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Gota sin luz

Yo soy la gota que ha colmado el vaso
y voy por ahí, empujando un río, con
que rebasar los límites de la paciencia.
Vivo de noche para no volverme nube
y ando turbia de tanta oscuridad.
No soy el agua que te dará vida,
ni seré simiente de tu felicidad.
Solo una gota pintada de cielo negro,
triste como una célula de dolor
cayendo de tus ojos, sin consuelo.
Regando la tierra que te acoge
de tu inconmensurable humanidad.
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Esencia poética

Poesía, vienes a mí de madrugada,
desnudando mis sueños,
desandando mis horas
y cubriendo de goce mi desilusión.
Sé que resistirás por mí al tiempo y al olvido.
Sé que me sobrevivirás en la nube o en el papel,
y aunque no te hagas parte de los sueños de otros,
en ti poesía se mantendrá vivo mi aliento,
y en cada poema que modele mi anhelo
quedará impresa mi esencia,
como vive la energía del universo en cada estrella.
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Yo amé

Yo amé,
como no se puede amar más,
como de amar no tendría otra manera,
como no podría amar jamás.

Yo amé,
como no puede llegar a doler,
como de amar no se puede sufrir más,
como ya no se puede renunciar a ser.

Yo amé,
Como no puede ser más grande la Luna,
como no hay Sol que abrace el día,
como no ocurre amar con ninguna.

Yo amé,
y estoy agradecido de haber muerto
en ese amor que agotó mis sueños
y dejó en mi corazón un desierto.

Yo amé,
y ya no amaré más en muchas vidas,
porque aquel que se hundió hace unos años
aún está limpiando sus heridas.

Yo amé,
Y no tengo ya memoria para el olvido,
pero si pasas por mi lado no te veré,
porque la que fuiste ya se ha perdido.

Yo amé,
y se que no habrá más amor que dar,
porque aquel que fui vació su existencia
y un día ya no tuvo nada para entregar.

Yo amé,
y soy feliz porque ya no puedo amar más,
aunque la soledad se trague algunas noches mi solitud
y me diga que el amor no conoce la palabra jamás.
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Hasta que despierte del sueño

Silencio, ausencia de mí... y nada más.
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Una posible utopía

Después de seis meses de haber vivido "pegados" a las pantallas luminosas del mundo virtual, el súbito corte de hace una semana tenía a los niños tendidos en los sillones o deambulando como zombis, extrañando la internet y los juegos de video. Todos en la casa hablaban de las necesidades y las carencias. Y en la televisión no había más que temor, violencia y enfermedades. Las pocas horas de frívolo entretenimiento, de burda risa y de programas infantiles en la pantalla, eran cortadas por los adultos, en la necesidad de conocer lo que estaba pasando en el mundo y contar el número de infectados, los muertos y los detenidos por no respetar el confinamiento. Las únicas salidas a la calle eran las que sus rostros y sudorosas palmas hacían cada noche, repitiendo los gritos que los adultos proferían y aplaudiendo a la nada por lo que no podían entender.

Hace tres días que por falta de pago también les cortaron el cable en casa. Sin trabajo, ya agotados los ahorros y sin ayuda social, la población, aún la menos pobre, ya no tenía como pagar los servicios no esenciales, que las empresas de comunicaciones ya no podían entregar de forma gratuita. Solo tenían el pobre wifi robado al acomodado vecino de atrás, con lo que papá y mamá pudieron estar algunas horas pegados a sus celulares, riendo de las ingeniosas estupideces de los ociosos internautas y recibiendo las verdades a medias y mentiras que dan vueltas en la red como buitres hambrientos. Ello, hasta que al vecino también le cortaron el servicio y el silencio virtual llegó de a pocos a la empobrecida ciudad.

Se cuidaba la luz, el agua, el gas. Se racionaba la comida. Y los tres pequeños no tenían nada que hacer, porque los padres solo sabían de una manera de mantenerlos entretenidos y porque, sin internet ni televisión no había colegio ni educación. El miedo se extendía como una mano temblorosa sobre sus cabecitas confusas.

Transcurrieron los días y una mañana los niños se acercaron a las ventanas y vieron como en algunas casas vecinas los demás niños ojeaban libros con inusitado deleite, y parecían estar jugando entre ellos o con sus padres, juegos que nunca antes vieron, pero que les resultaron divertidos, porque la risa de los vecinos les llegaba como una brisa fresca, de la que no había que tener miedo de ser contagiados.

