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Una medida de alegría siempre transitoria

Quizá la espera no haya merecido la pena
pero, créeme: no me importa decepcionarte.
Tuve que partir, viajar alrededor
y darme cuenta de que nada importaba,
sólo tu presencia y mi esclavitud.
Aquella que daba un sentido a mi existencia.

Y tantas veces he vomitado bilis contra ti,
tantas noches desnudo en mi habitación.
Sin dejar de sudar, meditando
acerca del oscuro sentido del deseo
que raramente se confunde con felicidad.

Tu existencia era la promesa de tantas cosas
que, al final, se tuvo que imponer el dolor.
Las cuerdas que ataban mis manos
dejaron de sentir el deseo de tocarte.
La nada, habilidosa, imperó en mi mente
y, ahora mismo, suenan en mi cabeza
sirenas anunciando el ataque nuclear
de una superpotencia extranjera.

Me han prometido que destruirán
todos los lugares en los que solía esperarte.
Horas y horas, tiempo perdido
entre breves mensajes que me proporcionaban
una medida de alegría siempre transitoria.
Porque nunca conseguí sentirme
saciado con tus mentiras y tus promesas
indefectiblemente siempre incumplidas.

Y ahora escribo las palabras
que vienen a darme muerte,
y me pregunto si esta vez también
tu objetivo será otra vez el mismo,
el que me ha torturado en los últimos tres años.
Tener tan cerca tu presencia y nunca tenerte.
Mentirme, descifrando tus jeroglíficos
con el único objetivo de obtener
la respuesta equivocada,
aquella en la que al final te encontrabas tú.
Y dejabas de ser un fantasma
para convertirte en la diosa
de todos mis silencios.
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Notas a pie de página (7)

Intentar encontrar la solución al enigma
es tan inútil como respirar bajo el agua.
Y no hay en la novela de mi vida notas a pie de página
Nada que pueda explicar por qué hago lo que hago.

Acontece entonces la absurda idea de convertir mi vida en literatura,
sólo porque así tal vez pueda añadir un epílogo a mí historia
ese final feliz donde todo cobra sentido
y termina lo que hasta ahora nunca tuvo fin.
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Banda sonora de un nuevo universo

Contigo empezó la vida y conmigo desaparecerá.
Entre medias, sólo siento el hambre y el despertar
de literaturas muertas que nunca deberían haber resucitado.

Quemaré todos los libros que no me dé tiempo a leer,
así no tendré la necesidad de inventármelos
y arderán en un fuego tan intenso
que podrá ser contemplado desde el espacio.

Si lo sigues podrás encontrarme sentado, esperándote.
Así será en todas y cada una de mis reencarnaciones.
Lo sentiré cada vez que te acerques
y ya no necesitaré mis gafas para ver tu sonrisa.

Y el cielo desaparecerá entre las nubes.
No me importará, no te preocupes:
No necesitaré primaveras si estás a mi lado.

Y, si no apareces,
me extinguiré entre las llamas.
Convirtiéndolas en un huracán
que volará hasta la luna
convirtiéndola en una estrella,
otra más,
que se consumirá eternamente
entre las llamas de tu ausencia.

El fuego recorrerá la tierra hasta encontrarte
Y, entonces, sólo entonces, desharé lo hecho
y me daré siete días para construir un mundo perfecto
donde me cantes cada día las canciones
que hicieron que me enamorase de ti.

Las mismas que soñaron aquella Nochevieja,
la primera que pasamos junta,
y permitieron que nos comunicáramos
desde lugares tan distantes.

Sí, soy fuego, esa es mi naturaleza
y, si tu eres agua, seremos cenizas y barro,
polvo de estrellas, arenas movedizas
que engullirán esta realidad tan horriblemente decorada
y, con ella, la envidia y la tristeza,
el dinero y el odio.

Me hundiré en tu océano.
En un mundo que siempre estará húmedo.
Donde nuestros gemidos serán
La banda sonora de un nuevo universo
donde el sonido viajará a la velocidad de la luz.

Y, las noches, no serán más que castillos
que defenderán tus sonrisas perdidas,
iluminadas por el arder eterno
que sólo nosotros seremos capaces de contemplar.
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Notas a pie de página (6)

Estoy en esa fase,
la de volver a tumbarme contigo
sin sentir la necesidad
de volver a pelearme conmigo.
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Notas a pie de página (5)

Las nubes fabrican hielo
y, entre todo este granizo,
es imposible encontrarte.
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Notas a pie de página (4)

[4]
Mi enfermedad consiste en intentar salir a la superficie,
en un mar cubierto de rocas que flotan a mi alrededor,
se cruzan en mi camino y arañan mi piel
recordándome que fui yo quien decidió tirarse al agua.
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Tiempos convulsos

Escribir ha dejado de ser un arma para convertirse en un medio
a través del cual admitir la derrota o salir victorioso
de una batalla que empezó hace ya demasiado tiempo.

