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Olvido

Amo tus caricias muertas.
Tu presencia extinguida.
Tu ausencia infinita.
Tu recuerdo vacío.

Ya te fuiste
del todo
y soy
feliz.
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Sin retorno

Aquel viaje fue el inicio de una serie de hechos desafortunados que marcaron el camino sin retorno de Lucio Quispe Vela a las profundidades del deterioro mental.

Lucio, de cincuenta y cinco años, llegó a Madrid una tarde de junio, acompañado de su esposa. Era domingo y venían a visitar a su hija Yovanna que estudiaba en la Universidad Rey Juan Carlos y a conocer a la nieta, nacida dos meses atrás.

Su drama empezó cuando fueron retenidos en el aeropuerto bajo sospecha de ser "muleros". Cuatro horas después, con una simple disculpa pudieron ingresar al país, ya sin saber qué hacer porque su hija había retornado a su alojamiento.

Cuando por fin se comunicaron con Yovanna, ella ya no podía ayudarles porque la casa en que vivía cerraba a medianoche. Se trataba de la vivienda de una ONG católica, que recibía a mujeres en situación de riesgo, y en la que la joven podía alojar a su madre para que ayude a cuidar a la bebe por unos días.

De acuerdo a lo planificado por Lucio, Mariana acompañaría a Yovanna y él se alojaría en un cuarto en el centro, que separó meses atrás y que pagaría al llegar. Aquella noche se enteró que la habitación ya había sido tomada y que no les quedaba otra opción que buscar cobijo en el aeropuerto, con el escaso abrigo que un par de mantas podían ofrecer.

Pero Lucio no pudo dormir, no por el jetlag, sino por una mezcla de miedo y desilusión, ante las expectativas que tenía de este viaje. Se preguntaba cómo es que un hombre pacífico, honesto y amante de la cultura europea, podría recibir un trato semejante. Esa noche se llenó de improperios hacia las autoridades y empezó a germinar algo oscuro en él.

Al amanecer, Lucio y Mariana, con el cuerpo maltratado se dirigieron a la estación de buses y cuando estaban a unos pasos se dieron cuenta que solo portaban la mochila. Habían olvidado su pequeña maleta azul que contenía los documentos y el dinero para la estadía. Mariana fue presa de una crisis nerviosa, mientras Lucio corría a buscar la maleta al lugar donde habían pasado la noche. Al ver que llegaba con las manos vacías, la mujer estalló en un llanto descontrolado que asustó a los turistas y atrajo a dos policías.

Unas pastillas bastaron para que Mariana se calmara y durmiera un rato. Para entonces la policía había encontrado la maleta, ya sin dinero y documentos. Apenas con algo de ropa interior y una camisa vieja.

Yovanna llegó pronto para llevar a sus padres, pero el panorama no era del todo bueno, Mariana tenía dónde hospedarse, pero Lucio tendría que buscarlo con el poco dinero que le quedaba en los bolsillos. Más tarde, fue guiado hasta tomar el metro, con indicaciones precisas de bajar en la estación de la Puerta del Sol. Yovanna le había conseguido unos euros y un posible alojamiento por la Plaza de Canalejas.

Al llegar a la puerta del hospedaje se percató que no tenía documentos para conseguir la habitación y que su móvil no funcionaba en esa ciudad. En ese momento, caminando por las calles de Madrid, no pudo sentir el atractivo esperado, ni la luz del sol que se coló entre las nubes ayudó a Lucio a encontrar un poco de alegría.

Ya casi era mediodía y trajinaba con su mochila, buscando a dónde ir. A esa hora su esposa debía estar en el cuarto de Yovanna, cuidando a la bebe, mientras la joven emprendía un viaje a Albacete a buscar al padre de su hija, para pedirle que le ayude en su manutención, en tanto ella terminaba la universidad. No le pediría su apellido, solo apoyo, porque ella ya lo había inscrito como hija de madre soltera.

