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Habitarme de nuevo (@mariaprieto & @_Sejmet_)

No hay abrigo para un invierno así.
Tiempo lento, todo ruido de silencios
goteando en el vacío que fue cuerpo.

No, no hay abrigo para cobijarse del frío...
Ni un sol tímido y tibio que te arrope
en esta helada soledad.

Tiempos malos...como suele decirse.
¿Cuántas noches...? ¿Cuántos días...?
Lo que dure la falta de algo, de alguien.
Me sobro yo. Azote del viento,
polvo en los ojos, realidad.

¿Por qué me asustas, compañía de mí?

Si tan solo quiero deshojar mis días,
abrir las mañanas, atrapar su luz.
Si tan solo quiero habitarme de nuevo.
Yo sola, conmigo, remendarme por dentro.
Si tan solo quiero... Este duro invierno, ¿cuándo acabará...?

Que te crezcan nuevas yemas,
que haya savia recorriéndote de alivio,
que te sirva tu voz y acompañe a tu sombra.
¿Quién entiende los motivos solo tuyos?
Los motivos remueven y aclaran
los limos del fondo. Y en la superficie afloran
retoños de flores de loto.

Ya acabé de lamer mis heridas cerradas.
Soledades nuevas, soledades gratas,
me hacen compañía
y en mi mano abierta... un puñado
de versos inquietos.

Dejé atrás aquel cuarto deshecho.
Y ahora...
hago un hogar de cada espacio que habito
sin asustarme del eco.
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Los versos que no vivo

Y ahora la vida se jacta
de un mar de arena,
ahogado el tiempo en los días
con los días, por los días...
Un desvelo que parece
que jamás
llegó a dormirse.
Una noche continuada
que está harta de la luna
corrompida.

Son los versos que no vivo
los que escriben
mis poemas desgastados.
Cuando no hablan de apatía
se retuercen con la rabia
de observar la dejadez,
unas manos pasivas,
ojos de cordero degollado,
sonrisas que esconden pozos,
que pintan luto y mienten siempre.
Grito muda en un mundo
donde el ruido lo hacen otros
que no cargan con la culpa.

Es verano en mi playa
y tengo mar, pero,
¿dónde está su orilla?
Yo no puedo dibujarla,
más quisiera...
Yo tan solo la imagino.
Y en esa imagen descansa
toda la paz, pende de ella
la esperanza.
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Son los sueños un engaño (II)

¿Quién podría despertarse si supiera que,
al amanecer sus párpados,
verá la noche interminable que fue ayer,
hoy, mañana, siempre?
¿No sería la ceguera más horrible,
esa ausencia de ilusiones, de motivos
que incitaran a unos ojos cansados de todo
a seguir abriéndose, cada día?
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Son los sueños un engaño (III)

Son los sueños un engaño,
pero no más engaño
que los momentos olvidados
en la vorágine de nuestro reloj convulso.
Son mentira, puede ser,
igual el disfraz que usamos a diario
o la realidad que inventamos
de las cosas.

Quiero decir que quiero
y es motivo suficiente solo ese
para que mis sueños tengan sentido
fuera de toda lógica
forzosa, tradicional, oprimida.
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Son los sueños un engaño (I)

Voy borrándome de todo cuanto vivo
como piel muerta en los labios de la memoria.
Cinco minutos antes, hoja fresca en la rama.
Ahora mismo, si rebusco lozanía
no la encuentro.

Es verdad
que mudo a otoño en cada paso
huraño, lento, aburrido;
que voy dejando tras de mí un tajo abierto
—por donde la nada discurre—;
que veo frondosa la higuera de nubes
como valla que cerca mi viaje
estrecho, abrupto, fugaz.

Sin embargo, el espacio sin materia
que se impone en lo que he sido
y en aquello que estoy siendo,
no vacía la esperanza.
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Se irá

Se irá.

No debería afirmar lo que ni siquiera termina de estar en el aire, pero yo lo sé: se irá. De manera irremediable, como cada primavera y la siguiente que vendrá. Me lo dice de continuo la fisura que procura convertirse en cicatriz, esa huella de vestigio que no puedo arrancarme porque siempre surge algo y, al final, nadie me quita que se irá. ¿Por qué? Me pregunta la inocencia. Porque no quiere quedarse, digo yo como muriendo. No consigo responderle sin trabarme y mastico las palabras que perforan el oído, aunque sea con mi voz.

