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Lágrimas de tristeza y de alegría

Entre lágrimas de tristeza nos tocó despedir a un roble de Guanarito.
Mujer llanera como ya pocas quedan, con un corazón muy noble pero con una fortaleza ejemplar. Somos testigos de sus hazañas de sus historias y vivencias dignas de hacer un libro de los que escriben grandes poetas.
Seguro estoy que varias veces desafió la muerte ganándole batallas por su vida y la de sus hijos.
A sabiendas que esa condenada ganaría la batalla final, no se rindió en cada lucha, pues su fe en Dios era de admirar.
Mujer de recio carácter, necesario para domar los avatares de la vida y no rendirse ante las adversidades; con gran amor levantó una gran familia, junto al otro roble de Obispos que la acompañó por muchos años. Por su ejemplo y entrega, esa familia hoy permanece unida a pesar de esas mismas adversidades.
Lágrimas de tristeza por su despedida, por su partida al encuentro con Dios.
Lágrimas de tristeza que se unen con lágrimas de alegría, porque hasta en el último minuto de su vida, nace otro varón que lleva su sangre, sangre de guerrero, de luchador, de vencedor, sangre de Ponte, de Qüenza, sangre de los que no se rinden carajo.
Gracias por tu existencia vieja, ahora otra vez en compañía de tu viejo querido, y de tus dos hijos que se fueron a preparar tu encuentro con el creador.
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El abuelo del barrio

Allí va
Nadie sabe de dónde viene
nadie sabe a dónde va.
Dobladito por el peso de los años
se le nota en el andar.
Todas las mañanas lo veo pasar,
con el chimó en la boca,
con su caminar despacio,
con sus alpargatas remendadas y
un sombrero de paja,
pantalón de dril oscuro, ruñido por todos lados,
arremangado un poco más abajo de las rodillas,
de correa, un guaral de nailon,
con camisa que en algún tiempo fue blanca, con remiendo de hilos colorados,
cargando en la espalda una marusa grande y vieja,
llena de trastes,
llena de recuerdos,
de historias, de vida,
Allí va, cargadito, dicen que viene del río
camina como ocho kilómetro de regreso pa’ su casa.
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El próximo encuentro

Cuentos los días desde la última vez,
planifico a cada instante cómo será el próximo encuentro,
si estoy dormido te pienso con muchos detalle,
si estoy despierto te sueño a cada instante.
La próxima vez que estemos juntos será frente al espejo
para que veas tu cara de placer por todo lo que estaré haciendo.
Quiero que si algún día me olvidas, no borres de tu mente ese recuerdo.
Tu aliento lo empañará,
tus dedos dibujaran el tamaño de tu deseo,
allí estarás, de pie mientras beso cada rincón de tu cuerpo,
viendo como tu piel se eriza con el roce de mi lengua y mis labios.
Comenzaré por tus orejas, bajando por tu cuello, paseando por tu espalda,
mientras mis manos juegan como alegres mariposas que revolotean sobre tus pechos,
mis dedos caminan bajando por tu vientre, mis manos se separa por caminos diferentes,
una llega hasta tu centro, sumergiéndose en lo más profundo de tu cuerpo,
la otra continua su recorrido por toda tu piel,
tus piernas se abren quedando totalmente expuesta;
aun sigues de pie frente al espejo,
tus manos se apoyan en él, como sosteniéndolo, como sosteniéndote, aun sabiendo que ni él ni tu van a caer.
Mi boca besa tus pompis mientas aun mi mano derecha hace de las suyas en tu profundidad
y la izquierda continua deambulando por tas partes.
No despegas tus manos del espejo, sigues viendo cada gesto de gusto y placer que vas experimentando,
sigo bajando entre tus piernas, lamo la miel que brota de tus labios, juego allí con cada parte de ti,
pierdes cualquier ápice de compostura que aun te pueda quedar,
luego, en el momento indicado te embisto desde atrás una y otra vez, con fuerzas,
sientes que tus piernas se desvanecen pero no te dejo caer, te repones y exiges mas,
si pensabas que sería solo dulce, te equivocas ahora comienza lo mejor, jalo tu cabello como jinete que doma su potra tomándola por las riendas mientras continua la embestida, simultáneamente suenan tus pompis como tambores repicando al son de las palmadas que doy en ella.
Ya caes arrodillada, yo igual atrás de ti, tu cara es un poema de dolor, ternura y placer, el éxtasis ha llegado a lo culmen, armónicamente acabamos, mientras abrazados nos contamos lo fabuloso que fue tenernos frente al espejo.
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Los monaguillos