Lugares que abandoné, gente que conocí,
ese círculo vicioso del que nunca escapamos
sumidos en un aburrimiento mortal
que hace que todo deje de importarnos.
Porque descubrimos que, al final, la vida sólo era esto:
Un conjunto de productos químicos que consumir y conjugar
hasta llegar al punto que llamamos equilibrio.

Un vaivén entre la felicidad y el dolor,
te enganchas a uno de los dos sólo porque tienes miedo al otro.
Y los años perdidos, las ocasiones desperdiciadas
te llevan a pensar que sólo has perdido el tiempo
que, si pudieras volver atrás lo harías de otra manera,
evitándote así tantas humillaciones y decepciones
que en realidad ya no importan pero siguen ahí
porque el tiempo es caprichoso
y pasa tan rápido que parece que hubieran sucedido ayer.

Sientes entonces que los demás han sabido vivir mejor que tú.
No sé si porque de verdad tienen las respuestas
o porque se han repetido tantas veces las que les han dado
que han terminado por creérselas.

Y me siento como un espía al que han destinado a un lugar extraño,
un actor que interpreta su papel, preparándolo de un modo
que los demás nunca lleguen a conocer sus verdaderos sentimientos.

Y, si la vida es sólo eso, adaptarse por inercia,
yo te juro que cogeré todos mis libros y me largaré muy lejos.
Me meteré en una cueva y escribiré mis versos hasta que no quede pared
o aparezca la muerte en el preciso instante,
en mitad de aquel verso que iba a ser, por fin, revelador.

Y me marcharé con ella sin resistirme, agradecido,
por haberme evitado una nueva mentira,
una nueva decepción.

Y tú pareces ida, y en tu silencio yo te grito que te quiero,
tanto o más que a mí mismo por más que te moleste.
Y dirás que eso que es fácil porque yo no me quiero demasiado.
Y no te quitaré la razón pero este es el lugar al que pertenezco
y no pienso abandonarlo aunque a veces me agoten
las ganas de que sea él el que me abandone a mí.

Y vuelvo a buscarme en mundos paralelos,
donde el placer y el dolor se pierden entre la niebla.
Y me fascinas con una sonrisa que provoca una guerra en mi interior.
Me deprime y me da una razón para levantarme cada mañana:
hacer equilibrismos en el vacío hasta encontrar las palabras exactas
que hagan que te quedes porque aquí puedes reírte de verdad. Como antes
cuando hasta en el humo encontrábamos una razón para ser felices juntos.

Y ahora que sentimos la necesidad de escapar
buscamos dobles sentidos en cada frase que decimos.
Buscamos un guiño, o una esperanza o sólo una puta fantasía
que nos sirva para dormir y levantarnos con la sensación de haber descansado.

Que no te has pasado la noche en vela intentando descubrir una nueva mentira.
Que podemos aguantarnos la mirada y conocer y aceptar todos nuestros secretos.
Que se abra el telón y ya nunca más sea capaz de esconderme.
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Notas a pie de página (3)

Te escribo esta carta no para que la entiendas,
sino para explicarte que a mí
también me resulta muy complicado comunicarme conmigo.
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Notas a pie de página (2)

No es más que otra imagen,
una de tantas,
de las que hacen que me tambalee
planteándome la eterna pregunta de quién soy
y qué es lo que queda de mí
después de tantos lugares abandonados
y nuevos comienzos.
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Notas a pie de página (1)

Cansado y aturdido,
te espero en silencio,
como un insecto atrapado
en un mar de cera.

Moviendo sus patas,
sin encontrar nada
a lo que aferrarse.

Fue más fuerte en él
la necesidad de volar hacia la luz
que el instinto de supervivencia.

Y se quedará ahí, atrapado,
sin posibilidad de escape,
convertido en una estatua.


Hasta que algún día
la lumbre vuelva a encenderse
y toda la cera se derrita.
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Tormentas de agosto

Aurora poseía la belleza
de una estrella del Hollywood clásico
pero aquella esquina en la que trabajaba
le desposeía de todo el glamour.
A veces, echaba la vista atrás,
y, preguntándose la razón
que le había llevado a ese lugar,
sólo encontraba una:
el silencio.

