas.

La tendida mano del Inframundo
disipándose entre el humo,
no fui yo de ella cómplice,
sino súbdita sin nombre.

Yo vi en su ofrecimiento gentileza,
una invitación a nuevas bellezas,
pues la vida infame me era
sin tener su lumbre de compañera.

Y con los sentidos ciegos
a tientas repté hasta la luz tibia;
arrastrando entre llantos mi miseria
pude arribar a acariciar el fuego.

Su esplendorosa mudez
me asombró en el momento aquel
en que llegó a acariciar mi piel.

Y sin embargo fue su intento fútil,
imposible fue para el áspid
emponzoñar al cuerpo inerte
(nada más que mero recipiente)
de quien hace tiempo que ya vivió su muerte.
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La herida del alma

Bajo la estrecha vigilancia
de una luna sombría
no hay sueño que nazca
de mi continua vigilia.

Bajo el peso de mis cadenas
mis pies y manos ensanchan
el dolor y la pena
de esta incesante condena.

El miedo es mi cazador
y cuando sobre mí se abalanza
(por manos garras)
se desangran mis recuerdos.

Es la herida del alma
ese desigual tajo
no abierto, que sin embargo,
al roce del aire se infecta.

¿Qué valiosos tesoros
me esperan en la isla
del mar de mis ojos
cuando las lágrimas me asfixian?

Y callan mis gritos
el malsano antojo
del silencio
de ansiar ser eterno
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Papel en blanco

En mares intensos
de agua templada;
no se oyen mis gritos
en la orilla más cercana.

Pesadumbre mía,
cargada a mis espaldas,
que sueñas con el día
en que alcances tierras santas:

¿No te duele la melancolía
cuando la noche es infinita?
¿Qué hay de tu agonía
cuando todas las flores se marchitan?

La espuma de las olas
acaricia mi cabello
y ya no se demora
en empapar mis sueños.

Sueños mojados
son todo lo que me queda,
y ya sobre el papel en blanco
no arden mis estrellas.
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