Lució paseo por las calles de la ciudad, buscando un lugar donde dormir para el que no necesitase pasaporte (todo se había ido con la maleta, incluso la tarjeta de crédito que habilitó para el viaje). Tenía algunos euros en el bolsillo que le iban a servir unos días para comer (mientras adelantaba su retorno a Lima). Las monjas habían sugerido que fuera a una de las casas de acogida que está en el barrio de San Blas, por Plaza Grecia, pero tal lugar estaba tan lejos del centro y de su ya mellado orgullo, que a Lucio le pareció mejor seguir acomodándose en una banca para dormir. Le habían dicho que ya no hacía tanto frío, pero por si acaso llevaba una manta para cubrirse.

Buscó por el Paseo del Prado y lo vio muy expuesto, el Parque del Retiro tampoco. Llegó a la estación de Atocha y no quiso entrar. Buscó en las iglesias de San Salvador y San Nicolás, de San Sebastián y en la parroquia de Santa Cruz. Todas estaban cerradas. Quiso entrar al metro, pero tendría que pagar su boleto. Hasta que, dando una vuelta en círculo, terminó en la Carrera de San Jerónimo a unos pasos de la Plaza de Canalejas, con la penumbra del crepúsculo, sentado en el portal de una tienda abandonada, donde había unos cartones dispersos y espacio para acomodarse.

El cansancio no le permitió darse cuenta del bullicio y trasiego de esa calle de alto tránsito turístico, que no cesó sino hasta bien entrada la noche. Para entonces Lucio dormía, acurrucado en ese lugar.

Había acordado con Mariana que la llamaría el martes para pasear por Madrid, aprovechando que una amiga de Yovanna ofreció ayudar con el cuidado de la bebe.

A las siete de la mañana lo despertó el ruido de pasos del caudal de gente, de una ciudad que a esa hora bullía de vida.

Sentado, en silencio, sin atinar a moverse Lucio miró pasar a niños, ancianos, mujeres y autos, sin pensar en más. Las ideas estaban escondidas, los recuerdos perdidos, la razón de ser de su existencia se limitaba a los movimientos de masas de colores que veía desfilar. Fascinante, atrapante, hipnotizador. Una realidad que se quebró con el sonido de algunas monedas caídas sobre su manta, que se mostraba ante la gente como una invitación a la compasión y el desprendimiento.

Lucio se paró sobre la manta, se puso los zapatos y cuando se disponía a recoger las monedas una presencia le tapó la visión de la calle.

- Hola compañero, qué haces aquí.
- ¿Cómo dice? Disculpe señor, solo estaba descansando ¿este es su lugar?
- Jajaja. No pasa nada compadre, este hueco está abandonado.
- ¿Y usted quién es?
- Un extranjero, solo que llevo algunos años en esta ciudad de mierda.
- Bueno, ya me voy.
- ¡Jijos! Oye ¿tienes unas monedas?
- Disculpe ¿me da permiso?
- Escucha, dame un par de euros y te cuido el lugar por si no tienes dónde dormir esta noche.
- Mire, no tengo…
- Y lo que vi en el suelo... lo que has recogido?
- Ah sí, bueno, tome, después de todo no era mi plata.
- Gracias compañero... ¿Cómo te llamas?
- No le puedo dar mi nombre.
- ¡Bien amigo, nos vemos esta noche!

Mientras se alejaba, Lucio empezó a recordar qué debía hacer. Se paró en seco, miró para un lado y para el otro y buscó a quién preguntar dónde podría encontrar un teléfono. A la distancia divisó uno y allí se dirigió. Buscó entonces el número que le dieron, pero no pudo hallarlo. Ya con el teléfono en la mano quiso recordarlo pero no pudo. Él siempre tuvo buena memoria. Recordaba nombres, calles, lugares, rostros. Pero no pudo.

Ensimismado en sus pensamientos, no atinó a ver llegar el camión que por poco lo atropella. Un policía que lo había observado se acercó, pero se interpuso un ómnibus que le hizo perder de vista a Lucio, que para entonces ya se había marchado por el pasaje Echegaray, rumbo a lo desconocido.

Yovanna viajaba en bus a Albacete, descansando, sin mayor preocupación. Después de meses podía disfrutar un momento de tranquilidad, a solas consigo misma. La vista del paisaje de La Mancha, con su extensa llanura ocupada por zonas de cultivo le trasmitía mucha paz y sosiego.