Su estancia va a durar lo que tarden las horas en quitarse lo oscuro. Lo que tarde el ingenio en acercar la montaña. Lo que tarde la calma en librarse de la calma —porque todo es apariencia, cuando no hay otra salida y amarrarse a lo sereno te permite respirar—. Se irá, lo sé. Se irá, sobre todo, porque quiere y lo niega y es mentira. Lo que tarde en aceptar al unicornio retraído que custodia hasta su sombra y maneja bien los hilos de nostalgia, con perfecta maestría. Lo que tarde en olvidar cualquier herida, reponer todas las vendas, encontrar la mejor piedra, tropezar. Que no admite que le asustas, soledad, pero teme tus silencios y prefiere barco hundido o barco hundido a escribir poemas nuevos. Y lo entiendo —solo un poco—. Bocanadas de aire fresco hacen falta y quizá, también, arrojo. ¿Quién lo tiene? No tan solo de palabra, ¿quién lo tiene?

Ha dormido la paciencia sobre un lecho de amapolas donde no cabe ni el tiempo y el letargo borra daños imposibles de borrar. Si lo pienso, sigo siendo atalaya y el defecto me persigue. No me importa ser mirada, me molesta ser consuelo que acaricia los sudores y no llega a enfriar. Si lo ignoro, tarde o pronto volverá casi infalible a esta orilla de sargazos, mar revuelto, ola y ola, verso extraño, concha rota, punto y final.
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Si yo hablara...

Hoy escribo con la lengua jaranera. Se me escurren los motivos de ser tantos. Porque abril no debería —o eso dicen— exhibirse en prados, brazos, lazos libertinos que rompen los cristales de la norma. Porque suena a sobresalto en las bocas con asombro revenido, en los túneles de dientes donde cuecen reprimendas y rechazo. Porque nunca he sabido adaptarme a la mancha, a la arruga que dejó el cuerpo de otros, a sus pasos y costumbres, a sus modos. Rebeldía porque sí o por no aguantar monsergas. Hoy escribo un poco harta y me río de ese acervo, que el deber cuando es excusa es horrible, impoluto, engominado. Ya me cansa el discurso, los aviones que procuran que me trague como si fueran papilla de pureza. Por ejemplo, el montón de mandamientos inventados que responden a controles, una mano encendida apretando mi garganta o los ojos del vigía que es un santo.

Hoy descansa el hinojo en mis labios y no puedo arrepentirme. ¿Cómo voy a deslucir esa lujuria hecha palabra? ¿Quién me aguanta la nostalgia si no es la primavera envolviéndome con flores y poemas? He nacido para dar en cualquier sitio, siempre que no sea diana. Del error mi aprendizaje. De presidio la distancia. De los techos los azules sin cristales donde no llegan bufones. Va descalza la quimera porque sabe que es mentira lo que antes era cierto a la fuerza, por... narices. Ni con todo el mar caliente de Zanzíbar, ni con voces susurrando que me aparte de la prosa que no es mía, ni alarmas ni dementes. Nadie puede arrancarme la poesía.
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El enfado con la poesía

Que los versos se quedaran en domingo
y en los parques con los techos azulados,
no me extraña, no me duele.
Cuando tratas de engañarme construyendo
los poemas por encima de la herida,
los poemas que nacieron de la herida,
los poemas supurados por la herida,
no me extraña, no me duele.

El enfado es otra cosa.
Vivir para mis horas
el tiempo de otros, por ejemplo.
Añorar lo que no he sido nunca,
pero me habría gustado.
Creerme el pensamiento firme
de alguien que vive en mi cabeza.

¿Quién le dice a la poesía lo que no debe contarse?
Migran las palabras cada poco,
como vuelan emociones de veleta
que lo mismo son invierno que verano.
Me confunde tanto giro.
¿Soy yo quién escribe los poemas
o son ellos los que escriben sobre mí?
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La vida está muriendo

De todo comienza a hacer bastante tiempo.
Felipe Benítez Reyes


La vida está muriendo desde que empieza a vivirse. Son los años calendarios anteriores convertidos en sepulcros de experiencias, de inquietudes que dormitan bajo llave a la espera de que alguien las recuerde, lo que suele ser solaz para cobardes, lastimeros, aburridos... entre otros que conforman la comparsa de la vida deprimente.