Bajo sotanas escondían celosamente el secreto, no cualquiera podía ser participe, pasaba en la sacristía, en la torre o a veces tras el altar principal.
Buscaban lugares donde no pudieran ser descubiertos, siempre cambiaban de sitio.
No se podía repetir más de dos veces a la semana en el mismo lugar, debían ser creativos para que nadie los viera.
Una vez a uno se le ocurrió que fuese en el depósito de los santos, les dio miedo al principio, pero luego se acostumbramos.
Mientras las señoras rezaban el Santo Rosario, lo hacían bajo la falda del Nazareno.
El lugar favorito era el campanario.
Hacían un trío perfecto, todos lo disfrutaban.
No sé por qué, siempre embromaban al más pequeño, pero igual lo disfrutaba como los otros.
Salían con las manos empegostadas, limpiándose de la sotana, a veces la boca los delataba, pues también la tenían toda chorreada.
Hoy recuerdan con nostalgia las travesuras de monaguillo, pues confiesan, que las hostias con leche condensada son una delicia.
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Mañana es otro día

Con la confusión que queda en los sentidos
después de un par de botellas de ron,
allí esta, frente a mí, su cuerpo desnudo, tambaleante y zigzagueante,
escucho su risa picara y tímida que hace eco en la alcoba
trato de bajar mi pantalón, tropiezo y caigo,
su risa se convierte en carcajada con gracia alocada,
trata de ayudarme y no puede,
sus brazos parecen que le pesan y sus manos tiemblan,
el ron hace su efecto en todos los aspectos,
risas y más risas de los dos dispuestos a encontrarnos en la intimidad,
los dos en el piso intentando encontrar la cama,
toco su cuerpo, ella el mío, jugamos, reímos,
su lengua parece mágica al enredarse en mi vástago,
su aroma impregna mi cuerpo, su sudor con el mío mojan las sabanas,
sus besos no tienen fin, su respiración se acelera con brincos entre cortados,
su cuerpo sobre el mío, logro encajar mi deseo en el suyo,
tiembla, se retuerce sobre mi como como pez arponeado,
mis mano hacen de las suyas tocando cada rincón de su cuerpo,
el ron no perdona,
las risas son ahora vacilante, ya no se sienten,
trato de zafarme, su cuerpo me asfixia,
las risas parecen zumbidos de abejorro
no tengo fuerzas, todo me da vuelta,
el sueño me vence,
no siento su respiración,
trato de hablarle, mi lengua enredada no deja soltar palabras,
su cuerpo gélido no logro mover,
Morfeo me llama a encontrarme entre sus brazos,
no logro contener la tentación de cerrar los ojos,
trato de luchar con él, con ella, no puedo,
quedo dormido bajo su cuerpo extinto,
quien fue mía sólo por una vez, ha expirado sobre mi sin yo saberlo.
Mañana es otro día.
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Corre poeta, Corre!