Durmió unas horas, hasta que el bus se detuvo. Había llegado a la estación. Por un momento quiso creer que alguien la estaba esperando, pero no, tenía todo el tiempo para ella misma. Primero había que llenar la barriga, luego ir por la tarde al piso de Evaristo, y después ya se verá.

Lucio caminó hasta llegar nuevamente a la estación de Atocha y luego de unas horas regresó al mismo lugar donde pasó la noche. La inseguridad y la imposibilidad de comunicarse con su familia estaban haciendo mella en su salud mental. Al llegar al lugar encontró los mismos cartones y una manta gastada. Recordó entonces al mexicano y lo buscó con la mirada, pero solo vio gente muy diversa y apresurada.

El viaje de Yovanna no fue del todo exitoso, pues no encontró a Evaristo en su piso, ni a nadie a quien avisar que había venido. Así que tomó un papel y dejó una nota pegada en la puerta, con los detalles de su visita y un número de teléfono para que se comunique.

- A lo mejor se había ido a Pontevedra el desgraciado.

Al día siguiente, muy temprano, Lucio descubrió que faltaban su mochila y sus zapatos. Esa mañana fue intervenido por la policía, gracias a que Manuel Coicca, un exalumno que hacía turismo en Madrid, lo pudo reconocer, a pesar de encontrarse en un estado deplorable: sucio, maloliente, con una barba crecida, el cabello desarreglado y la mirada extraviada. El profesor de Historia de la Civilización parecía en esta ocasión un indigente más en esa gran ciudad.

Los buenos oficios de Manuel y su acompañante permitieron contactar con la embajada, que se interesó por el compatriota. A las once de la mañana, luego de comer y asearse pudo al fin contactar a su esposa, quien no tardó en llegar junto a su hija. La alegría del encuentro pronto dio paso a la desazón, al enterarse que Yovanna había logrado comunicarse con Evaristo, y éste había negado la paternidad amenazando con demandarla. Como consecuencia, ella había decidido regresar al Perú.

Lucio solo gritó ¡Carajo! y sin más salió a la calle a toda prisa.

Dos días pasaron para que lo encontraran. Las redes sociales permitieron hallar a Lucio en una arboleda, por el río Manzanares, cerca al estadio Vicente Calderón. Parecía que si se demoraban un poco más lo iban a encontrar flotando en el río o desparramado en la M-30.

Una semana después de haber salido a España, todos regresaron a Lima gracias a un vuelo de cortesía que la empresa que gestiona el aeropuerto, con más miedo que culpa, facilitó. Lucio y Mariana, acompañados de su hija y su nieta, fueron ubicados en distintos asientos de la clase turista premium, en un vuelo de Iberia, sin escalas.

A su regreso, las cosas no volvieron a ser como antes. Mariana intentó no hablar del viaje, aunque a la larga, el incidente se filtró en las redes. Yovanna se tomó un tiempo para conseguir trabajo. Y Lucio jamás habló de Madrid. Abandonó el curso, la universidad y se dedicó a escribir enigmáticos textos y a intentar dibujar, como parte de su terapia, subsistiendo con su famélica pensión de jubilación adelantada.

Manuel y Jorge se hicieron amigos de Yovanna y un buen día la llevaron de nuevo a España, para que la pequeña pudiese conocer la ciudad donde nació.

Ella aún vive allá, cuidando a su hija y a una señora mayor que la trata mal, pero no ha pensado en regresar. Y es que, para algunas personas hay viajes sin retorno, porque ya no les queda otra oportunidad.
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Tanka

Sobre las horas
abundan mis deseos
de volverte a ver,
volando como antes
en tus alas de ángel.
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Quién

Quién tuviera voz
para cantarle a la vida.
Quién la precisa lira,
la perfecta dicción.
Quién la nota perfecta.
Armonía en la oración.

Quién pudiera, en un verso,
reunir a la humanidad.
Como un grito al nacer,
un orgasmo sin culpa,
un suspiro de amor.
El último aliento de vida.

Quién, callar pudiera
para que surja el silencio
del que brota la inspiración
y domesticar a la semilla
para abrazar tiernamente
al bullicioso tráfago de la ciudad.

Quién asir pudiera
los bordes de la imaginación
de los que aún crean,
para tejer un manto de sueños
que cubra al universo
de abrazadora ilusión.