De los miedos y las dudas hace el tiempo una cometa con su sombra alargada, pegajosa. ¿No has oído cómo cruje? Es mi cuello retorcido devolviéndole la vista a un pasado que no deja de vivirme. Ya no sé cómo decirle que se vaya. La de entonces ya no escribe, ya no llora lo que pudo haber pasado y quedó solo en el «casi», ya no habla de nostalgias. Mis poemas no recuerdan el deseo en sus versos, no reviven la tristeza ni acumulan el desprecio. No compiten contra otras para alzarse, para hacerse más visibles a la playa de unos ojos que acabaron con la arena, con las horas. Es curioso que lo diga sin derrame del vacío, soledad de lo que tuve por segundos en mis manos. ¿Duró más, duró tanto? No recuerdo... un decenio de rodillas, como un siglo enredado en los brazos que no vuelven a abrazarme, porque esta vez no quiero.

La vida está muriendo y yo, la miro igual que se mira al sol oculto por las nubes. Con la misma valentía. Con la misma cautela.
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No sé cómo llamarlo

Yo no sé cómo llamarlo,
a pesar de lo sencillo que parece
asomando en otras bocas que lo usan
por costumbre, finta, escolta.
Las palabras que pronuncian
son el pomo de ese baño
donde puede entrar cualquiera.
El orgullo enarbolado
no sabrá contar las llagas
de los dedos que se incrustan
en el remo de mi barca
cada vez que vienen olas.
Y eso pasa a diario.

Yo no sé cómo llamarlo,
ni sentirlo como otros
ni tampoco tengo flores
ni jarrones para adorno
ni acierto con el lazo
—en las patas del novillo—,
ni me salen letras cursis
—de la idiota del pasado—,
ni me sabe a chocolate...
ni te ensucio con un cuento
hoy las manos.

Yo no sé cómo llamarlo, pero sé
que detrás de los versos, de los flecos
del poema
que se va escribiendo solo,
hay una vida que urge y no hay
empeño que lo frene
porque siempre, siempre
estará tu voz.
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Todo en ti es una orquesta oculta

La tendencia a lesionarte
a punta de espina del cardo que te acecha,
yo la entiendo como parte del vestido
que conforma tus maneras de lisiada
—vamos a ver, sin acritud—.
Me refiero a ese aliento que no aguanto,
vetusto halo bucólico, ese tono pastel
surgido de acuarela o náusea
que pones al hablar de lo lejano.

Por la comisura de tus letras leo olvidos
que sacuden la memoria, que podría
yo creerme si no viera deslizarse, lentamente,
cada verso que no escribes
como veo caer tus bragas al abismo
de sus ojos. Todavía.
Y pregunta esa otra, deslenguada:
¿cuánto aguantas?

De la herida el alimento.
Hay personas que no encuentran
más comida que el veneno que es excusa.
Otras saben del silencio que es orquesta,
aunque esta quede oculta en su pecho.
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Mírala, ya no existe

He perdido el rumbo
pero he conocido la vida en el camino.

Elvira Sastre



En la prosa de otros días fui la ilusa. Recreaba con nostalgia tu recuerdo, el borrón que había inventado con tu pose más bonita. Me sabía de memoria cada uno de los versos del poema que le hizo el boca a boca a la sombra que quedaba de lo que soñé que eras. Me bebí mi propio engaño. Derramé en cada estrofa una estúpida plegaria que decía lo contrario a mi deseo. Un regreso que explicaba con palabras de destierro y no había quién me entendiera... Que te fueras, te gritaba. No tan lejos, susurraba para adentro. Y al final de otra noche duermevela, conseguía que mis dedos teclearan una nueva despedida, que llenaran de arañazos una hoja entera, que contaran las heridas que sobraban en mi pecho, que narraran las mentiras, los recelos y discusiones; pero luego, no sé cómo aparecía tu sonrisa convertida en jardín de primavera y, unas líneas más abajo, iba el sol cayendo lento en tu mirada con un brillo que llegaba a estremecerme. Y no hablo de ese roce de la yema de tus dedos devolviéndome la savia que ninguna otra caricia podía darme. Yo quería que así fuera. Esa fue la peor zanja donde fui a tropezarme.

De tu imagen, elijo la niebla. Llueve siempre que me pongo de tu lado, que procuro mantener la compostura, imparcial y comprensiva. Eso ahora... que, por fin, abro los ojos. De la santa que no era no me queda ya ni eso. Si te fijas en mi cara de cuando no era yo misma, vas a verte. Mírala, ya no existe.
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Donde habite el deseo

El hambre que tengo de ti se oculta
tras el velero que la distancia empaña
en el horizonte, pero el mar
no deja de ser mar,
la lengua de las olas crece y yo,
húmeda, te pienso.