Corre poeta, corre! que la guardia va siguiendo tus pasos
va en búsqueda de quien levanta su voz al viento
de quien sueña despierto, de quien escribe las letras calladas del pueblo.
Corre poeta corre! que te alcanzan y se hace mas fuerte el sufrimiento
no te dejes atrapar por quien mata los sueños,
por quien levanta el fusil para amedrentar el desacuerdo.
Ya no le creen al que promete transformar el sistema en algo nuevo,
se queda en palabras vacías, las promesas se las lleva el viento,
pero quedan llenos los bolsillos, mientras aumentan los muertos.
Muere el campesino de mengua esperando el aguacero,
Muere el estudiante sin libro sin lápices ni cuadernos,
muere la ama de casa con las ollas boca abajo y por el suelo,
el obrero de la fabrica ya no le alcanza el sueldo,
El abogado, y el electricista, con el medico ayer se fueron
pasaron buscando al ingeniero y con el maestro partieron,
se llevaron al economista, al contador y al geólogo
y tras de ellos se marcharon los enfermeros y traumatólogos
los bomberos, los policías, la cocinera y el panadero,
la secretaría, el manicurista y el peluquero del pueblo.
solo quedas tu poeta con dos o tres que creyeron
y que ahora están tristes por como se perdió lo nuestro.
Corre poeta corre! pero sigue escribiendo
no te dejes atrapar necesitamos de quien eche el cuento.
Escóndete en la última casa la que aun no han descubierto,
refúgiate en las montañas donde se regresa el viento,
allá arriba cerca de las nubes seguirás escribiendo,
le contaras a todos los engaños que hicieron,
le cantaras a la vida, dirás sobre los muertos,
hablaras de las mentiras y de la plata que cogieron,
de los ricos que se hicieron a costilla de su pueblo,
cuéntales la verdad que la sepa el mundo entero.
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Personajes de ayer

¡Cepillos haraganes y rastrillos!
¡Cepillos haraganes y rastrillos!
No es un grito, es un canto,
uno que sale desde lo más profundo de las entrañas,
desde donde se siente el hambre, el dolor, el vacío, la soledad,
un canto de esperanza, de sueños cargados en el hombro,
es el canto de tres retoños que esperan angustiados cuando el hambre aprieta,
el canto de la mujer que aguarda pacientemente el resultado de esa faena,
mientras ella atiende los quehaceres de la casa.
Cada dos cuadras suena el coro de esa canción y quien la oye desde lejos sabe que allí va un recado, un mandado o la solución de ese utensilio que falta en la casa.
Quien lo oye cerca se apresura para no dejarlo pasar y solicitar lo más apreciado de lo que lleva.
¡Escobillones!,
¡Escobillones!
A veces el canto lleva alguna otra estrofa que anuncia un nuevo recado muy necesario.
Son de múltiples colores, de formas variadas, no sé cómo hace para cargar tantos sin que se les caigan.
La doñita de la esquina les decía a los niños de la cuadra que jugaban chapita, o pelotica de goma en la calle que si pasaba el escobero le avisaran.
Como cosa curiosa siempre le pedían de algo que no cargaba.
Era más fácil y cómodo esperarlo a él con su canto afinado que ir al abasto, a si quedara a la otra cuadra.
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Fiel

Nunca ha conocido mujer más fiel,
llevan juntos más de cuarenta años
y él asegura que nunca la abandonará,
ella le ha perdonado sus más crueles infidelidades,
él sabe que ella le complace todos sus afanes,
ella conoce los deseo más pervertido y se lo complace,
conoce sus gustos, su estilo, su carácter,
las posiciones más arriesgadas ella está dispuesta a cumplir;
él le exige con vehemencias, ella nunca le ha dicho que no,
pues sabe que sin él no puede vivir,
no importa cuántas veces él quiera estar con ella,
siempre está dispuesta,
a veces se cansa él primero, a veces ella, es normal a todos les pasa,
pero asegura que nunca le ha dicho que no, cuando él la requiere;
por más desconcertante que suene
ella ha conocido sus más de diez novias, sus dos esposas, y sus tres amantes,
ha sido testigo de cómo él ha sido infiel de una con otra,
ha aguantado silenciosamente,
no se queja, no pelea, muy pocas veces se irrita,
él dice que ha querido dejarla en varias oportunidades
pero sin ella su vida no sería la misma.
se conocieron cuando el cumplía apenas doce años
y desde entonces por más difícil de creer, son inseparables;
su amor parece historia de novelas,
quizás muchos autores pueden inspirarse en mujeres como ella
su nombre es común, no es refinado, es sencillo y agradable,
su nombre es Manuela.
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Que ingrato es