Quién tuviera vida
para vivirla cien veces,
y sin embargo
hacer de ella una sola
que disfrute lo mismo
odiar que hacer el amor.
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Hombre

No se nace hombre.
Se toma prestado el nombre,
la pose, el grosor de la palabra.
La mirada agresiva.
La pierna extendida, hasta donde
los dedos alcanzan.

La ropa que no se arriesga.
El miedo que no se evidencia.
El llanto que se calla.
El perdón que se guarda.
El dolor que se aguanta.
El desprecio que no se guarda.

No se nace hombre.
La actitud es cosa aprendida.
Como la demarcación
de su territorio imaginario,
que hace el macho alfa
hilvanando fábulas sexistas.

El cuerpo no es de hombre,
es de un animal evolucionado
para saciar el hambre, procrear
y preservar del caos a la tribu
Un salvaje que busca someter
a todo lo que se le enfrenta.

No se nace hombre,
ni tampoco mujer.
Se nace un poco
para ambas cosas,
y nada que no sea aprendido
define la existencia humana.

En todo caso,
uno se hace persona
con aquello que hacemos
para
ser hombre,
ser mujer,
ser gay,
ser lesbiana
ser bisexual,
ser transexual,
ser…
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La palabra

Esta voz mía
ya no soporta el encierro
de la palabra.
Se quiere decir a sí misma,
con todos sus acentos
y sus silencios.
Cree que la poesía no le alcanza
para expresarse,
y ya no tengo forma de decirle
que mejor se calle.

Esta voz mía
quiere desbocarse
en su ansiedad desmedida;
al menos que,
buscando en mi poemario,
encuentre un verso que me nombre
y me abarque por completo.

Como lo hacen las palabras
vertidas por tus labios,
una caricia,
una mirada
un gesto definitivo.
Esa voz tuya que me acogía
en tu silencio cautivo.
Que ya no escucho más.
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No hay tiempo para crecer

Martín tenía todos los años que su abuelo tuvo cuando empezó a trabajar, pero Martín todavía era un niño y sin embargo ya se confrontaba cara a cara con la muerte, día a día, hora con hora, al costado de la cama donde su abuelo agonizaba, resistiéndose a morir, pero con la certeza de un inevitable fin, que ambos conocieron desde aquella tarde en la que el médico les dijo que su cáncer de riñón había hecho metástasis y muy pronto consumiría al anciano, quien solo dos meses antes manejaba su camioneta y visitaba con frecuencia a sus parientes, a 70 kilómetros de la capital.

Martín no tenía que saberlo, no tenía que estar en el hospital cuidando a su abuelo. Ni siquiera tenía que saber qué cosa era un tumor canceroso o cuándo hacía metástasis, pero desde que se agravó el mal tuvo que hacerse cargo de su cuidado, abandonando el colegio, porque su madre no estaba con él sino fuera del país, tratando de ganarse la vida para enviar dinero a su hijo. Y su abuela apenas entendía lo que estaba pasando pues el cerebro de la mujer mayor se había deteriorado de tanto aislamiento y maltrato.

Y es que el viejo Samuel no era tan buen hombre como parecía. La condición de su esposa y el cáncer avanzado evidenciaban su descuido y su poco aprecio por la vida, situación a la que contribuyó una fe religiosa que los llevó a los extremos del fanatismo, pues su idea acerca de la predestinación y los designios divinos los mantuvo por décadas en la inmovilidad respecto a qué hacer con sus vidas (que no fuera orar), y en la resignación, frente a los hechos consumados. Ellos solo eran un “instrumento del señor”, y así se fueron entregando a su Iglesia Evangélica y a su Pastor, que cada día les exigía más señales de fe y más diezmos.

- Martincito reza por nosotros hijito. Seguro que si asistes al culto el señor te va a escuchar. Yo sé que el Pastor me puede sanar.

Martín vivía con sus abuelos, pero supo mantenerse alejado de las ideas y exigencias que los viejos tenían para él, y ello gracias a los reiterados reclamos que su madre hizo a sus padres, en ocasiones airados, y gracias además al dinero que ella enviaba, que condicionó el trato al nieto, por cierto, el único que tenían los ancianos, uno concebido del último “descuido” de su madre, pero que no quiso abortar (luego de dos “pérdidas” anteriores) para no perderse la oportunidad de “experimentar” la maternidad.