Me pregunta la curiosidad si es tu sexo
un lirio rojo, abierto, henchido.
No respondo.
Mi boca se llena de juicios
que entorpecen a esta lengua y al deseo
de besarte, todo el tiempo.
Todo el tiempo, no solo un par
de engaños al reloj y a las miradas.

Cómo será el embeleso que produce
la urgencia de amarte, que mis manos
se vuelven cemento y tú, castaña sabrosa,
rebasas las ansias, me inquietas.
No sé cuándo y menos cómo,
pero voy a morirme en ti
a golpe de vaivenes,
al grito de no pares.

¿Tú lo notas?
Crepita el deseo en los días azules
y tendría que confesarte que ya solo
de pensarlo son mis ingles
la orilla de la playa
que escondo entre mis muslos.
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¿Por qué prolongas el recuerdo?

No olvides llorar para que la herida cicatrice.
María Sánchez


¿Si supieras que la botella va a llegar a sus manos
después de vaivenes de ola, coletazos de mar...
dime, cuál sería el mensaje?

Vibra la ventana.
Chirría el silencio ahí fuera. ¿Lo oyes?
Cómo coño vas a oírlo si no dejas de ladrarle...
A tus oídos viene la torva de la memoria
que llamaste vida,
lo que ahora es flotador, pretexto, broza, treta.
Una historia que te montas. Tu evasiva.

No esperanza.
No luz.
No espejo.

¿Por qué prolongas el recuerdo?
Mismos pasos, misma canción.
Me das náuseas
y no puedo desahuciarte
más allá de los versos que no vas a leer
con mis ojos.
Haces frío en la poesía.
Odio el frío, soy del sur.
Márchate, que no te conozco
ni han llegado tus ojos a saberme,
pero ni tú, ni nadie,
pondrá nubes en mi azul.
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De los tiempos

La prisa con sus palmas acechando
en mi espalda,
desde que tengo memoria.
No recuerdo...
¿Hubo tiempos de sosiego,
el despacio de un susurro en el oído,
relajándome, diciendo:
《 aún no es tarde》?
No sé antes, pero ahora,
tuerce el labio mi paciencia
y señala cada hora
que he perdido. ¿Fueron muchas?
Casi tantas como veces
que dejé el timón a expensas
de un reloj torcido y ciego.
Pesa el tiempo, pero pasa
y ha olvidado dolerme.
Sopla el viento, me acaricia.
Vuelan lejos las hojas repletas
de garabatos, tachones,
errores, disculpas.
Cae en mis manos la hoja en blanco.
Por fin, escribo.
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Instrucciones para soplar la cortina de humo

Que te quiere más que a nadie, más que a nada. Eso dice y bien le suena porque suele hablar de oído. Las palabras que utiliza son un canto de sirena que consigue, muchas veces, confundirte. ¿Cuánto aguantas bajo el agua? ¿Qué te impide ser tú misma? No te oímos cuando toses.

Sabe cómo engatusarte. Coge arena de la playa de otros días y la lanza a tus ojos. Si te escuece es tu culpa. No lo olvides. Sabe cómo engatusarte. Pone cara a la tristeza, lleva ojos con heridas y su tono arranca suave. Si se tensa es tu culpa. No lo olvides. Sabe cómo engatusarte porque iza la costumbre para que la vean todos, rememora reglamentos y construye un castillo que no le ha pedido nadie, que se choca con las nubes y te deja a ti sin aire. Poco a poco, cómo sabe engatusarte... Va robándote el aliento, anudándose tus ganas como pajarita al cuello. Y se ríe de tus sueños y te pisotea las alas y se vende como un santo y parece que no manda y controla tus horarios y conduce tus pisadas y te usa como quiere y promete para nada. Si replicas no eres buena y si callas, eres mala. ¿No lo ves? No me extraña...hasta ahora tantos años gobernando tu mirada, decidiendo por lo bajo, dirigiéndote los ojos. ¿Cuándo acaba? Cuando dejes de toser y soples por la ventana esa cortina de humo que sirve a su arrullo ruin, la sombra martirizada. ¿No crees que va siendo hora de ser un poquito más mujer y menos esclava? Que te quieras, como se cuida él. Que te escuches cuando hablas. Que te entiendas, que no dejes de soplar... que el humo termina yéndose y tú ganando la batalla.
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No tengo el poema que nos salve

Cuando no te queden flores que arrancar
de las muñecas hendidas, ven a mí.
No tengo el poema que nos salve
de derrumbes cotidianos,
pero los versos rebosan
si el ingenio se despierta.
Soñar es gratis
y a mí se me va la pinza
de una manera...