El silencio de cuando era una niña,
temerosa de como su padre pudiera reaccionar
porque sabía que cualquier comentario suyo
podía ser interpretado como un desafío
y seguido de un castigo en el menor de los casos
y, en el mayor, de una paliza.

Era esa y no otra la razón
de que fuera tan buena estudiante
porque dentro de los libros,
dialogando con los fantasmas que habitaban el desván,
podía escuchar sólo sus manidos sueños
y no los gritos de eternas discusiones.

Muchas veces soñó que llegaban las tormentas de agosto
y se llevaban consigo aquella casa con el resto de sus habitantes.
Dejando tras de sí un mundo en blanco
que ella pudiera pintar todas las cosas y los colores que quisiera.

Podría pintar un corazón y, sobre él, un hombre que realmente la quisiera
pero tuvo la desgracia de provocar otro sentimiento en los hombres,
el que proviene de sus más bajos instintos
y del que fue por primera vez consciente en las clases de catequesis
tras las que el párroco, aquel al que todos consideraban un santo varón,
le invitaba a quedarse un poco más para profundizar en su fe,
la que habitaba bajo su ropa interior,
tiñendo de sangre los bajos del vestido de su comunión.

También aquella historia se quedó en el silencio,
pues siempre supo que sus padres le habrían culpado a ella,
como le culparían hoy de los moratones provocados
por tantos borrachos en tantas malas noches
o de todas las veces que,
para volver a aquel mundo en blanco,
había atravesado su piel con la aguja.

Y, entonces, las tormentas de agosto
se llevaban también todos los recuerdos
de aquella esquina
a la que inevitablemente debería volver al día siguiente
para cobrar por sentir en su piel el asqueroso sudor del deseo.

Ganar unos pocos billetes con los que poder pagar
un nuevo lienzo en el que algún día
pintaría un camino sin retorno.
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Un beso tímido pero interminable

Mi universo es una ecuación,
y tú eres la incógnita.
Estoy prendado de ti
aunque a veces te mienta
y cometa pecados imperdonables,
mas mi amor,
aunque no ha sido siempre sincero,
es puro e incondicional.

Tú y yo caminamos discretamente en el silencio,
imaginando viajes que nunca vamos a hacer.
Viviendo vidas alternas,
grandes proyectos escondidos entre pequeñas cosas
como un te quiero dicho entre susurros,
tu sonrisa cálida desde el otro lado del sofá
o un beso tímido pero interminable cada vez que nos separamos.

Somos esclavos del tiempo,
como lo son el resto de habitantes del universo.
Al menos eso he podido constatar en mil múltiples viajes.
Somos todos seres que giramos alrededor de un sol
que cada día se acerca más a su final.
Somos polillas que saben que se quemarán al acercarse a la luz
pero que no pueden evitarlo
e irremediablemente esperan la destrucción.

Dime qué será de mí cuando los planetas exploten,
uno tras otro en una cadena infinita,
cuando sólo seamos polvo de estrellas.
¿Me seguirás queriendo cuando no quede ya nada de mí?
Y, si es el caso, ¿lo harás porque lo merezco
o sólo por lo bonita que era nuestra imagen en los escaparates.

Es preciso y precioso quererte en el vacío,
atrapado en las incógnitas del universo,
preguntándome cuántos errores serás capaz de personarme.
Si, cuando ya no esté, dejaré un recuerdo dulce o amargo.

Y en mis viajes en el universo,
me pregunto si encontraré
entre todas aquellas ruinas
el camino de vuelta hacia ti.

Y esperando volver,
me pregunto si seguirás ahí
cuando yo esté
donde nada está.

Cuando no puedas besarme,
ni pueda sacudirme de encima
todo el polvo y el cansancio
acumulados en mis viajes.

Y, algún día,
sentados,
observando el horizonte,
en alguna playa,
el día del fin de algún mundo,
entre el sonido de las olas
escucharé tu voz
preguntándome si ha merecido la pena
visitar todos aquellos lugares
en los que sólo encontré dolor.

Y yo, sentaré mi cabeza sobre tus piernas
pidiéndote así que acaricies mi pelo
y descubriré en cada instante de tu voz un trozo de verdad:
un sol que calienta pero no quema,
y una lluvia que junto él alimentará los campos
y volverá a hacer crecer las flores.
El milagro de la vida
que vuelve en pequeñas dosis
para traer una pizca de esperanza.