Él era un muchacho jovial, hecho para las redes sociales, pero también para los escasos contactos personales que el fútbol y las visitas al centro comercial posibilitaron. No conoció a su padre ni oyó hablar de él, pero recibió mucho amor de su madre, hasta los once años, cuando ella tuvo que partir a buscarse la vida en un bar latino de la costa mediterránea, de propiedad de una amiga de la infancia; lugar muy frecuentado por jubilados europeos, durante los meses de verano.

Y ahora que su madre parecía encontrar la forma de ganarse un dinero en esa ciudad española, ocurría esto con su padre.

La pensión de Samuel no alcanzaba para su tratamiento contra el dolor, por ello es que Martín trató de buscar la manera de apoyarlos y acudió a la iglesia a la que asistían los abuelos, pero el hijo del Pastor solo le dijo que pronto irían a visitarlo. Martín entonces habló con un tío policía que tenía allá en el sur, y éste habló con los parientes del abuelo, pero solo se pudo conseguir que organizaran una “pollada bailable” de la que se recaudó una suma de dinero que jamás llegó a casa de los abuelos.

- No te preocupes hijo, el hospital le va a dar medicinas a tu abuelo y lo van a visitar cada semana.
- Pero, tío, hay gastos extras.
- Muchacho, habla con tu mamá.

Luego de unos días en el hospital, el abuelo fue enviado a su casa a morir. Lo supieron del médico que recomendó darle calidad de vida al viejo para vivir sus últimos días sin sufrimiento excesivo.

- ¿Es que acaso no estaba en un hospital? ¿Por qué no lo podían curar?

En esos momentos, los sentimientos de Martín se confundieron, pensó en su madre y en medio de la noche, entre sollozos, la llamó, aunque solo fuese para echar fuera de sí el miedo y la rabia por no poder llevar una vida normal, igual que sus amigos.

- ¿Por qué me han jodido la vida reduciendo megas a mi móvil?

Unas horas después de andar cavilando y revisando la web, gracias al wifi del vecino, Martín ya tenía una idea de lo que tenía que hacer: velar por su abuelo, darle las medicinas prescritas para el dolor, esperar la visita de los médicos e incluso, si fuese necesario, aprender a inyectar.

Ya en casa las cosas se hicieron menos fáciles, porque empezaron a sufrir las carencias de implementos y atención que un paciente terminal requiere, sobre todo uno que empieza a perder la capacidad de movimiento. ¿Qué iría a hacer él para ayudar a ese hombre, si su cuerpo adolescente aún no había alcanzado la fortaleza para hacer frente a tanto esfuerzo?

Algunos días venía una pariente a dejarles comida, otros días la abuela pugnaba por cocinar, pero Martín, por consejo de su madre, se lo impedía, por ello es que se hicieron clientes habituales del restaurante de la esquina, que siempre enviaba una sopa que se debía licuar para ser deglutida por el abuelo. Fue entonces cuando descubrió las sopas instantáneas, que no tuvo reparo en usar.

- Total, ya no importaba si le terminaba dando cáncer por consumir esas sopas…. Además, tienen buen sabor.

Pero vaya que daba trabajo el ayudarlo a sentarse en la “chata” que se había traído del hospital, para defecar u orinar, por ello es que se agenció de una botella de boca ancha para usarla como “papagayo” y algunas bolsas para los vómitos, que inevitablemente se presentarán.

Dos semanas después de haber faltado al colegio vino su tutor; su visita lo inundó de sentimientos encontrados: pena, vergüenza, alegría, rencor, pero muchas ganas de extender su mano para recibir ayuda. Y así lo entendió el joven profesor que ya había pasado por una experiencia similar con un pariente, aunque nunca tan dura como la venía pasando el pobre Martín.

A los dos días llegaron unos compañeros, le contaron que en el salón se habían organizado para venir a darle una mano. La verdad era que el maestro aún tenía esperanzas que Martín volviese al colegio, por ello lo seguía considerando uno más de la clase y le enviaba ayuda para resolver las tareas. Pero su vuelta al colegio no dependía de él.

