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Fango, color valentino

Ha llovido sangre,
ayer noche,
y eta mañana ha amanecido
todo
cubierto de sangre.
En las calles, charcos de sangre,
los coches salpican sangre,
las nubes rojas
son heridas en el cielo, sangre.
Te vi pasear,
y la sangre empezó a brotar de tu cuerpo
hasta que, al fin,
ya no quedó nada de él.
Sólo sangre.

¿Cuántos años tienen que pasar
hasta que un cadáver desaparezca?
¿Cuántos más para hacer desaparecer
las ilusiones que alimentamos toda una vida?
¿Cuánto tiempo en la gran ciudad
hasta que dejas de desconfiar del calor de un extraño?

¿Cuánta sangre perderás antes de reconocer el peligro?

Y las lápidas sólo son un recuerdo
de que todos, todos,
estamos condenados a fracasar.
Y nunca fue necesario esperar toda una vida
antes de que esa sangre deje de recorrer
tus venas definitivamente.
Y es tu falta de empeño, nada más,
lo que te lleva a alimentarte
de sustancias que provocarán tu muerte.

Te irás oxidando
hasta que tu piel oxidada,
hasta que tus órganos oxidados,
hasta que todo tu interior oxidado
pierda el brillo
de toda esa sangre.

¿Cuánto tiempo perdisteis adorando a un Dios
que basó su reinado en la corrupción de vuestros cuerpos?
¿Cuándo comprenderás que sólo merece la pena adorar
la santa sangre de las adolescentes vírgenes?

Porque ahí es donde la verdadera vida se esconde:
los planes de futuro sobrecargados,
la ausencia de experiencia y el exceso de esperanza.

Porque es, en definitiva,
cuando la primera gota cae en la tierra sucia
convirtiéndola en fango, color valentino,
ése es el momento en el que tu esencia
se ensucia con los convencionalismo;
tu sangre conoce el alcohol
y nunca más olvida su calor;
y tu cuerpo comienza a oxidarse
para recordarte
como a los emperadores romanos
que sólo eres mortal.
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Bipolaridad

Se oxidan
los días contados,
uno a uno,
en un monólogo interminable,
eternos soliloquios
y discursos gaseosos.

Aprendí el mundo, y después,
aprendí a olvidar lo que aprendí,
sólo para poder tropezar de nuevo
y decidir que no soy yo
sino la vida la que está equivocada.

Días cantados, contados
con la voz de Fernando Alfaro.
Letras que hacen que mi cerebro sangre
hasta purificarme
y volver a ser un niño
que no piensa en los días que han pasado
sino en los que están por venir.

Ya no pienso en mi próximo cumpleaños.
Pienso en los amigos que vinieron en año pasado
y en los pocos años que quedan para que no venga nadie
y en lo poco que esto me hubiera importado
si la culpa no fuera mía y sólo mía.

Porque ayer decidí que hoy me comería al mundo
sin hacerme una idea de lo que pesaría mi cuerpo esta mañana.
Porque hay noches que vuelo más alto de las nubes,
en las que me niego a dar un paso atrás,
y trágicas revelaciones al despertar,
cuando la lluvia entra por la ventana
y no puedo levantarme a cerrarla
y sólo me queda esconderme en los sueños
que no hablan de grandes metas
sólo de soledad y adicciones,
que me invitan a escapar,
salir por la puerta de atrás
dejando abandonadas todas las vidas que imaginé,
muchas de ellas podría haberlas vivido
pero qué más da, para ello tendría que levantarme
y, con todo lo que pesa este desencanto,
empiezo a sentir que no merece la pena.

Porque soy así, Dios y un ser inexistente,
capaz de todo
a ratos brillante, divertido y vitalista.
Qué feliz cuando todos esos proyectos parecen posibles,
qué feliz ahora mismo soñando despierto
totalmente ajeno al mañana
cuando vuelva a tatuarme en la frente
la certeza del fracaso.
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Cenizas(II)

Soñé una vida aquí sentado.
Recuerdos gaseosos,
novelas mutiladas
y canciones que nunca compuse.

Soñé, dibujadas en el humo,
todas esas oportunidades
que no pude aprovechar.
Y ahora se pierden entre mis dedos.

Soñé los versos
Que nunca escribí,
lugares que no visité
y personas que no conocí.