Y nos veré a los dos, renaciendo,
desnudos,
intactas todas las cicatrices
y defectos de nuestros débiles cuerpos.
Observaré con detalle cómo se conjugan nuestros defectos
para llegar a la conclusión de que no quiero ninguna atadura
excepto la que me une contigo,
porque son las pizcas de amor
de nuestras desbordadas almas
la respuesta a aquella incógnita
capaz de resolver todas las ecuaciones
que desbordan infinitos universos.
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Cualquier lugar

Regresa el verano
este año con un aroma diferente,
el del mar de una playa
que, a mi pesar,
visitaré más que nunca.

No digo que no merezca la pena,
porque lo que te digo,
pequeña galopina,
es que tú ahora estás con nosotros,
que somos una familia
y que estaremos siempre juntos,
que la playa no será lo mismo
sino algo mejor
y todo el salitre del mundo
pegará nuestras pieles
hasta convertirlas en solamente una.

Has venido para dedicarme esa sonrisa pícara
que irremediablemente me desmota,
para pintar en las paredes,
cuando estás enfadada porque tu madre ha salido
o, simplemente, para llamar nuestra atención
y, sobre todo, para volvernos locos tocándolo todo
o inundándonos a preguntas sobre el porqué de todas las cosas.

Eres sincera cuando me abrazas con fuerza,
eres audaz cuando te subes a cualquier lugar,
cuando te encuentro, de repente, sobre la chimenea del tren
o caminando por la parte exterior de las paredes,

Das besos cuando quieres y a quien quieres,
como debe de ser,
y estallas en carcajadas cuando tu madre y yo
te agarramos con fuerza y te besamos sin parar.
Con tus pequeñas manos nos empujas la carita.

De repente, te comes el mundo,
todo lo miras, todo lo manejas,
hablas a gritos con el primero que se pasa por delante
y, otras veces, te hundes en el silencio cuando se dirigen a ti
y te escondes entre nuestras piernas para que no te vean la cara.

Apasionas con esa timidez intermitente,
con ese carácter desafiante que, a veces,
me da ganas de ponerte un sello en la frente
y enviarte de vuelva a la guarde,
aunque sepa, dentro de mí, que es imposible
porque despiertas en mí toda la ternura y amor
del mundo, del espacio, del infinito y todavía más.

Eres asustadiza, te da miedo dormir sola
y lo haces abrazada fuertemente a Pepota
o al conejito de luz
que protege la habitación
de tantas brujas y monstruos
que habitan en tu mente.

Eres un bicho, un gremlin
al que no hay que dar demasiado azúcar sea la hora que sea,
aunque te pases el día pidiendo
un chicle,
un caramelo,
un helado,
unas quelitas,
cualquier tipo de fruta
o cualquier cosa que hayas visto por la calle.
Incluso aunque hayas comido hace cinco minutos.

Y yo me paso el día diciéndote que no,
aunque tu madre me diga que te tengo muy consentida,
porque, a veces, no puedo escapar de tus caprichos,
No lo sabes tú bien, cariño,
te concedería muchos más,
dejaría que me manejes, montes y desmontes como quieras.

Os lo daría todo, mi vida en construcción,
mis letras,
os haría reinas de todos mis mundos imaginados.

Y nunca lo dudes, no tengas miedo,
como aquel día en el hospital,
cuando, al entrar en la habitación en la que iban a ingresarte.
le gritaste a tu madre que nos íbamos a ir.

Sólo quiero decirte que no cuentes con ello,
porque te hemos prometido y comprometido
a ser una familia y a estar contigo.

A que cualquier lugar en el que nos encontremos los tres sea nuestro hogar.
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Noche sin sueño de luna creciente

La sensación de no merecer me persigue
en esta noche sin sueño de luna creciente
en la que todos a la vez os aparecéis
en todos los rincones
para convencerme
de que sí hay una luz
al final del túnel.

Y yo, ni me lo creo,
ni me lo dejo de creer.
Prometo luchar a veces
y otras suelto una diatriba
sobre las ventajas de quedarme aquí,
quieto,
en concordancia con la línea
de la compasión y la destrucción.

Y eso es lo que estoy haciendo aquí,
en esta habitación de hotel.
Rodeado de pastillas,
Valorando la necesidad de llegar al fin de la noche
y cuestionándome la posibilidad
de quitarme de encima toda esta suciedad
que tanto contrasta con pulcritud y la impersonalidad
de estos muebles que me rodean.

Me gustaría gritar,
romper en mil pedazos los espejos,
todos los cristales de esta habitación,
sólo para evitar ese reflejo
donde me miro y veo algo muy distinto
a la persona que siempre me hubiera gustado ser.

