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Mujer vacía

Te encuentro hambrienta,
desdibujada la sonrisa
el cuerpo con candados
y rasgada la puerta de tu vientre,
sobreviviente de una guerra de palabras
que se levantan en las sombras,
a veces muerta en el fondo del mes de marzo
sin embargo un reflejo tenue de tus ojos
indican que todavía vives.

Las cenizas de la tarde caen sobre
las piedras de tus manos,
el reloj marca algún secreto que conservas
en los clavos de tu agonía
y el lamento de hacerte mujer con multitudinarias
pieles sin nombre,
acarician tus obscuras carnes
como rastrillo a la tierra.

Ahora duermes con pedazos de cielos
y el aroma de los ciruelos recuerda tu infancia
en los charcos y techos vespertinos
que cobijaban íntimos placeres.

Las moscas lamen tus heridas de mujer vacía
tus lágrimas bautizan lo poco vulnerable
que yace en lo profundo de tus latidos.

Yaneth Hernández
Venezuela
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Profecía

La luz del Ramayama se desliza
por los pliegues de tus labios bronceados
por el épico respirar de tus pupilas
por el mantra silencioso de tu piel de vino.

El sagrado instante de Rama se entroniza en mis manos
se vierte la luz violeta;
tu voz en sánscrito ora al viento la astral sinfonía de tu alma.
Y te amo, en todos los dialectos y símbolos del mundo,
en la Odisea,
en la belleza,
en el tríptico marmoleado de los días.

Sobre el caudal lunar de una Persia dormida
nace la novena maravilla del cielo llamada TÚ,
llama poética del anhelo cautivo
que es una profecía en la Ilíada de mis sentidos.

Yaneth Hernández
Venezuela
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De Orleans la Doncella (dedicado con admiración a Santa Juana de Arco)

Al trote con su armadura, llegó la aguerrida;
del campo venía, santa e inmaculada.
Guiada por el estandarte del rey, su valentía se sentía;
de Lorena era su cuna y su ejército de su amada Francia.
Convenció al rey Carlos VII de expulsar a los ingleses.
La doncella, que de ángeles se poblaba, al Cielo le decía:
-Señor, Padre, tuya es mi sangre.
-Regocíjate, respondió la voz de las nubes.
La heroína con espada al viento, coronó al rey traidor,
quien por gracia la olvidó en manos de la Inquisición.
La doncella revestida de grandeza ni un suspiro expresó.
La santa francesa, desde la hoguera, cantó:
-¡Mon Dieu, mon Dieu!
Perdónalos; la blasfemia los sentenciará;
de tu trono vuelen mariposas y de tus manos la lluvia;
¡salva mi patria que en tu nombre yo muero!
¡no temas Madre Tierra, mi carne será fuego!
En Ruan sus huesos fueron cenizas.
Por herejía se condenó una sierva de la cruz;
la hipocresía de la Iglesia vejó en el nombre de Dios.
Benedicto XV, resarciendo la memoria de la doncella,
beatificó su aura y la elevó al pedestal
como santa patrona de Francia.
Lauros en el Edén, justicia en el orbe,
de Orleans la doncella, se mece sobre nubecillas.

Yaneth Hernández
Venezuela
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Tus manos

En tus manos de planeta encantado,
nacen sembradíos de largas pasiones
donde escalfadas partículas de caricias
hacen fértil la piel bajo noches de lluvia helada.

Cuando tus dedos por azar se encuentran con mi vientre,
inicia la homilía de la excitación, exorcizando
los demonios que carcomen mis entrañas vírgenes.

La luz de tus manos apaciguan las tinieblas,
son pitonisas en los deseos que se abren en mis carnes
y al llegar la saliva a la punta de mi lengua
el fuego se aviva entre mis muslos
y tus manos que son el timón en mi mar abierto
domina los oleajes que golpean mi cuerpo en rebelión.

Yaneth Hernández
Venezuela
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12comentarios 80 lecturas versolibre karma: 95

Morir en una última noche

No pienso morir en una última noche
en un tranvía llamado necedad;
no es esencial para mi letra, conflictos ni racionalidad.

Cuando escribo sobre una página solitaria
e insustancial parece un espejo de Sylvia Plath
una nebulosa consciencia del poeta en su genialidad.