Soñé que soñaste una vida para los dos.
Soñé, soñaba, soñaré
que nunca soñarás conmigo.

Y me atuso el cabello,
del que caen pequeños filamentos blanquecinos
hasta posarse
y tornar indistinguibles de este traje color ceniza
en que se ha convertido mi piel anhelante de vida

Vida que perdí soñando
hasta dividir mi cuerpo en diminutas partículas,
ceniza en los rincones
ansiando en silencio
que, por fin, llegue el día
en que pueda escapar con el viento.
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Sábado noche salvaje

El juego empieza en cinco minutos. Sonará la señal de aviso y todos los aquí presentes pasarán a la acción, ocupando cada uno el lugar que les corresponde. Miro al chico que hay delante de mí, es un crío. Me pregunto si él tiene miedo, porque yo no. Y es que estoy convencido de que cualquier cosa que me pase aquí será mucho menos dolorosa que todo lo que ellos me harán si no les devuelvo lo que les debo. Ahora, es la señal: "Ruleta rusa, hagan sus apuestas".
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Portocolom

Escondida bajo un verano horrible
aquella semana fue un vergel.
Tú y yo en aquella habitación,
cada día bajábamos a la piscina,
habría vendido mi eternidad
sólo por ver tu cuerpo azul bajo el agua
y perderme entre esos ojos, enormes,
que aúnan curiosidad e inocencia.

Sólo me río contigo,
te parecerá una tontería,
pero eres la única persona
que me hace reír con ganas.
Porque con los demás
sólo lo hago para quedar bien,
como si leyera una frase en un guion
que sólo he aceptado por dinero
porque no cuenta nuestra historia.

Todas las noches, nuestra habitación
olía a marihuana y, perdido entre el humo,
a veces soñaba con vivir en el fondo del mar.
Tú conseguías devolverme a tierra,
me contabas historias de otros veranos,
de tu juventud,
antes de nosotros,
cuando no te conocía y,
sin embargo,
ya estaba enamorado de ti.

Nos reíamos tanto,
nos encantaban las travesuras,
deambular por las zonas comunes del hotel
sabiendo que todos los que estaban ahí
sólo eran secundarios porque
aquella semana
había sido escrita para nosotros dos.

Desde niño soñé con vivir en una burbuja bajo el mar,
también quise ser policía y bombero,
escogía cualquier profesión
guiándome por las series que me gustaban.
Ahora, sin embargo, prefiero las tramas simples,
besarte sin motivo, follar en la piscina cuando no hay nadie,
y revisar, una y otra vez, todos los capítulos
de nuestros mejores veranos.

Sólo prométeme una cosa.
Si alguna vez algo nos pasa,
si confundimos el camino
o la muerte se cruza en él,
nunca volveremos solos a aquel hotel,
ni siquiera a aquel lugar.
Porque aquella vez vivimos un sueño
y aquel lugar hoy es una fantasía
que cada día,
tú y yo
hacemos realidad.
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Las cuchillas no cortan la noche

Las cuchillas no cortan la noche,
ni su filo agujereará el cuadro.
No hay en ella lugar donde escapar
ni rincón donde esconderte.

Las estrellas no son agujeros en el cielo,
no se esconde la luz tras este manto negro,
quién pudiera tocar una estrella…
moriría calcinado.

Quienes deambulamos por la oscuridad,
¿sabes?
No vamos a las tiendas abiertas 24 horas
porque se nos haya acabado la sal,
tampoco vamos a encontrar el amor.
Ni tan siquiera un poco de calor sobre el colchón.

Porque de noche sólo somos una esperanza,
para ellos.
Nuestra mente nada más
que otra calle oscura y abandonada
en el corazón de la gran ciudad.

Chinos, hindús, lejos de casa,
esclavizados,
pasan dieciséis horas al día viendo la vida pasar
detrás de una barra,
las otras cuatro o cinco durmiendo
y el resto perdidas.

Algunas de las personas más amables que conozco,
lidiando día sí, día no, con algún borracho de los que no saben beber,
con un par de niñatos dispuestos a sacar alguna navaja.

¿Quién sabe qué pensarían a veces de mí?
De mis ojos rojos y mis pupilas dilatadas,
aquel cliente triste y solitario
que compra caras botellas de alcohol al doble de precio,
chocolatinas, gominolas, papel de fumar,
una botella de aquarius y sopa de sobre.