Y sopeso la posibilidad de no salir nunca de aquí,
de no volver a ver de nuevo un amanecer.
Y fumo un cigarrillo tras otro
pensando en lo cerca y lo lejos que estáis
y lo poco que os dejo verme realmente.

Y pienso no merecer saber
que me recibiríais con los brazos abiertos,
porque por más que lo intente
no consigo explicároslo
nunca entenderéis que no soy más que la sombra de una mentira,
que hay pecados que llevo tatuados en tinta invisible,
pegados a mi piel,
ocultos para vosotros
que no tenéis presente el dolor
que sufrí al profanar mi piel con aquellas agujas,
ni que ahora me paraliza la vergüenza de mi desnudez
y el alcance del daño provocado.

Dónde estoy,
muy lejos de mí,
dentro del espejo,
como Alicia en el país de los desquiciados,
junto a ese conejo
que me susurra al oído
que si pude seguir el camino para llegar aquí
debería poder recordar también el de vuelta.

Quizá tomándome todas estas pastillas de golpe
lo pueda encontrar.

Pero algo ocurre o ya ocurría,
de repente, el humo del tabaco,
que cubre ya toda esta habitación
se va tiñendo con los rayos de sol
que entran entre las rendijas de las persianas.

Y, por fin, abro todas las ventanas,
dejo que salga todo el veneno
y decido, otra vez, intentarlo un nuevo día.

Y, desde el último piso de este gran hotel,
Imagino que puedo volar
y vosotras hacerlo conmigo.
Volar hacia delante, hacia un futuro
que, aunque sea incierto,
sigue siendo futuro al fin y al cabo.
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La última fila

Mi padre era alcohólico,
casi siempre estaba ausente.
Excepto cuando nos dedicaba
temerosas muestras de cariño
o excesivas de violencia.

Mi madre se enamoró de él
y se casó muy ilusionada.
Nunca más estaría sola, pensó
hasta que,
diazepam tras diazepam,
olvidó aquel desvarío
dedicando sus pocos momentos de lucidez
a llorar agarrada a los barrotes
del cabezal de la cama.

Los recuerdos felices de mi niñez
siempre acababan de forma terrible.
Era el niño que se sentaba en la última fila
y vivía feliz en su mundo.

Pero siempre había alguien dispuesto a sacarme de él.

En casa o fuera de ella.

Y con el tiempo aprendí, observando a los animales que me rodeaban
que uno sólo puede llegar a realizarse revolcándose en el dolor ajeno.

Nunca saqué muy buenas notas
pero acabé el instituto
entre el humo de la marihuana y
las canciones de los Smiths.

Escribiendo mis propios poemas sobre la mesa.

Un día mi profesora leyó uno de ellos
y vi, por primera aquella mirada.

La que significaba que detrás de aquel chico triste y solitario
se escondía alguien capaz de ser deseado,
porque la intensidad de mis pensamientos
rozaba la enfermedad mental al tiempo
que atraía los gemidos de placer más profundos.

Aquellos que siempre había escuchado en mi mente,
los que van a mezclarse ahora con tu dolor.

Esta noche tu vida acabará, con ella tus anhelos,
Las buenas notas que hacían sentir a tu padre orgullosa,
las vacaciones de verano en una bonita casa en la playa,
todos aquellos novios de una noche a los que te entregabas
como una guarra, sólo suplicando el afecto que te faltaba
y alimentando la sensación de ser deseada que te perdía.

Esta noche la sentirás, yo me encargaré de ello.
Viajaremos al fondo de mi subconsciente
para hacer realidad por fin mis deseos más ocultos.

Siempre te acercaste a mí por considerarme inofensivo,
razón por la que me contaste todos tus secretos.

Hoy seré yo quien te cuente los míos.
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Un gran porvenir

Mi madre se casó muy ilusionada.
Todas las mujeres consideraban
que mi padre era un hombre bastante guapo
con un gran porvenir.
Pero, lo que más le importaba a ella,
era toda la retahíla de atenciones que le dispensaba.
Con él nunca estaría sola.

Pasaron los años, entre medias yo nací,
mi padre pasaba cada vez menos tiempo en casa.
Normalmente no salía del bar hasta que el camarero,
cada día de manera un poco menos educada,
le instaba a hacerlo aunque no quisiera.

Echaba la culpa de todos sus problemas a la crisis industrial
pero yo podía sentir la vergüenza que sentía
las pocas veces que se animaba a dedicarme temerosas muestras de cariño
para compensar el color gris de nuestras paredes.