Y sin proponérselo, aprendieron a correr por la casa, persiguiéndose o escondiéndose; a usar una soga para saltar; a rebotar la pelota; a recuperar los muñecos y los juegos de azar, a llenar la casa de alegres ruidos. Pasaron las semanas y una tarde sus padres al ver a sus hijos disfrutando el encierro, de pronto se encontraron con ellos mismos, cuando tenían su edad y tuvieron que pasar en aquella ocasión confinamientos similares por culpa de la guerra. Así, empezaron a compartir las mismas experiencias en el juego, en la lectura, en la conversación. Pronto no había televisión que presidiera la mesa y ya no había celulares que ocupasen su atención, ni ruido alguno que los distrajese de su amena conversación en torno a las nuevas actividades lúdicas, que en realidad siempre estuvieron allí pero fueron olvidadas por quienes se hundieron en las mieles de la tecnología de punta.

Como tenía que ocurrir, un buen día se acabó la crisis y la gente empezó a asomar sus rostros a la calle, al inicio con algo de temor, primero la mirada, luego un pie y finalmente salió el cuerpo entero. Una caminata hasta la tienda de la esquina, una vuelta a la cuadra, y de a pocos la ciudad fue recobrando el ritmo que tuviera hace muchos meses. Con sus transportes colmados, sus oficinas y fábricas funcionando. Con sus comercios despachando. Con sus escuelas educando. Con su ruido infernal.

Excepto por una cosa.

En las horas libres y los fines de semana, los parques se llenaron de niños, las pistas de juegos de pelota, las veredas de carreras, saltos, y en todas partes la risa y el desenfreno despertaron a una ciudad adormecida por la monotonía de la modernidad. Y ya por las noches las familias se reunieron en torno a un Monopolio, un Ludo, un Dominó o una baraja de naipes, apostando por una vida social de verdad. Libre de la internet y los juegos virtuales.

Sin embargo…

Cuando el Gran Hermano lo supo puso el grito al cielo y descubrió con preocupación que las cosas se le habían ido temporalmente de las manos, temiendo que la utopía humana pudiera ser realidad. Ese día dio la orden para que se empiece a trabajar en la creación de un nuevo virus, pero uno que asegurase el regreso de las personas a los juegos de videos, a la televisión, a la internet y a las redes sociales, con absoluta gratuidad, para volver a confinar a la humanidad a un pantalla de colores y esclavizarlos para siempre en la virtualidad de una fingida humanidad. La utopía tecnológica del supremo manipulador. La distopía de un mundo feliz, encerrado en una luminosa y colorida oquedad.
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El sabor de la ciudad

Esta era una dulce ciudad, de torres blancas y veredas grises. De pasos despreocupados y miradas felices. Serena como una tarde de abril y siempre cubierta por un cielo esmeralda, que de cuando en cuando veía pasar las nubes sin aprensión. Una ciudad que nunca fue visitada por la lluvia.
Hasta que un día unas gotas se aventuraron a besar las azoteas, pero nadie las vio. Cuando bajaron muchas más y humedecieron el asfalto, la gente se asustó.
Cuando hubo millares que quisieron saber a qué sabía esa ciudad, ésta ya no estaba allí.
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Tanka (del encierro)

Las calles sin voz
Sin aves el cielo
Ya nadie asoma
No transita el aire
Solo, contigo, tú.
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De humanidad

Hoy, no hablar de poesía.
Hablar de la humanidad,
con las manos bien lavadas,
las miradas separadas por el temor,
y los pies ocupando su lugar.
Lejos de cada uno de nosotros,
para que se caiga la respiración
en la distancia que impone la razón.
Para que se muera en el aire el miedo.
Sin desconectarnos de la gente,
sin apagar nuestra esperanza,
cantando al pie de las ventanas
cada noche, con voces de aliento,
para mantener viva a la ciudad.
Abrazando con la imaginación
a todos los que nos cuidan
y cuidando a los que nos cuidaron,
con nuestra presencia excluida,
en un día muy largo,
o una noche que no se quiere ir.
Hoy no hablar de poesía.
Hasta que la estación cambie
y se funda de nuevo la piel,
solo hablar de humanidad.
Aquella que se funde más
en la exclusión y en la distancia.
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Una noche muy larga

No me vienen pájaros a la ventana,
ni crujen las hojas secas en el portal.
Una fanfarria de silencios ha llegado a mi ciudad.
Como una nube de chubasco repentino,
que calla y se esconde entre los árboles.
Y aquí estoy,
hundiendo el seso para buscar el olvido,
de tanto no querer pensar en aquello.
Armando encuentros conmigo mismo
para huir de las leyes del universo.