- ¿Acaso había alguien más que pudiese solucionarle el problema?

Coincidiendo con la llegada de sus amigos aparecieron nuevos parientes que acompañaron por horas al anciano. Martín tuvo la ocasión de tomarse algunos descansos fuera del cuarto donde dormía con su abuelito. Ya entonces una doctora había recomendado alejar a la abuela de su esposo, que se había tornado en un fastidio para ambos.

- Tiene que pasar sus últimos días tranquilo sin la presencia perturbadora de la vieja senil - Fue lo que dijo la doctora, sin mayor miramiento.

Por las noches su madre, tomando minutos al sueño, le escribía y en ocasiones realizaba video llamadas. Y lo que al comienzo fue un llanto compartido se tornó en rutina y dureza con el pasar de los días. Al cabo de unas semanas Lucía escribía menos y solo hacía video llamadas cada quince días. Eso sí con indicaciones precisas.

- Hijito lindo, si pasa algo grave o lo que tú ya sabes me escribes pronto para llamarte. Ya hablé con tu tío José para que se tomen las medidas necesarias. Te quiero mucho mi amor, pórtate bien.

Algunas noches el llanto tomaba por sorpresa a Martín y en esos momentos de desesperación llegó a querer que su abuelito muriese pronto, pero se acostumbró a su agonía, lenta, dolorosa, con vaivenes de lucidez, y dejó de hacer las tareas o dedicarle minutos al colegio, a pesar de las facilidades brindadas por el colegio.

Luego de algunas visitas esporádicas de sus compañeros, éstos dejaron de venir, pero quien no dejó de hacerlo fue Jimena, su mejor amiga. Venía unos minutos al salir de clase y luego vino un día que era feriado. Una tarde, cuando se entregaban al descontrol de sus cuerpos, junto al adormecido abuelo, apareció de pronto la abuela.

- ¡Muchacho del demonio que estás haciendo con el pantalón abajo, sal de aquí! -gritó la vieja- ¡Se lo voy a contar a tu madre!

Aquella tarde no pasaron de unas caricias, unos besos y un fallido intento de coito.

Pero tres semanas después Jimena dejó de venir. Y antes que Martín supiese la causa, Lucía se enteraba del retraso de la menstruación de la niña, porque la madre de Jimena se lo reclamó por whatssap. Martín nunca lo supo finalmente, pues Jimena no volvió a verlo y Lucía no quería perturbar a su hijo en estas circunstancias. Las dos mujeres habían coincidido en llevar a la niña a una curandera muy cumplidora, que la misma Lucía recomendó.

Después de todo la vida no hubiese tenido oportunidad alguna estando la muerte tan cerca.

Una madrugada, cuando Martín dormía al lado de Samuel, su abuela lo despertó violentamente.

- ¡Muchacho levántate, tu abuelo se ha metido en mi cuarto y me ha venido a despertar!

Martín quedó confundido por un momento y luego se levantó bruscamente para ver a su abuelo. Prendió la luz del cuarto, apartó a su abuela y como lo había ensayado varias veces observó el rostro del anciano que parecía dormir con los ojos bien cerrados, levantó las frazadas y observó su pecho y su abdomen, no se movían. Tocó su cuello para detectar su pulso y finalmente puso un espejo sobre su boca.

- Abuelita, se murió mi abuelo…

Se sentó al lado de la cama sin emitir sonido alguno, mirando al suelo, con la mirada seca y extraviada. Al cabo de unos minutos se puso de pie y buscó a su abuela, ya no estaba en el cuarto, la mujer había regresado a su cama, donde volvía a roncar, como cada noche, sin darse cuenta que había quedado viuda.

- Si pasa durante la madrugada no me llamen – Había dicho el médico tratante - igual no podré venir sino hasta la mañana, tápenlo y esperen mi llegada.

Por ello Martín se quedó a esperar el amanecer, sin poder dormir, pensando cómo se lo iba a comunicar a su madre. Recién a las cinco de la mañana pudo escribir unas palabras.

- Mamita, mi abuelito ya está con el señor. Llámame por favor…

Al tercer día Martín regresó a su cuarto y la abuela volvió a deambular por el departamento, sin entrar a la cocina, donde Martín le tenía prohibido ingresar y donde, para evitar su presencia, pegó una imagen de Cristo en la cruz que le daba miedo a la mujer, porque su Pastor le había dicho que esas imágenes son obra del demonio.