Después empezaron las explosiones de violencia,
y lo que debió ser una niñez plena de recuerdos felices
se vio alterado por el llanto de una madre,
que diazepam tras diazepam, había olvidado sus desvaríos
aferrándose a los barrotes del cabezal de la cama.

Miraba a los otros niños desde un pupitre de la última fila.
La profesora me miraba con desprecio desde la pizarra.
Mis compañeros siempre se percataban de mi presencia
cuando necesitaban alguien con quien meterse
y no para jugar al fútbol,
escogiéndome siempre al final, de mala gana,
cuando había que organizar los equipos para un partido.

En fin, sólo me hallaba feliz dentro de mi mundo,
cuando imaginaba que tenía alas y podía volar
o una espada con la que cortar las cabezas de todos mis enemigos.

Aquellas imágenes me acompañaron desde que tengo memoria,
fueron ellas y la literatura los únicos lugares en que me sentí importante,
pero siempre estaba ahí la realidad dispuesta a sacarme de mis ensoñaciones.

Y con el tiempo aprendí, observando a los animales que me rodeaban
que uno sólo puede llegar a realizarse revolcándose en el dolor ajeno.

En el instituto me reinventé, era aquel chico triste y solitario
que se había comprado una chaqueta negra
con la palabra odio escrita en la espalda.
Yo me regodeaba en mi interior,
cada vez más, gracias al dulce humo de la marihuana
y a aquella música que potenciaba mis sueños
que, día tras día, se teñían color rojo, odio y rencor.

Nadie se preocupó nunca de los secretos
que se ocultaban detrás de mi mirada
hasta que llegaste tú,
preguntándome por aquellos poemas
que escribía en aquella libreta negra.

Te gustaban aunque nunca llegaras a comprenderlos del todo,
te parecían crueles y cercanos al trastorno mental
y siempre me regañabas por su oscuridad.

Tú, una persona cuya única preocupación en su niñez
fue la de crecer y ser feliz.

Me consideraste el amigo inofensivo
al que podías contar todos tus secretos.
Y, poco a poco, te dejé entrar en los míos
protagonizar las primeras fantasías
con las que me masturbaba,
donde mi placer se mezclaba con tu dolor.

Y es por eso que ahora te escribo esta carta
mientras estás tirada en alguna parte de ese bosque
donde lo único vivo son los insectos que devorarán tu carne.

Se acabaron las buenas notas
y los ánimos que te dedicaban tus padres,
tan falsamente amables conmigo y tan orgullosos de ti.

Se acabaron las vacaciones de verano,
tus historias acerca de todos aquellos tíos
a los que te entregabas
sólo por sentirte deseada.

Se acabó la universidad,
formar una familia,
trabajar como abogada defendiendo causas perdidas,
tantos y tantos viajes que tenías planeados.

Adiós a un gran porvenir que siempre todos te vaticinaron.

Esta noche hemos viajado al fondo de mi subconsciente
y, gracias a ti, he podido realizar mis deseos más ocultos.

Durante tantos años, he sido yo el guardián de tus secretos.

Por eso te lo debía, esto: ser la silenciosa guardiana de los míos.
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Cicatrices

He pintado las farolas con los claroscuros del final del verano
y, enfrentado a ese cruce de caminos me detengo,
sin saber muy bien qué dirección he de tomar.

Son infinitos los recovecos en el corazón del miedo,
igual que las cicatrices que provocan sin remedio
en ese abismo profundo en el que habitan nuestros recuerdos.

El cerebro se llena de sangre y bilis,
me duele la cabeza
intentando recordar o recordando demasiado,
hasta que salgo de mí mismo
para tumbarme sobre la hierba,
alargar el brazo e imaginar
que puedo tocar las hojas de los árboles.

Observar como crecen las flores que algún día alguien arrancará
mientras todos aquellos niños, ajenos a la tragecia, juegan en los columpios
y yo sueño con convertirme en su guardián, el guardián del parque.
La persona que, cuando uno de ellos se caiga o se dé un golpe.
está ahí para recogerlos del suelo y recordarles que las heridas se curan.

Tú trajiste contigo ya tus propias cicatrices
Y yo, siendo tu guardián,
sé por experiencia que siempre estarán ahí.

Y tengo que protegerte sin confesarte
que no sé cómo hacerlo,
porque ya estaba perdido mucho antes de que llegaras.

Y me dicen que, para poder cuidarte,
debo aprender a cuidar de mí.
Y, es difícil, porque hasta ahora
nunca me vi en la necesidad de hacerlo,
porque me he perdido en ese bosque encantado
en el que no hay hadas ni duendes
sólo un rencor y una autocompasión
basadas en el falso sentido inmutable de las cosas.