Es inevitable.
El temor camina descalzo por las veredas,
se mete a los edificios, a los salones, a las fiestas,
se sienta al costado de la cama en los hospitales,
salta de un piso a otro sobre las palabras
y toca con su lengua nuestros sueños.
Está en todas las pantallas coloridas, hilando
su telaraña de ilusiones sobre la inerme esfera.
Baña de luz oscura nuestro refugio urbano,
extendiendo sobre nosotros una red de intrigas
que hacen realidad la más absurda fantasía.

En estos campos de rencoroso azar
ya no me traen pan por la mañana.
Los carros dejaron de rodar, y ya no hay pistas
ni cuerpos que atropellar.
(La muerte se encargará de hacer el canje).
Secos están los zapatos y sin polvo.
La piel no recibe la nueva luz del día
y la lluvia se fue sin besarnos el rostro.
Como un soplo del viento, atravesó la mañana.
Como una mañana que se pasó durmiendo.
Es de todos y es de nadie este temor
Hasta que se apaga en algún cuarto triste.
Sobre alguna pobre cama.

Puede que este sea mi último poema,
o puede que sea mi primer verso.
No lo sé.
En una noche muy larga, que recién empieza.
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Lima en París

Ahora mismo.
París llueve sobre mis hojas,
regando de frío las calles
que mis pies recuerdan
andando sin compañía alguna.
Ahí, una Luna nueva se peina
para lucir brillante sus puntas.
El río Sena asoma en mi tinta,
Montmartre en el horizonte
y el cielo de la tarde sonroja
mis ocultos deseos,
a los que no puedo dar forma
con mi palabra,
porque no soy de aquí.
La poesía me viene de lejos,
de cuando fui un zorro
recorriendo las alturas
sobre mi tierra colorada.
De cuando baje a besar el mar
y las olas envolvieron mis pies.
Un hijo del verde océano
que cayó de las montañas.
Ahora que estoy aquí, lejano,
desarraigado de mis frustraciones
desmembrado por las fronteras,
intento que la voz que aquí trajera
me sirva para decir lo que aquí vivo,
que no soy yo el que me miro
sino alguien que viene de afuera,
y a pesar uno en su experiencia,
queriendo decir ahora
lo que abunda en mi presencia,
queriendo escuchar ahora
la voz que a mí voz debiera.
París como mi estancia en Lima.
Lima, como mi andar florido en París.
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Ruego

He aquí un lugar, un día y una hora para decirle a la noche
que me cubra de ausencia y olvido, porque ella se ha ido
y nada hay sobre la tierra que pueda extinguir su presencia.
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Autodestrucción

¡Ándate a la mierda mundo!
Si ya no me soportas húndete en la oscuridad.
Congélate de calor.
Y libera tu ira hasta resquebrajarte todo
y estallar en mil pedazos.
Y con la fuerza de tu odio intenso
vete a recorrer el universo,
como hacen las rocas muertas.
Y a donde vayas deja tu huella de carbón
para sembrar mi semilla en otros mundos
que dominaré con mis pies de acero,
mis alas de fuego
y mis manos de papel.
Tragándome su cielo
hasta su total extinción,
como hago hoy contigo
porque, aunque te amo tanto
no puedo dejar de hacerte daño.
Oh mi mundo…Oh mi perdición…
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Un poema

Un poeta se fue a dormir
con un verso en la boca,
traía sueño atrasado de tres noches,
pues la palabra no terminaba de caer
de la punta de su lengua al papel.
Pero pronto se deshizo de los desvelos
cuando brotó finalmente el verso
como una ofrenda del amanecer.
El sol le mostró un poema
que sus pasos empezaron a escribir.
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Sin una flor