Los días de Martín fueron distintos desde aquella tarde en que, oyendo los desvaríos de la abuelita supo que tendría que hacerse cargo de la casa hasta que regrese su madre. Algo que probablemente iba a tomar un tiempo, porque Lucía, abriendo su maduro corazón, había iniciado un romance con un viejo alemán, que le ofreció matrimonio y le prometió llevarla a su pueblo.

Tal vez pronto vendría más dinero de Europa, mientras tanto Martín tendrá que ponerse a trabajar, como lo hizo su abuelo a su edad.
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Piedra Roja

Una piedra roja viene cayendo desde las alturas,
rodando torpemente sobre su incipiente redondez
y de tanto rodar en su caída, se ha hecho una gran bola
que ya no corta con sus filudas aristas, sino aplasta
aquello que opaca su encendida determinación.
Arrasa todo lo que está buscando, y no se detiene,
aunque se le ofrezcan dádivas, ruegos u oraciones.
Unas personas huyen despavoridas ante su presencia,
y otras, sin embargo, la ven pasar embelesadas.
La piedra que rueda, ya no se detiene ante nada,
y nadie sabe de dónde vino, ni se sabe a dónde va.
Pero deja una estela de confusión en los corazones,
porque hay en su camino espíritus simples
que disfrutan con su implacable proceder,
y hay quienes temen, porque guardan oscuros secretos
que la piedra, con su rotundidad, quiere revelar.
Los hombres justos le dicen, muy agradecidos:
“No te detengas piedra, y sigue firme en tu rodada”.
Los descaminados en cambio, le piden a la piedra
que no siga atentando contra el orden establecido,
porque no vaya a ser que se cruce en su camino
y les malogre su vida tan bien organizada:
“Piedra subversiva, no sigas destruyendo la paz”.
“Piedra terrorista, tu color delata tu intención”.
Solo unos cuantos se dan cuenta que la piedra,
de tanto rodar, ya está perdiendo su vivaz color
y han salido en busca de la fuente y del motivo
por el cual se deprenden las masas que aplastan
todo lo malo que brota del corazón de los humanos.
¿Y qué creen?
Al subir a buscar la verdad en las alturas,
se toparon con una empresa transnacional
que tiene una provechosa concesión del Estado,
para extraer las piedras rojas y venderlas
en pequeños bloques, con agregados de color,
y recubiertas de una fina capa de laca protectora,
con las que se construirán pequeñas capillas,
que puedan proteger a los hombres
que requieren olvidar a diario sus mentiras,
invocando al espíritu de la cantera,
amansado ahora por una naciente religión…

Ya pronto no habrá piedras rojas en las alturas,
ni verdades que no puedan ser justificadas.
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Haiku

Tras la ventana
palidece despierta,
llena de noche.
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Espera

Esta noche sin horas
he consumido mi silencio
esperando estas palabras
con las que he borroneado
algunas hojas en blanco
antes de caer rendido
en las profundidades
del sueño.

Este día sin desvelo
se me agota el silencio,
sin palabras,
sin sueño.
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Ansiedad

Un amasijo de sábanas en medio de la noche,
un aire tibio con olor a dulce madera,
una ventana enmarcando el perfil de la Luna,
y tú, en algún lugar, perdida en mi memoria,
con un rostro que se diluye en el tiempo
y una piel que trato de tocar con mi ansiedad,
antes que ya no la recuerden mis sentidos.
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Noche

Sobre la noche otoñal
teje sus frías gotas
la lluvia fugaz,
con regordeta madeja
hilada por el viento
desenmaraña
los sueños húmedos
que brotan de la tierra.

Sobre la noche marina
un tibio entramado
de punto entrefino
eleva sus enredos
y cubre las olas
con helado cendal.

Sobre la noche sibilina
de la impredecible ciudad
caen mantos bordados
de gris liviandad
que cubren su cielo
y lavan los resabios
de malos sueños
y blancos desvelos.