Y, ahora, vuelvo a recordar de nuevo la luz del final del verano
los días largos, las noches eternas y las fiestas de los pueblos.
Esa época que esperas que no termine nunca
al tiempo que sabes que lo va a hacer,
concediéndote la oportunidad de empezar otro año
que dedicar a cicatrizar todas las heridas todavía abiertas.
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Perdido en el corazón del miedo

He pintado las farolas con el color del fin del verano
Y, por un momento, vislumbré un futuro precioso.
Un lugar en el que abandonaba todas las preguntas sin respuesta,
las noches sin dormir, la esperada desesperación
y el silencio tras el muro que me separa de la realidad.

Soñé que saltaba al infinito y una nube paraba mi caída,
y, desde ahí, tampoco era capaz de resolver
todas las respuestas inconclusas que me atormentan,
pero sí podía, sin embargo, dejarme embargar
por toda aquella belleza y llorar hasta quedar exhausto
expulsar de mí todos los sucios caminos de mi historia.

Pensé entonces que llegaría el día en que podríamos comunicarnos
tú podrías preguntar sobre la complejidad de mi interior
y yo contestarte de una manera inteligible.
Pero estoy perdido en el corazón del miedo
y, cuando intentas ayudarme a buscar una salida
siento la gratitud de un animal herido y acorralado,
paralizado, que no sabe cómo luchar,
ni siquiera si le queda una última esperanza.

Pero, de repente, me acerco a ti, me tumbo
dejo que me toques, que acaricies mi cabello
y entiendo entonces que las bestias que me acorralaban
sólo están en mi interior y se alimentan de mis recuerdos.

Y, te digo, que si no me veo capaz de afrontarlas
no es por el miedo que ellas me producen
sino porque siempre han estado ahí acompañándome
haciéndome saber que nada ni nadie nunca podría hacerme más daño
y así siempre tendría un lugar en mi interior en el que refugiarme
donde, por muy mal que me fueran las cosas,
no podrían provocarme más dolor del que ya sentía.

Y, ahora que apuntan a mí todos los focos,
que siento que el miedo en los demás
no es el miedo a que les haga daño
sino a que me lo haga a mí,

Quizá ha llegado el momento de dar un paso adelante
y se impone a todo un miedo mayor y una pregunta sin respuesta,
pues, si me animo a avanzar ¿qué quedará de mí?
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Banda sonora para campos de concentración

Despertamos de madrugada llenos de arena.
Y, después, desperté en un charco de sudor.
Hacía un día perfecto para algunos
e insoportable para otros como yo.

Tumbado en la cama sudaba queroseno
y las manchas de nicotina del techo me recordaban tu ausencia.
Que se habían acabado las vanas discusiones
en las que nos empeñábamos en no entendernos,
nuestra colección de sueños rotos
y tu mal humor al despertar.
Aquel que fue tristeza esta noche en la playa
cuando me dijiste que te marchabas a Inglaterra.

Simplemente me entregué al alcohol
y, después de recordarte toda la mañana,
salí a la calle.
Y todas las señales de tráfico estaban torcidas,
cerca de Olmos era imposible caminar sin chocar con algún turista
Estaban más atentos a sus planos y a sus móviles que a mi tristeza.
Y, en las terrazas, había negros que trataban de venderles unas rosas
que se marchitarían más rápido incluso que los sueños de prosperidad
que un mal día les animaron a venirse a España.

No había desayunado, ni probado bocado en todo el día.
Así que decidí sentarme en el Moderno.
Toda mi comida fue un bocadillo de serrano,
unos cien litros de agua para la resaca
y un millón de cigarrillos.
Todo ello amenizado por el tío del acordeón,
maestro de ruidos estridentes
que hubieran sido una perfecta banda sonora para campos de concentración.

Al mirar tu silla me di cuenta de que había un bolso sentado en ella
y pedí un café con leche para no dormirme en tus recuerdos.
Saqué mi libreta del bolsillo para vomitarte versos en ella
y acabé también haciéndolo en el baño del lavabo,
con la mala suerte de que me quedaron restos de ti en los zapatos
en cada una de mis pisadas de vuelta a mi mesa
cuando la tarde empezó a oscurecer.

Permanecí sentado hasta que el camarero decidió no esperar más.
Me trajo la cuenta motu proprio, pero ni de esas era yo capaz de moverme.
Así que tarde un rato en darme por aludido porque, en aquella tesitura
en que me encontraba, caí en la cuenta de que sólo tenía un sitio donde ir.