Cada arremetida contra el deseo de justicia,
cada golpe frenando el ímpetu de libertad,
cada ofensa proferida por levantar la voz,
cada agresión contra el derecho a reclamar,
cada herida sufrida por alzar la mirada,
cada bala que ha destrozado nuestro corazón,
cada vida arrancada a nuestra propia vida,
cada sueño roto por el cobarde represor,
tiene que ser devuelto, no con una flor
ni con la otra mejilla, que la paciencia
hace rato que se quedó tendida en la calle
y ya no nos quedan razones en la palabra
ni palabras para seguir justificando la inacción.
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Sensatez

Sentado ante mis ojos, como una espera,
esta tarde de abril escribiré un poema
arropado por la tibieza de las horas.

En la calma de mi encierro voluntario
usaré la presencia del silencio
como agua que baña el desierto.

Las palabras brotarán desnudas,
como de un manantial recién abierto,
exudando claridad a borbotones.

Un pastel de manzana, entonces,
y una taza de café endulzado
les dirán cosas breves a mis sentidos.

Me abandonaré a la molicie.
A la lucidez del pavimento.
A la emoción de la lechuga.
A la resiliencia de la espiga.
Antes de encontrarle sentido
a las horas que me tocan
y reunir aquí algunos versos
que no quieren aún ser poesía.
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Libertad

Yo ya no quiero pintar ventanas para que otros las abran.
Quiero andar mis propios caminos.
Abrir, no una, sino muchas puertas para huir
de este encierro que adormece mi esencia.
Quiero tomar cuatro rocas y lanzarlas a los vitrales
de este palacio que atrapa mi mente,
de esta inagotable celebración a la cotidianeidad.
Abrir mis ojos, desnudar mi entendimiento
y derretir mis sueños de azúcar y sal,
rebasando los límites que impone la autocomplacencia.
Y cada mañana horadar en el muro que mira al oriente,
que hace sombra a la ruta que lleva al occidens.
Y cuando ponga un pie afuera
podré al fin recibir la luz sin intermediarios.
Como lo hace la naturaleza
el músculo
el hueso
el ojo
la piel.

Yo ya no quiero trabajar,
si la felicidad que debiera recibir
la terminan disfrutando otros.

No es verdadero trabajo
el que no te libera
ni es libertad la que te oprime
sino la que te permite vivir
dentro de los parámetros de la razón
para lograr ser lo que quieres ser.
La libertad no es una meta
es un camino que te construyes
y puedes compartir
con los que quieran caminar contigo.
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7comentarios 129 lecturas versolibre karma: 118

Duda

Que nada agote la duda.
Ni el sueño alcanzado,
ni el fracasado anhelo.
Que la duda sea en adelante
el estado ideal del hombre
y el punto de partida
para alcanzar la humanidad.
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Extraños

Aquí, sentado sobre una roca, en algún lugar de la tierra,
extraño las veces que compartimos el mismo aire que circunda el planeta.
El mismo giro, la misma posición en el universo, el mismo día sin horas.
Y aún no logro estar en otro lugar que aquel en el que te logro extrañar.
Mientras ocurre lo inevitable, cuando la cercanía solo es apariencia e ilusión.
Que, en ese campo de inerte idilio, brote la semilla del olvido,
que, de a pocos me vaya llevando de la soledad a una solitud placentera,
en la que irremediablemente voy apreciando que soy cada vez mejor sin ti,
aunque todavía quiera creer que podemos coincidir bajo el mismo sol.
Siendo la realidad que, para ti es el crepúsculo y para mí el amanecer.
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Poesía mía

Rodando sobre la tierra de Europa
se me llenan de ausencias los ojos
por lo que no pudo ser en mi palabra
y se desviste ahora en mi poesía.
No fui porque nadie me llamaba
y cuando quise ir, ya todos se habían ido.
Ahora no me demoraré en no llegar, pues
no se llega tarde a donde no te esperan.
Ya iré y me pararé sobre otras huellas
para inventarme la nostalgia, como tantas veces
y volveré para confirmar que todo está aquí.
Aquí la tierra, el aire, la Luna, el Sol.
Aquí la espera de un nuevo siglo.
Aquí la poesía resbalando de mis dedos,
buscando mi palabra oriunda
para completar mi existencia global.
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