Él sentado frente a la computadora
Casi siempre en la sala.
Ella persiguiendo la mugre y el polvo
Con una escoba por la casa.
Él escribiendo, poesía
o pendejadas que se atrasan.
Ella revisando las tareas
de los pequeñines de la casa.
Él se aplasta en el sillón
o se echa en la cama
a ver televisión a veces no hace nada.
Ella cocina, lava y plancha,
arregla la ropa, tiende la cama,
se esmera por que todo quede bien
desde el patio hasta la entrada.
Él se queja en las noches
cuando ella no quiere nada,
cuando el cansancio del día la derrumba
y cae muerta, agotada,
sin embargo, se da un baño
se arregla como si nada
le hace cariños, le consiente
y le atiende en la cama.
Él termina y se sacia
con el postre en la sabanas,
se duerme profundamente
en seguida le da la espalda.
Ella espera que se duerma,
en un santiamén se levanta
se da otro baño se acomoda,
va y le da otra vuelta a la casa,
se asoma, mira a los chicos,
se asegura que no pasa nada,
deja todo preparado
para el otro día en la mañana,
no se queja, no murmura,
no se altera por casi nada,
en silencio los llena de amor,
como quien riega sus plantas.
Al otro día sale él
Apurado de la casa,
como si no le alcanza el tiempo,
ni siquiera de besarla.
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Crece

Creces juguetón,
creces feliz, sin nada que te perturbe,
crece en tu capsula de la vida,
en el misterioso y mágico micro mundo del vientre maternal.
Estás como pez en el agua, a tus anchas,
aunque cada día que pasa, tu creces y tu mundo se te hace más pequeño
ese mundo, mágicamente tiene la medida necesaria para tu existencia.
Pero mañana, el día de tu salida, descubrirás un nuevo mundo.
colores, olores, sabores, sonidos y texturas te llenaran de experiencias únicas que te harán volar por las nubes de felicidad dibujadas por la sonrisa de papá y llegaras al sol radiante que te cubre y llena de energía con el calor amoroso de mamá.


A Juan Diego
30/01/2017
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Los mangos de la Plaza

De bocado, de mecha o unos más pequeños que le dicen pico de loro, amarillos, colorados, verdes o anaranjados.
Una alfombra de ellos en el suelo, otros adornaban sus copas como bambalinas en arbolito de navidad, con aromas muy variados, y sabores encantadores.
Eran tantos que podías llenar sacos en un rato que te sentaras a recoger los que caían por la mañana. Tan exquisitos que las abejas y mariposas se peleaban por extraer su dulzura.
Con ellos se alimentaban las ardillas, las iguanas, los pájaros.
Recuerdo con agrado un araguato y una pereza.
Los niños y muchas personas que por allí pasaban disfrutaban su dulzura.
Acompañaban esas delicias algunos Merecure que en menos cantidad se encontraban hacia una de las esquinas.
Recuerdo algunos personajes enajenados que solían desayunas muy temprano con los regalos que les daba la naturaleza con sus mangos.
Yo conocí a Escopeta, lo recuerdo casi siempre vestido de gris o de caquis, creo que ese era el color de su ropa o el sucio acumulado por dormir bajo los banquitos de la plaza lo hacían ver así; de barba abundante y enredada, cabello largo pero tipo afro. Casi no hablaba y su cara estaba como desencajada.
--¡Escopeta, la guardia!
le gritaban, no sé porque, solo recuerdo que si estabas cerca debías correr, pues decían que si te agarraba te podía joder.
También conocí a Juan Bimba, algo joven y alegre, salía de las misas de aguinaldo, derechito a desayunar a la plaza los mangos de bocado. No debías mirarlo muchos, pues tenía como maña escupirse en la mano y llenarte la cara con su baba, así corrieras, su escupitazo varios metros alcanzaba y su puntería era directa a la cara.
A toda velocidad venia Benito, con su caminar rápido y con mucha gracia, no se metía con nadie y recorría a Barinas y sus plazas. Como narrador de carreras le gritaban que se apurara y a él le gustaba la broma pues con afán más rápido andaba:
--Métele tercer Benito, acelera en la cuarta, ya casi llegas a quinta, corre Benito que te alcanzan.
Allí en la plaza también conocí, a Román le decíamos huele pega, pues esa droga él cargaba en un cartoncito de cuartico de jugo,
--¡Que paso my brother como es que esta la vaina!,
así nos saludaba cuando temprano llegaba, vivía a no mas de seis cuadras. Era muy conversador, hay quienes dicen que llegó a ser excelente estudiante, pero para ayudarse con sus estudios trabajando de zapatero, le agarró el gusto a la pega.
Eran los años ochenta de esa Barinas amada, donde caminabas de noches por sus calles y sus plazas, te parabas en la esquina y con los amigos charlabas hasta altas horas de la noche y a comer los mangos de la plaza.
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El café