Las ideas surgen entre lo surreal y la inquietud demencial
trastabillando lo emocional
en un fastidio experimental.

Las palabras se enrollan
en plásticas sogas y sentido de vaguedad;
el escritor es psíquico,
neo nazi con sus miedos atemporales
que no sabe drenar.

El poeta deja huellas que se disipan en el tiempo,
toma una copa con sus sueños
creyendo que morir en la última noche
lo hará imperecedero en la hoguera de su vanidad.

Yaneth Hernández
Venezuela
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8comentarios 79 lecturas versolibre karma: 102

Tu perfil de aire sevillano

Soy ecuación en un mundo desnudo
con poesía creadora de ensueños
que contempla una flor
en el viento febril de los juglares
y una incipiente alegría
en la trémula madrugada.
No tengo entre mis páginas
una golondrina de Bécquer
ni la sapiencia de Séneca
cuando mi musa rompe la promesa
de su silencio y atraviesa
el páramo de mis deidades.
El mar afina coplas de espuma
mientras la tarde agita el tul
de sus olas
y yo me arranco la tristeza,
emborrachándome
de su salitre mistérico.
Yo soy murmullo en el pincel
de tus labios,
en la esfinge que devora la aurora
en la lluvia plateada que desgrana
tu perfil de aire sevillano.
Yo soy trovadora
de las delicias de tu valle,
cumpliendo el destino
sobre la sombra de las penalidades.

Yaneth Hernández
Venezuela
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27comentarios 94 lecturas versolibre karma: 115

Humano y trascendental

El ruiseñor canta y al escucharlo
me transformo en sus alas,
me uno en comunión de melodía
y espiritualidad
enseña la luz de todas
las oscuridades.
Mi nirvana es caminar entre el silencio,
percibir el aroma de la albahaca
mirar la luna a través del alma
ver la sonrisa dormida de un niño
y olvidar que existen dolores a mi costado.
Hacer de la palabra una fuente de sabiduría
de las lágrimas una escuela
del verbo una homilía
y de la paz una abadía.
Tener la conciencia de amar
todo aquello que en mí contra esté
perdonar con el corazón destilando honestidad
y saber que al llegar la tempestad
podre asirme de mi férrea voluntad.
Aceptar los errores como mandamiento
de la imperfección pero asumiendo
con madurez no repetirlos nunca más.
Ser guerrera en las arduas batallas diarias
andar sin prisa, disfrutar de lo más sencillo
como el vuelo de una hoja desprendida de la rama.
Al escuchar al ruiseñor, descubro
lo humano y trascendental que es el mundo,
aunque lo pueblen dragones pretendiendo incinerarlo.

Yaneth Hernández
Venezuela
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Sueño nocturno

Tu piel es un soneto de Shakespeare,
en madrugadas medievales,
rima con tu sombra de hilo
y celeste luz embriagante.
Cómo no amar la lozanía de tu aura
el canto en gajos de tus ojos malva
sentir la plenitud de tu carne errante,
el florecer epistolar de tus sienes santas.
El prisma de tu figura es muda oda de algarabía,
desordena tu cintura, tu espalda, el mármol
cóncavo y convexo de tu boca viva.
De aguacero tus cabellos,
de razones mis deseos,
alma de angostura, atavía
mi sabía, atenázate a mi lumbre
en ésta noche de lágrimas te amaré recóndita
de idilios que bauticen mis ganas.

Yaneth Hernández
Venezuela
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Siguiendo a Gabriela Mistral

Vergüenza

(Gabriela Mistral/Chile)

Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa
como la hierba a que bajó el rocío,
y desconocerán mi faz gloriosa
las altas cañas cuando baje al río.

Tengo vergüenza de mi boca triste,
de mi voz rota y mis rodillas rudas;
ahora que me miraste y que viniste,
me encontré pobre y me palpé desnuda.

Ninguna piedra en el camino hallaste
más desnuda de luz en la alborada
que esta mujer a la que levantaste,
porque oíste su canto, la mirada.

Yo callaré para que no conozcan
mi dicha los que pasan por el llano,
en el fulgor que da a mi frente tosca
en la tremolación que hay en mi mano...

Es noche y baja a la hierba el rocío;
mírame largo y habla con ternura,
¡que ya mañana al descender al río
lo que besaste llevará hermosura!