Se encendieron las luces de las farolas y permanecían abiertas las iglesias,
Esperando que sus fieles acudieran a confesar sus pecados y pedir penitencia
en vez de presumir de ellos colgándolos en Youtube.

Me crucé con un gato negro, pasé debajo de una escalera y rompí un espejo.
Pasee sin rumbo hasta que dieron las siete, justo las siete y cinco cuando
pasé por debajo de tu casa y pensé que era la hora perfecta de perder la compostura.
Tiraría piedras contra tu balcón para destrozar aquellos geranios
a los que siempre había envidiado porque los tratabas con más mimo que a mí.

Pero, para hacerlo, tenía que armarme de valor,
y, para ello, entré en un locutorio,
compré dos botellas de whisky,
y fui a bebérmelas al parque,
como han hecho siempre todos los que
alguna vez han perdido su hogar.
Recuerdo mis órganos deteriorándose
y después de haber perdido la memoria
me encontré vomitando Nueva Delhi en la fuente
que está frente a la estatua de un conquistador.
Hasta que dos policías, amables pero armados,
Se ofrecieron a llevarme a casa.

Pero yo no quería ir a una casa sin ti.
Y les pedí que me llevaran de vuelta al parque,
que me dejaran allí, en cualquier lugar,
enterrado en la hierba,
porque era la hora en la que el cielo terminaba de oscurecer
y las hojas bailaban al son de las ráfagas de viento
que también se llevaría consigo aquella arena,
la que aquella madrugada se me había quedado enmarañada en el pelo.
El material con el que aquella noche se habían construido mis sueños rotos.
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Universos de incomprensión

Te voy a escribir una carta para que no la entiendas.
Te voy a confiar mi salvación para condenarme.
Te voy a tratar mal cuando quieras ayudarme.
Te voy a hablar de las cosas de las que no se puede hablar.

Y es que parece que hubiesen pasado cientos de años o un solo segundo,
desde que la suciedad se apoderó de mí y se quedó conmigo para siempre.

Y, lo he pensado, que es mejor no escribir enfadado,
estándolo solo porque querías ayudarme.
Estoy enfadado porque tengo que decirte que no puedes hacerlo,
con tus palabras no
y,
sin embargo,
estoy convencido de que una muestra tuya de cariño bastaría para salvarme.

La culpa es parte de mí, la parte que no entiendes
La que hace que nos separen universos de incomprensión
a la vez que nos dejamos contaminar por ese sentimiento llamado amor
que todavía hemos sido incapaces de abandonar o comprender.

Dicen que la poesía nació para explicar lo inexplicable
y aún así no conseguiría explicártelo
aunque desgastara en ello las llamas de mis dedos,
tiñera las letras de rojo
y llegara hasta el esqueleto.

Y querría decirte que sólo me separo de ti para mantener un cordón sanitario.
A veces por miedo al rechazo, casi siempre porque no sé
si todo lo que me rodea es tóxico por naturaleza
o sólo por haber entrado en contacto conmigo.

Y subo el volumen del televisor para no escuchar tus palabras
para no sentirme culpable de sentirme culpable, de no sentirme bien
y me enfado,
y te embisto como un toro que se resiste a una muerte anunciada.

Y aunque me sienta solo y tenga miedo
aunque sea incapaz de ver la luz al final del túnel
sé que estás ahí para salvarme,
que siempre vas a venir
y que me vas a querer incondicionalmente.

Y eso me confunde,
porque tal falta de fe resulta irritante.
Cómo te irritan mis discursos,
que unas veces son silencio
y otras jeroglíficos.

Esta noche tuve pesadillas terribles
y tenía que asegurarme de que estabais bien,
y ver como dormíais fue como un milagro.

Yo que siempre me creí indiferente a la palidez de la luna
creo que la echaré de menos el día en que mi cerebro se apague.
Cuando todo deje de estar dentro de mí y por fin consiga escapar.

Mientras tanto anhelo sólo aquel día en el campo.
La niña jugando, cubierta de tierra de principio a fin,
tú la vigilabas y me contabas historias con entusiasmo
de cuando eras joven,
aquellos diecinueve a los que volverías sin dudar.
Y yo, tumbado en aquel banco
te escuchaba con atención,
desearía haberte conocido entonces.
El Sol permanecía agazapado entre las ramas de los árboles.

Sólo sé que en aquel momento mi mente no tenía la necesidad de escapar.
Si pudiera elegir, me quedaría ahí para siempre.
Pero no puedo y, cuando todo está dentro de mí,
no puedo escapar,
sólo fugarme contigo.
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