Aún así sonríen,
como aquella china cerca de la gran vía
que me riñe por dar la, por otro lado cierta, impresión
de no haberme afeitado ni una vez en los últimos seis meses.

Pago con tarjeta,
rezando para que el dinero no se acabe nunca.
Ése que mis padres me envían todos los meses
Aferrándose a la esperanza de que todas mis promesas incumplidas
dejen de serlo alguna vez.

Camino, cojo el metro, me cruzo con todo tipo de gente.
Muchos de ellos te miran esperando que les devuelvas la mirada,
otros amenazan con ella a las chicas más jóvenes.
Siento que quizá los hombres sólo seamos tu creación defectuosa.
Débiles marionetas buscando amor, un poco de compañía,
desde la adolescencia convencidos de que sólo lo conseguiremos
a base de provocaciones, gritos, intimidación y violencia.

Ellos no tienen nada que ver conmigo, pienso.
En realidad,
la oscuridad de la noche,
se vuelve mucho más oscura
cuando cruzo el umbral de mi puerta,
cuando el juicio ya ha sido celebrado
y me he declarado culpable de todos los cargos.

Es entonces,
en la intimidad,
donde la noche
esconde
sus secretos
más terribles.

Y, después, terminada mi crucifixión
vuelvo a salir al exterior sin salir de casa.
Desde la terraza mirando el cielo
para comprobar que apenas quedan estrellas.

Y recuerdo las noches veraniegas en el pueblo
allí podías ver el universo en todo su esplendor.
Pensábamos que sólo estaba ahí por y para nosotros
que podíamos saltar de una estrella a otra
hasta desaparecer.

Cuando las horas cansan
y el cielo es mitad estrellas
mitad amanecer.

Fueron esos cielos rojos,
en un coche sin ventanas,
circulando por la autopista.
Eran los últimos días del verano
cuando comprendí, por primera vez,
el significado de la palabra pérdida.
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Pellizcarnos

La vida no se detuvo,
los árboles recuperaron sus hojas
y crecieron flores de todos los colores.
Caían al suelo abrazadas por el viento.

La primavera pintó sobre todos los caminos,
quedaron cubiertos de pétalos y hojas.

Y allí nos quedamos,
en el centro del universo
y en mitad de ninguna parte.
Ya – por fin- libres.

Porque todas las rutas conocidas
habían desaparecido bajo ese manto floral
y no nos quedaba otra opción
que caminar hacia lo desconocido.

Algunos pensaron que todo era un sueño
y, conscientes de como sienta la realidad,
decidimos que nunca más nos pellizcaríamos.
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Te pensé

Y te pensé,
volviendo a la civilización,
iniciando revoluciones tan solo con tus palabras,
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Cenizas (I)

Convertimos la noche en un incendio,
redujimos a cenizas el mundo a nuestro alrededor,
y, al amanecer, no quedaba nada más.
Sólo nuestros cuerpos,
que seguían ardiendo.
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Manto protector

Mamá,
acompáñame,
no me dejes sola,
el pasillo es tan largo,
tan oscuro el camino
a mi habitación.

No puedo hacerlo sola.
Mamá, por favor,
las sombras ocultan monstruos,
algunos imaginados,
otros inimaginables.

Todos quieren comerse mi carne tierna,
esa que esconde
el dinosaurio de mi pecho.
Me ha prometido
que no dejará que nada atraviese
la suavidad de mi piel.

Pero sé que los monstruos
tienen uñas y dientes afilados,
muchos ojos que miran con maldad.
Sé que te sonríen
antes de morderte
y que estarán ahí,
acechando toda la noche
hasta que el sueño me proteja.

Mamá, duerme conmigo,
quédate conmigo
hasta que amanezca.
Hasta que la luz
derrita sus cuerpos peludos
y desfigure
todavía más
sus horribles rostros.

Sólo quiero que ardan
sólo quiero a mamá
y que vigiles mis sueños.

Mamá, acompáñame,
o mejor,
llévame contigo a tu cama.
Deja que en la oscuridad
pueda sentir el calor
que desprende tu cuerpo.
Que con solo alargar las manitas
pueda tocar tu precioso rostro.
Y sentir tu manto protector
cuando sus ojos brillen en la oscuridad.
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Belmez

Y,
en mis paredes blancas
tu rostro
aparece y desaparece
como las caras de Belmez.