Si tú me besas

(Yaneth Hernández/Venezuela)

Si tú me besas,
me tornare en blanca luz
cual invierno dormido
bajo el cielo gris,
mis labios transmutarán
en tu boca desnuda melodías.
Tengo miedo de mi boca viva,
de mi voz hueca, de mis manos quietas.
Ahora que me besas
me encuentro pálida
y desnuda el alma al placer
de tu tibio beso.
Un etéreo espacio
entre nosotras, una ráfaga de aliento
mi piel humedece,
un ansia por beberte cabalga mis ojos,
sigilosa callare para guardar
oníricos silencios en la embriaguez
de tus besos.
Es primavera
y danzan las mariposas
en el jardín bajo la lluvia,
bésame de nuevo ahora
que es terca mi impaciente boca,
bésame ahora,
mientras nos tornamos en blanca luz
abriendo, las puertas del cielo.
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6comentarios 74 lecturas versolibre karma: 92

Somos amantes

Soy dueña de la música de tus quejidos
trovadora que a tu oído
recita historias de pasión,
somos amantes de pieles ardientes
seamos infinitas cuando el velo
nocturno cubra los secretos
y que la luna con su divertida luz
nos desnude despacio
para amarnos sin la duda del mañana.

Yaneth Hernández
Venezuela
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Volver a amar

Volver a amar en el claroscuro de la inmensidad
volver a soltar las amarras del alma
y quedar anclada en el sortilegio de tu mirada.

Hoy me encuentro bajo el sol naciente
de nuevo libre
de nuevo viva
de nuevo creyendo en el rosario infinito
de unos labios que pronuncian mi nombre
con simulada, emoción.

Creí muerta, aquella pasión que desandaba en mi piel
aquella mariposa que revoloteaba entre mi desnudez.

Creí no volver a sentir lo que ayer hizo vibrar
las cuerdas de mi inmenso desvelo.

Hoy te beso con la seda de mi aliento
y tu boca comulga con un largo suspiro que atraviesa el alba.

Volver a amar con la marea de una ilusión real
saber que si se me antoja puedo acariciar tu sombra
alguna madrugada.

Saber que tu piel es abrigo y fuego tu vientre
que al despertar unos ojos embriagantes
me anuncian el amor que esperé bajo un cedro
durante tantas lunas delirantes.

Yaneth Hernández
Venezuela
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Qué sabe nadie

Qué sabe nadie de lo que a mi piel extrémese
de los dolores que llevo enganchados a mi andar
de mis noches donde los fantasmas me persiguen
y la angustia existencial me agobia e invita al suicido.

Qué sabe nadie cuando mis lágrimas
rompen mis mejillas en soledad
y una sonrisa debe portar mis labios
para complacer al mundo repleto de indiferentes.

Qué sabe nadie de mis largos pesares,
de los errores que pesan sobre mis hombros
y que trato de deslástrame de ellos ahogándolos
en el humo asesino del cigarrillo.

Qué sabe nadie cuando el amanecer se derrama
sobre mi cama y mis ojos aún en penumbra
no desean volver a la vida diaria con la tristeza
de encontrarme en un laberinto de interrogantes.

Qué sabe nadie a quién amo o dejo de amar
si al voltear a mi diestra la crítica y la burla
me reclaman con insistencia diabólica.

Qué sabe nadie si quiero vivir o morir.

Yaneth Hernández
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Usted

Usted desde el fondo de la noche,
anima las redes insaciables
de la imaginación
el fuego lejano de soñarle,
entre los labios de una sonrisa
y caminar sonámbula
por los abismos de su sombra.

Usted grita en las ruinas de mi locura
en esa solitaria luna que se desnuda,
ante el brillo de sus cuencos
hace que la luz emerja de los infiernos.

Usted es obra de tantas latitudes
de rimas acompasadas
por la música que descifra
su cuerpo cuando reposa
lejos del mundanal.

Usted es alimento
de las almas envejecidas
por los agónicos tormentos,
la necesidad imperiosa de un Nazaret
que implora las aguas benditas
derramadas de su frente.