La noche descansa ahora.
Abre sus ojos y sueña,
limpia su cielo perlado
y extiende su calma
sobre los diminutos seres
que al fin pueden dormir.
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Fugacidad

Sobre la noche
teje sus frías gotas
la fugaz lluvia
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Haiku de la tierra

Ya no hay tierra.

Solo ruido y cemento

en mis zapatos.
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Duele la pobreza

Duele mucho la pobreza:
La del que no tiene nada y la del que lo tiene todo, menos la felicidad.
La del que le falta siempre algo y la del que presume de tener, pero solo tiene falsedad.
La del que nunca llega, la del que nunca emprende, la del que se justifica en los demás.
La del que no se contenta con lo que tiene y siempre quiere más.
La del que aspira infructuosamente a tener lo que los demás.
La del que sufre por la riqueza ajena y se llena de envidia y frustración.
La del que aún no ha nacido, pero está condenado a ser pobre hasta la eternidad.
La del que ha muerto y solo ha dejado para los suyos carencia e inseguridad.

Pero la que más duele, es la del pobre diablo, que acepta la pobreza como designio divino o como inevitable realidad.
Y la que muestra quien no está dispuesto a desprenderse de lo que le sobra para hacer feliz a los demás.

Duele mucho la pobreza:
Esa que no conoce de oportunidades ni puede hallar salida si no encuentra una mano a la que asir su desesperación.
Aquella que no conoce otra realidad porque no hubo posibilidad de elección.
Esa que estás aceptando por no estudiar, por no trabajar, por no emprender una lucrativa actividad... por no despojarte de la resignación.
Esa a la que te sometes por no levantar el puño, por no alzar la voz y no salir en busca de los que nos mienten, nos niegan las esperanzas y nos roban la felicidad.
Duele mucho la pobreza, pero duele más la falta de humanidad.


Imagen: Viridiana (Luis Buñuel, España-México, 1961)
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Haiku de la nube atormentada

Calla la nube
cuando los rayos del sol
la acarician.
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Para cuando vaya a verte, César Vallejo, hermano inmortal*

Aquí estoy, como nadie,
embriagado de tu poesía,
con mil horas de ensueño,
caminando tus huellas,
buscando tu acento,
intentando tus penas,
y prometiendo que
cuando vaya a tu morada
en la Avenue de L’est,
en Montparnasse,
dejaré un poco de ti
en cada palabra escrita,
si puedo perturbar
con mi ofrenda,
votre éternité parisienne.

Aquí estoy, no soy tú
ni quiero ser nadie,
solo la suma de todos ellos
y la ausencia de los demás.
Pero no se puede evitar
poseer lo adquirido
y lo que se avino sin previsión.
Muchos poetas me dan voz,
pero uno solo me convoca.
Aquí te llevo Vallejo
lo que te puedo alcanzar:
una flor marchita
y un papel en blanco,
para tenderlos
sobre tu memoria,
aunque allí ya no estés más.

*Llegue a París con estos versos para César Vallejo, pero él ya no estaba allá. Resulta que me estaba esperando en Lima.
Pero aquí le dejo lo que le llevé, aunque nunca pudo leerlo.
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Si el amor pudiera

Si el amor moviese montañas,
el tiempo tendría que detenerse,
allá, en el otro lado del mundo,
a donde el infortunio te ha llevado,
para que yo me despierte contigo,
con el mismo rayo de sol, cada día.

Si el amor cruzara los océanos,
ahora estaríamos jugando
bajo las mismas olas de mar
y el horizonte se acercaría
hasta tocarnos con la mirada
y compartir nuestro aliento.

Si el amor tuviera alas,
volarías a mi cuando quisieras,
o yo estaría circundándote
tanto como me lo pidieras,
como un ángel protector
o un demonio enamorado.

Si el amor moviese al mundo,
ya mismo estaría desdoblándome.
Aquí sería el solitario que soy,
allá sería uno con tu presencia,
viviendo al mismo tiempo
en tu existencia y en la mía.
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Tanka del camino

Hey luciérnagas!
acompañen mis pasos
y enciendan su luz.
Esta noche sin Luna
llevo prisa por verla.
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Tanka de la lluvia

Pasó la nube
y dejó sus lágrimas
sobre la tierra.
Abundantes y frías.
Ahogando sus penurias.
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