¿Qué decía? Ah, sí:
de amaneceres perdidos están
las tumbas repletas.
Hoy la aurora eres tú.
Yo pongo el café
con dos dedos de un presente
recién hecho, mañanas colados.
Cómo odio la nata que se forma
sobre las ilusiones...

Cuando no te queden flores que arrancar,
ni quimeras, ni ganas de querer
apagar los miedos que sirven de carroña
para cangrejos, cuervos
y otros animales, ven a mí
o corre hacia ti. La misma lumbre
nos aviva.
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Una voyeur estúpida

Una voyeur estúpida. Así puedo resumir sus emociones, fiel paseo por las mías —aunque no voy a admitirlo, jamás nunca—. Impotencia ante unos ojos, cada día más hundidos, una boca temblorosa y un aviso: poner sombras de tachones por encima de lo cierto, no lo borra. La lectura bajo alambres de lo que no sea propicio, de lo que es amargo y duele, sigue siendo al fin y al cabo, una lectura legible. Presenciar lo irreparable a pesar de la porfía… porque mira que no hay quién que a su insistencia gane. O eso parecía.

Permitidme que suponga que su corazón aún late como cuando no era otoño. Sin embargo, yo diría que palpita encogido, recostado sobre su hombro como rama de peral. Ahora son cuatro los ojos que observan el derrumbe, resultado de renuncias obligadas. ¿Exagero? Ojalá.

Me parece que ella nota el desorden, esa mezcla de emociones, el jardín sobre el asfalto que no logra echar raíces porque viven las renuncias por debajo y van a ser cepo que atrape su esperanza para siempre. Teme agosto y su sequía, odia las evocaciones al candil de otra sonrisa, rabia cuando le salpican intercambios de señales… Ya le dicho yo que no, que no puede apedrear una a una las farolas de una ciudad que aún respira —pese a que no viva nadie— , que no debe trasnochar recorriendo cada calle, intentando evitar lo… Y me pide que no hable, le revuelvo las entrañas, pero no voy a callarme. Si escribiera yo la historia y pusiera yo los versos… pero ella es la poeta. Si escribiera yo la historia ni siquiera yo estaría. Un camino de dos piernas y amapolas, solamente.

No es que quiera que se rinda, lo que quiero es que no sufra en la espera de una nota musical, un milagro que le bese bien la boca. ¿Experiencia o agonía? Cuando alguien se debate entre salir corriendo y quedarse, eligió la tercera alternativa, es decir: volverse loco. Y allí está, en una habitación a oscuras, más peso sobre una espalda repleta de arañazos, de rutina, de costumbre, polvo, mugre. ¿Cómo va a dar sosiego en ese estado? Dadme a mí la solución de una mente más perdida que la mía y puede ser que así encuentre el desvío o la esperanza que no tengo.
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No sé a qué te pareces (segunda parte)

Más tarde,
cuanto más me lo sabía,
más vendaje acumulado y el salitre,
huella de las humedades solo,
huella de la sal salpicada
por la ola.

¿Quién ha visto en pecho ajeno
una puerta de salida a sus ahogos?
¿Cuánto dura ese esplendor
tan de mentira?

Tu sonrisa perdía brillo.
Yo seguía siendo imbécil,
esperando...
¿Qué quería que ocurriera?
¿Que cambiaras tú el rumbo
de mis pasos por el rumbo
de los tuyos?

No sé a qué te pareces,
pero sé que mi apariencia dependía
de tu aliento, sometida a la esperanza
de que fueras capaz tú
de darme nombre.
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No sé a qué te pareces (primera parte)

No te enfades,
que no sepa qué pareces
significa lo que quieras.
Solo eso.

En tu imagen
dibujé yo otra imagen:
mis sueños reunidos.
Sueños míos por el tiempo
que quisieron. Ya lo sé.
Con más fuerza tiraría la corriente
que mi mano. Ya lo sé.

Y, al principio,
parecías ola fresca,
el alivio de pavesas, de recuerdos.
Un placer que solo antes, solo entonces.
Mordí mis labios con ansia,
la sangre no me importaba,
heridas no me importaban,
la gente no me importaba,
mi vida no me importaba.

Como quien escapa de una disnea profunda
y recobra el aire puro.
¿Quién eras? No pregunté. No se pregunta
lo que se intuye.
Tu sonrisa brillaba y yo era imbécil.
Ya. Ya, lo sé.
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