No sé qué le ponía,
no sé qué le echaba,
solo dos o no más de tres tazas de café llegué a tomar hecho por ella,
pero eran los más exquisitos que he probado.
Mi adicción a la cafeína creció
con la ilusión de probar una cuarta o quizás la quinta taza de café hecho por ella.
Solo ese café,
el que ella hacía,
activaba mi locura soñadora,
llevándome con el aroma a tener las más mágicas y encantadoras ilusiones con ella.
Quizás ni lo hacia ella,
pues, nunca la vi colando,
quizás no lo hacia ella
pero lo servía, y eso es suficiente.
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Encuentro bajo la lluvia

Era sábado, llovía desde muy temprano en la mañana, ya era casi las seis de la tarde y no escampaba.
En un claro, de esos donde disminuye la lluvia, pero que no dura más de cinco minutos, a zancadas llegue a la parada.
Con mi paraguas desarmado, enchumbado por completo, temblando de frío, a esperar un taxi o bus que me llevara.
Allí estaba ella, con la mirada pérdida, parada sobre la banca, tratándose de refugiar de la lluvia, bajo el techito de la parada.
Piel trigueña, ni muy oscura ni muy clara, ojos café, casi como guayoyo, del que tomé en la mañana; de blusa y pantalón blanco; un poco sucio se le notaba, debe ser por el trajín, pues a cualquiera le pasa, una marusa de fique, con algunas cosas adentro cruzada por la espalda.
Los zapatos, no se veía el color, supongo que era por la embarrialada.
Con el cabello largo y un poco alborotado, aunque con una cola hizo como que lo arreglaba.
Su piel erizada hacía notar el frío que tenía, pero ella muy bien lo disimulaba.
Me parece que la he visto varias veces, pero la verdad no sé dónde.
--¿Te mojaste?
Me preguntó, con una sonrisa en la cara. Como rompiendo el hielo que nos unía y separaba.
--¡Solo un poco!,
le conteste, con tono irónico y baje la cara.
Con un suspiro me reconforte de haber llegado al lugar donde ella estaba.
Al frente la calle, hasta al borde inundada, el agua corría como un río, por la fuera que llevaba.
A lo lejos se divisa que lo que viene es más agua.
Vuelvo la cara a ella y la miro, con otro suspiro, me calentaba.
--¿Cuánto tiempo tienes aquí?,
le pregunte
--Más de una hora varada.
--¡Es tarde!,
le dije,
--Casi cae la noche y no pasa nada.
Vuelve a llover muy fuerte, parece que se rompe el cielo o se desangra.
--¡No te mojes más!,
me dijo,
--sube aquí, no te haré nada.
Sonreí, me acerque, casi me caía de la banca.
Me sujetó por el brazo, me acercó a donde ella estaba.
Me recompuse a su lado, me presente y le di las gracias.
Me impregnó con su aroma de mujer hermosa, Olía como a flores de jazmín, una fragancia suave y dulce.
Se me erizo el cuerpo desde los pies hasta la cara. Ella lo notó enseguida, con una sonrisa me miraba.
--Estoy cansada, no pasan taxis, ni buses; algunos carros pasan volando, pero no se paran.
--¿Para dónde vas? -le pregunte,
--Para mi casa, si me deja el agua; es a tres cuadra larga, cruzas a la derecha en la encrucijada.
--Voy más lejos que tú, pero caminemos, total ya estamos mojados un poco más de agua no quiere decir nada.
Abrí mi paragua, o lo poco que queda de él, la invite a refugiarse conmigo.
Casi abrazados y poco a poco, tropezábamos en el caminar.
--¡Con permiso!,
me abrazó y dijo,
--Así es mejor la velada.
Mientras caminamos, charlábamos y reíamos como si nos conocíamos desde hace tiempo.
Se quitó los zapatos, los guardó en la marusa.
Cada carro que pasaba nos bañaba.
Me abrazaba cada vez más fuerte con el salpicar del agua.
Con lo alegre que andaba y lo feliz que me hacían sentir sus palabras, poco a poco me quitó el frío con sus abrazos y carcajadas.
Llegamos a su casa, ya era de noche, parecía que había gente que la esperaba.
Me dio su número de teléfono, me lo escribió en la mano.
--¡Me llamas!,
me dijo sonriente
-- quizás salgamos en otras circunstancias.
Con un besito en la boca se despidió, no paraba de sonreír con gracia.
Me marché más contento, dando saltos de júbilo, pues me alegró el corazón esa muchacha de la parada.
Cuando llegue a mi casa ya era tarde, gracias a Dios escampaba, pero se había borrado el número de mi mano.
No la vi más, la he buscado por todas partes, nadie da razón, nadie sabe nada.
Han pasado varios días, quizás dos o tres semanas, hice el recorrido, caminando desde la parada a su casa.
Toque la puerta, nadie salió, fui varias veces, ella no estaba.
Pregunte a una señora que en la ventana se asomaba,
le conté toda la historia de esa tarde.
--Yo lo recuerdo a usted joven, ese día bajo la lluvia, sólo, reía y caminaba.
Ella me decía que yo parecía un loco, pues al parecer con alguien hablaba.
Pero en realidad todos veían que yo solo andaba,
--No, pero si allí vive ella, en esa casa rosada,
--No hijo, allí no vive nadie, tiene más de tres años abandonada.
Quede impactado, entré en shock, con las palabras de la señora de la ventana, no creía lo que decía, la verdad, no entendía que pasaba.
Seguí buscando y preguntando y no conseguía nada. 
Las respuestas coincidían con la casa abandonada.
Hoy, han pasado más de 10 años y no se con quién caminaba, no sé quién me ilusionó, bajo la lluvia.
No dejo de pensar en ella, cada sábado voy a la parada, antecito de las seis de la tarde, con la esperanza de encontrarla. Hago el mismo recorrido, bajando hasta la casa rosada.
Hay quienes dicen ¡pobre hombre!, se enamoró sólo, en unas cuantas cuadras,
de una muchacha que no existe, quien sabe que espanto lo desanda.
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Sus labios tiemblan entre los míos