Yaneth Hernández
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12comentarios 84 lecturas versolibre karma: 105

Profanación

Sus dedos flotaban
como la luna mecida por el viento
penetraban los rincones
de aquel lugar prohibido,
esa perla, inflamada
que contenía los secretos
del placer callado.
Sentía la yema
de sus dedos húmedos
mientras los allanaba en el frágil
alcor de sus deseos.
Percibió que su gruta,
estallaba en partículas de ardores
emanaba fuego contumaz
que envolvía su cetro.
Apretó la mandíbula
para ahogar el audaz gemido,
al tiempo, oleadas de éxtasis
desvestían su cuerpo.
Rompió a llorar cuando la luz
entró por la rendija del convento
y el silencio volvió hacer santa la piel
profanada por la lujuria.

Yaneth Hernández
Venezuela.
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Mujer bravía

Mujer de abolengo
de pechos desnudos
con grito aborigen
defiendes el trigo.

Por una corona
somos guerreras
con arco y flecha
luchamos la tierra
parimos grandeza
desde la pampa,
hasta la sierra.

Con mate amargo
nos hacemos bohemias
ilustres indias con
plumas de independencia
y café aromático de
los llanos venezolanos.

Que despierte Doña Bárbara
con el fuete en la mano y
el encanto de la patria de
Miranda.

Mujer boliviana
mujer chilena,
arrea el mañana que
seremos quimeras.

Mujer colombiana
mujer mexicana,
galopando la libertad
llega.

Mujer peruana
mujer uruguaya,
el sol de América nos
arde en las venas.

Mujer argentina
mujer ecuatoriana,
desabrocha la gloria
que en tu seno se guarda.

Mujer hondureña
mujer salvadoreña,
agita la bandera
que Latinoamérica es la reina.

Mujer nicaragüense
mujer costarricense,
empuña tu sangre
que somos valientes.

Mujer paraguaya
mujer guatemalteca,
levanta la frente
que de oro son tus lauros.

Mujer cubana
mujer venezolana
blandea la espada
y que la dictadura muera.

Yaneth Hernández
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Suicidio

Turbulencia al amanecer,
despojos de células vírgenes
gritos que abren las venas
cae el velo de la piel agónica,
se desprenden las estrellas,
se cierran las persianas,
el silencio claudica sobre la pluma.
El mundo gira sobre mi lápida.

Yaneth Hernández
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Rosa de afrodisíaca belleza

Rosa de afrodisíaca belleza
en tus pétalos el viento
teje mantos de cristales,
renace en su numen ancestral
una sinfonía de Haendel,
abraza la raíz quimérica de tus antepasados.
Y la lluvia en danza derviche roza
su aroma en canto etrusco
desencadena un orfeón de olores
con sus lágrimas celestiales.
La rosa corteja los tiempos
en los escudos reales,
se hace idílica en los versos
de Juan Ramón Jiménez
y aviva los huesos de Alfonsina
en mar de soledades.
Abandera la cripta de los descamisados
Eva Perón en los anaqueles de una Argentina
de sublimes luchas y neuralgias populares.
El Cid en la copa de los andantes hidalgos
entroniza un cantar de cítara, y amargo néctar;
fluye el romance de las lenguas muertas,
la cofradía de los reyes compra conciencia
con tres ducados de pleitesía.
La rosa cuelga de los relieves antiguos,
de los mausoleos heredados del totalitarismo.
Se preguntan los huérfanos de las revoluciones:
¿cuántas marchas se organizarán para cambiar
el rumbo de un pueblo?
En Playa Girón nacieron pocos héroes
pero se encarnizaron los panfletos.
Cuatro noches bastarían para caminar
por cuerpos desnudos
ebrios de aquellos años independentistas
donde el grito y la lanza pudieron
parir próceres en su propia tierra.
Aunque la rosa incline su corola al Norte
su tinte emerge de la andorga de los dioses
y continúa siendo un símbolo de la hermosura
que no sólo corteja féretros.
Manuel Scorza, inmortaliza la rosa
en su edén literario y Eduardo Carranza
la coge envuelta en lírico soneto
bajo una borrasca de rimas y métrica.
La rosa silenciosa fluye en su código floral;
en sus espinas germinan medievales leyendas
caballeros envueltos en su místico terciopelo,
en su saga fascinante plasmada en ilustres plumas
desde el Barroco hasta el Romanticismo,
atiza su semblanza más emblemática.
Una rosa esculpe la senda a la Kaaba,
al monte Sinaí,
al costado de los templos budistas
a orillas de los esenios
en la franja de los palestinos
en los muros de Jerusalén
y en los cementerios de la humanidad.