Cada vez más difuminado
por mi perspectiva miope
que confunde tu sonrisa,
antes cálida,
ahora extraña y conspiradora.

Extraño es el tiempo
que confunde
mis recuerdos,
como extraña es la persona
que tú eres ahora.
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Ardiendo (III)

Un virus ha invadido la tierra
y, mientras miles mueren,
yo sólo deseo que vuelvas y me contagies.

Pues no tengo miedo a la muerte,
lo único que temo es darme cuenta,
antes de desaparecer,
de que no conservo nada tuyo.
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Arde (II)

Tú te limitas a no estar.
Yo, trabajo y trabajo.
Construyo un palacio de papel
pero tú nunca quisiste reinar
y las paredes están ardiendo.

Y el Antiguo Orden Mundial
da paso a una nueva sociedad
que anhela el amor perdido
entre las cenizas.

Calcinado,
tumbado sobre las brasas
del infierno de nuestros sentimientos,
frustración y deseos incumplidos.
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Cuchillas (VI)

Y llegas a la conclusión de que estás solo y asustando,
de que nadie va a venir a salvarte.
Sabes que volverán a ocurrir cosas horribles
y sólo tienes tres opciones:
verdugo, víctima o ambas cosas.

Te faltará valor para hacerlo solo.
Te harás cortes en los muslos,
buscando una mínima concentración,
algo que te haga olvidarme.
Pero es tarde ya,

Seres mitológicos nos han santiguado con su bendito esperma.
Tomaron aquella decisión por ti.
Siempre estarás solo y asustando,
pero descuida,
yo estaré siempre por aquí,
dispuesto a tomar el control
y, por mucho que pase,
puedes contar conmigo,
siempre dispuesto a redimirte
cometiendo por ti todos los pecados innombrables
y necesarios para sanar tu alma enferma de horror.
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Cuchillas (V)

Volviendo a tu vida,
a tu dieta de alcohol y medicación,
once cápsulas,
el polvo subiendo por tu nariz,
invadiendo tu cerebro,
otorgándome el control.
Quieres volver a dormirte
pero te da miedo hacerlo.
Pones la música al máximo,
pero es sólo sonido de fondo
cuando yo te grito al oído.
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Ardiendo (I)

Días quietos, futuro incierto;
días largos, pluma inquieta,
días sin ti, noches malgastadas.
Y, mientras,
tu ausencia se cuela entre los huecos de las paredes,
no como, no duermo,
sólo escribo, trabajo y trabajo,
pinto con letras paisajes en blanco y negro,
grises como este cielo de cemento.
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Cuchillas (IV)

Cogí a aquella muñeca,
pasado desesperado en soledad.
Ella tampoco era capaz de controlar sus recuerdos
y me dijo que le gustaba cortarse la piel.
Empezamos el ritual,
los santos lloraban excrementos
y yo acariciaba su cara con aquella cuchilla.
Sabía que Dios no me pondría límites
si conseguía destruir algo tan hermoso.
Entonces, lo tuve claro,
bebí su sangre y nos besamos,
hicimos el amor
hasta que nos explotaron las venas.
Entonces despertaste
y te convenciste a ti mismo
de que nada más había sido un sueño.
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Cuchillas (III)

Duerme, niño, duerme,
yo vigilaré tu sueño,
tomaré el control,
te concederé todo lo que deseas:
sangre, entrañas, polución,
la destrucción de nuevos mundos,
sustituyéndolos por otros en los que el placer no tenga límites.
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Cuchillas (II)

Pasaron los años
y se repitieron aquellas tardes de alcohol y barbitúricos,
demasiado cobarde para continuar despierto,
enganchado al narcótico sabor de la eutanasia,
volviendo a ver esas imágenes una y otra vez,
construyen un cuadro tan atrayente,
que puedes revolcarte en el placer y el dolor simultáneamente.
Pero nada de esto tiene sentido si no hay público
y tú eres demasiado cobarde para pasar a la acción.
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Cuchillas (I)

Eras solamente un niño cuando nací,
cuando ocurrieron todas aquellas cosas terribles
¿Recuerdas?
Esperma y entrañas de animal.
Hombres santos murieron,
víctimas del fanatismo religioso.
Y tú tumbado llorando en el suelo,
frío de azulejos en tu rostro.
Eran el cadáver de tu inocencia.
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