La conocí esa noche en la fiesta del pueblo,
estaba sola como esperando,
como buscando quien la invite a charlar, a bailar o a tomar,
no más de tres horas tomamos y bailamos,
me invitó a subir la colina para apartarnos de la algarabía.
Veo la luna sentado a su lado,
la noche es oscura solo esa luna la ilumina,
el silencio hace placentero el momento,
un viento suave acaricia su piel,
mientras con mis brazos la abrigo,
señala el cielo con su dedo delgado,
fugas va volando la estrella en el firmamento,
con más intensidad brilla la luna como mirando con ternura
aquella pareja que desde lejos la contempla.
En la colina, arriba el cielo, no tiene estrellas,
abajo el pueblo, en la oscuridad y las gruesas nubes
parecen cocuyos sus luces que alumbran sus calles,
en la distancia apenas se oye la alegre música.
Su espalda tendida sobre la hierba,
me inclino sobre ella buscando su cara,
con un beso en su frente, interrumpo su mirada,
que algo extasiada contempla el firmamento,
con otro beso en su boca atrapo su aliento,
que desde ese momento en mío lo convierto;
sus ojos brillan como la luna llena;
sus labios tiemblan entre los míos,
mi lengua descubre las perlas de su boca,
y se encuentra con la de ella con aroma de rosas,
me abraza con fuerza me estruja hacia ella,
no veo su cara mi sombra la tapa,
me muerde los labios, los aprieta con fuerza,
al principio me gusta, después me molesta,
me busco zafar de su boca inquieta,
ya no es aroma lo que sale de ella,
parece azufre lo que respira,
de un salto grandote me paro enseguida,
aun en mi cuello ella se encuentra colgada,
como muñeca de trapo la tengo guindada.
No sé cómo lo logro, pero con fuerza me escapo,
corriendo bien duro colina abajo,
me caigo y volteo parece me sigue,
me levanto ligero, un grito espantoso me asecha,
quiero gritar, me siento mudo, y empiezo a llorar con exasperación,
mientras sigo corriendo con desesperación.
Hoy cuento la historia y la cuento de broma,
allá en la colina bese a la Sayona.
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Desde mi Ventana