Yaneth Hernández.
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Suplicio

Silencio/
unida a mi carne/
yo, hiedra recalcitrante
la cintura vibrante
velo inhóspito
sangre azucarada
muerte lenta
cuánto anhelo tocarte con la sacristía de mis manos/
impávida
no basta un bostezo de lo vivido
fiebre continua
jarabe de ambrosía
el reloj sucumbe
se avecina el sortilegio de tu sonrisa.

Los espíritus se amalgaman/
te acaricio deslumbrante
mi piel expira
te escucho respirar.

Aparecen tus diamantes desnudos/
te atrapo en la ciénaga solitaria/
enajenas mis últimos aires/
te desvistes
comulgamos
comienza el suplicio de amarnos.

Yaneth Hernández
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De mi serie Cartas Imaginarias (1)

Nueva York, 1855

Querido Walt Whitman:

Te saludo estrechando la fontana de tus manos. Hoy he recibido tu más reciente publicación: “Hojas de hierba”. Creo que la crítica no será nada dócil contigo mi estimado Whitman. He compartido la hora del té con tus versos libres y cargados de una exquisita sensualidad, no muy apropiados para nuestra época pero si, a la altura de quienes sabrán degustar en cada estrofa tus inquietudes carnales y místicas. Tu hermano George me comentó en días pasado de tu esfuerzo por lograr imprimir la obra, me complace que lo hayas conseguido.
De seguro tus detractores se centrarán en la absurda defensa de la moral supuestamente mancillada por una poesía obscena y liberal dejando de lado la calidad literaria. No cabe la menor duda que marcará un hito tu obra y dará mucho de qué hablar en los próximos siglos. Tu libro rompe con todos los cánones establecidos hasta los momentos por la forma poética tanto en contenido como en estilo.
Para nada considero un escándalo estos cándidos versos:
"Creo en ti alma mía, el otro que soy no debe humillarse ante ti
ni tú debes humillarte ante el otro.
Retoza conmigo sobre la hierba, quita el freno de tu garganta".
La sociedad pretende revestirse de un puritanismo que se deshace en las paredes de los burdeles mientras las grandes damas de la sociedad neoyorkina maquillan su lujuria con un poco de arrogancia, pamplinadas todas vamos al retrete.
Espero estrechar tus manos en el verano que se acerca cuando decidas visitar Missouri y me otorgues el honor de acompañarme durante mi acostumbrado paseo vespertino, quiero escuchar de tu viva voz el aquelarre ocasionado por la publicación de tu magnífico trabajo poético.
Besos a tus mejillas traviesas.

Siempre tuya
Samanta Kerry
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Desde la Habana hasta Nicolás Guillén

Todo lo que se percibe en ésta inmensa tierra
es una sonoridad sin palabras,
¡Ay Habana si pudiera clavarme en tus arenas!
Dejaría mis versos plantados en tus calles
las metáforas con las que quiero
adornarte, a dueto con Guillén.
En tus manos palpita la ilusión
el añejo recuerdo de tus heroicos tiempos
el sueño tejido por Martí,
las aves que mecen el mar y la luna,
a la distancia Buesa las contempla.
Hay hombres en la Habana vestidos de gloria
y hay mujeres en Matanzas que dejaron sudores.
Sé que un día tus céfiros marinos me acunaran,
andaré por tus rincones curtiendo mi galope
con el sol que se hace, oro en tu emancipado porvenir.
Desde la Habana, hasta Nicolás Guillén
quiero renacer, llevarte como estandarte
en mis entrañas, decirte, escudo y bandera
tu patria duele en las venas y no existe,
olvido ni quimera que haga renunciar al anhelo
de verte ondear con la libertad de los pueblos.
Si mañana muero, mi nombre no lo dejen
lejos de tus orillas ni mi pluma vagando,
entre las piedras.
No andas sola por la mar
hay centinelas con ojos de faro
custodiando tus muros, esos muros
que Latinoamérica quiere romper,
abrazar a tus hijos, verlos remontarse
gritar a los cuatro vientos:
“Cuba tiene sangre, tiene casta,
tiene la fuerza de ser grande”.

Yaneth Hernández
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