Allí estas tú, sola con tus plantas.
Inicias con las calas, paseando por los lirios, te entre tienes con las rosas, mientras juegas en la grama con las verdolagas rojas, azules, amarillas y moradas.
A veces quisiera ser Tomas, ese gato blanco de manchas oscuras que te observa de cerca, encaramado en la enramada moviendo su cola lentamente, esperando que lo llames para acercarse a ti y jugar entre tus piernas mientras acaricias su espalda.
Con cada sorbo de café que tomo pausadamente, me deleito de ese paisaje que me regalas.
Hoy llueve, arranca el invierno; ya no te veré en las mañanas, solo me queda esperar el próximo verano para tomar el café mientras te contemplo desde mi ventana.
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Que grande eres Poeta

Como el metal precioso
en manos del orfebre
pasaste por el crisol
donde fuiste liberado
de cualquier impureza
que pudiera corroer tu alma
y no conforme con eso fuiste a sembrarte en las montañas
para convertirte en el cóndor que alza vuelo por la majestuosa cordilleras andinas,
desde la Patagonia Gaucha de Perito Moreno,
hasta los verdes paramos de tu hermosa Mérida querida.
Que grande eres Poeta, trascendiste más allá de lo comprensible,
hasta la vida siempre.
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Viento de cambios y esperanza

Con las lluvias de mayo se regaron las esperanzas
la ilusión volvió a florecer
los sueños retoñaron
el arcoíris de la alegría se vió de nuevo
el río volvió a su cause arreglando el entuerto
aunque el cielo esta oscuro por las nubes del aguacero
allá se ve un claro que anuncia la calma en el pueblo.
las aguas por las calles lavan las tristezas
llevándose las asperezas, de los encontronazos de quienes piensan diferente
el verde de los campos florecidos son señales de la prosperidad que inicia de nuevo
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Aquel mango complice

Bajo el mango de la esquina,
entre la sombra de sus ramas,
descubrí el sabor de tu boca,
aquel sábado que regresábamos de la fiesta,
con el frío de la noche,
unas cuantas copas de licor corrían por nuestras venas,
mientras jugábamos a abrigarte con el roce de mis manos sobre tu espalda,
nos detuvimos allí, donde la oscuridad era más intensa,
nos miramos fijamente, se detuvieron las sonrisas,
tu boca en la mía, la mía en la tuya,
mis manos recorriéndote,
las tuyas tratando de detenerme
pero como quién miente y quiere que continúe,
sobre tu blusa notaba dos misiles apuntándome,
tu respiración se acelera al ritmo de la mía,
aunque hace frío, sudamos,
no hay obstáculos para mis manos que rozan cada parte de tu cuerpo,
pasan los minutos en la oscuridad cómplice de nuestro juego,
recorro tu cuello, tratando de bajar,
tu blusa me detiene, la quiero rasgar,
no hay palabras, me pides más,
con habilidad de contorsionista
logro acariciar los misiles como tratando de que no exploten,
pero se siguen calentando,
mi pierna entre las tuyas presiona con fuerza,
mientras nos deseamos,
trato de abrir el botón de tu pantalón
que frena mi avance hacia una posible embestida,
no quieres pero me dejas, luchamos, bailamos, jugamos,
aunque sin palabras, dices no, digo si, decimos si,
pero un soplo de aire fresco matutino nos detiene,
con un suspiro profundo reaccionamos,
el cielo enrojecido anuncia el amanecer,
lamentamos las circunstancias que no nos permiten más,
con un apretón de manos sellamos el compromiso de volverlo a intentar,
con sonrisas de placer nos arreglamos y marchamos.
Después de varios pasos con un beso en la mejilla
me despides desde la puerta de tu casa.
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