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Mi compañera (sombra de luz)

Nos esperan las peñas de un otero,
colinas templadas de alboradas.
Será largo el camino;
los pies nos moverán
arrebatados por su música,
acogidos por esta tierra cautelosa
e imantada por milenios.

Herederos de letargos
despertaremos al andar,
cansados pero plenos
cuando alcancen nuestros ojos el ocaso.

No aceleres,
los bosques no reclaman nuestra prisa;
en su canto nos alertan,
en sus troncos nos sonríen.

Despacio, no aceleres.
Las fuentes nos contagian de sonetos.

Despacio, aún más despacio.

No olvidemos que el camino es llanto y alegría,
son helechos acoplados a la piel,
es el manto dibujado por el musgo.

Sin urgencia.

Es el tiempo por si mismo desplazado,
es la niebla que pronuncia nuestra boca.

Solo nosotros y las montañas,
entre el aroma del brezo,
y tú a mi vera,
siempre en mi orilla,
consejera en el caminar eterno,
mensajera de mis sueños.

Surges entre los días
de los verbos imperfectos
desde esta ladera que atacamos,
tú y yo,
almas conscientes de nuestras huellas.

Conjugas constante mis pensamientos,
mis pasos lentos,
sigues mi ritmo.

Solo nosotros y la montaña,
y tu a mi lado,
acompasando cada revuelta,
cada murmullo,
y siempre al frente desde los pies.

Mi sombra larga, mi compañera,
mi amiga siempre,
mi parte eterna.
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Ante la mar

Ante la mar crecerá nuestra osadía,
ensartaremos
un inciso en el diapasón de las mareas
para con sabiduría
ser sembrados como cultivo de lunares
sobre la ignorancia de los surcos
de nuestros cuerpos,
hijos de las noches de la clarividencia.

Ante la paz de la mar serás la lavandera
de mi memoria pusilánime,
el aderezo vital de mis neuronas,
enigma que habré de descifrar
cuando dentro de ti me cense,
cuando me haga residente permanente
de la cara y de la cruz
hacia las que orientas tus ventanas.
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De repente (segunda parte)

Nunca entenderán
que mis mañanas y tus noches
se unieron en amor que todo lo confiesa,
que todo lo derriba
entre horas cortadas por las nieblas
o con mis flores de verano,
con la canción que,
-"de repente"-,
me entregaste envuelta con tu voz
de madrugada de desayunos cálidos
entre el frío de Diciembre.

¿Y qué más da si no comprenden
que a través de este espejo hemos llorado
tú mis sonetos,
yo tus vasijas de duelos
rotas en el confín de las tierras
un día de volcanes fúnebres,
día en el que excavaste un pozo,
profundo como tú misma,
hasta recoger en él
todo el dolor y todo el amor muertos
en los años de tu guerra hermana?

Del poemario CANTOS DEL LLANO (en llamas)
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De repente (primera parte)

Y aún nos niegan,
dicen que no fue cierto,
dicen de nosotros que no fuimos sinceros,
y lo cuentan aquéllos
que confunden su egoísmo en piel ajena,
en sus noches furtivas
de manipuladores arteros besos,
lo dicen quienes todo lo creen tener
sin conocer sus deudas y miserias,
nos juzgan los que agotan
su roce con mentiras
hasta convertir su piel
en pellejo triste y cuarteado,
los que se flagelan
culpando a los demás de sus despojos.

Nunca sabrán que solo diez minutos
de trino acompasado en verde arena
nos bastaron para encontrar nuestra verdad
en un distanciado despertar de Julio,
lloviendo y viendo resbalar
la luz sincera de tus ojos negros,
ciento veinte segundos
que acortaron con sonrisas
miles de millas de océanos y cordilleras
con mi fuego y con tu aire
agitándose y creciendo
en la resurrección de las estrofas,
remolinos haciéndose piruetas en mi frente
con la fuerza del Sol de tu sabana
y mis montañas.

Del poemario CANTOS DEL LLANO (en llamas)
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Las puertas de mis noches

Llegará el día
en el que habremos de abrir las ventanas,
cambiar el color de las paredes,
y emplazar nuestros pasos
para que nos lleven hasta alcanzar
las puertas sabias.

Y, tú, callada, lo sabes,
silenciosa lo aceptas,
sombra de vida que en mí se apoya.

Y ahora,
que quizá me escuches tan lejana y tan cercana,
sabrás que por momentos me temblarán las manos
al rebuscar en los bolsillos las llaves revoltosas,
sabrás que me costará escuchar el tiento
de tus pies resbalando aquí,
a mi vera,
cercanos al felpudo que nos dará la bienvenida
entre el grito de las dudas de bisagras.

Sabremos de lo cotidiano
transformado en sacrosanto,
de lo que no se pronuncia y se conoce,
del cénit revolviendo
las cortinas de nuestra habitación,
y podremos abrir el cajón donde se engendran
los nombres secretos de nuestro despertar.

Sabremos atar entre las sábanas los cuerpos,
arder en la paz
de nuestro sofá ilimitado de destinos,
extender en las alfombras
lo mucho que nos queda por nacer,
sujetar tejados en las noches de los vientos,
cultivar en mil macetas el jardín
que descubra nuestra piel y nuestros rostros
abonados con la luz,
sembrados con la ternura del arraigo de la tierra,
regados y regalados de deseo.
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Tu retrato

Imagen desteñida en blanco y negro
de niña triste de mirada triste,
de tristeza que no te abandona,
de niña hermosa
que se ahoga en sus derivas.

Alcanzas tu escollera en un dibujo,
en la tinta del amor de quién escondes,
te alcanza su alma desde lejos,
te sorprende
navegando en blanco y negro,
compartiendo como antaño,
como siempre,
siempre amando entre silencios.

Huyes para buscar en tu camino,
huyes para encontrar en el dilema
de tus flores que alguien siembra,
alejado en blanco y negro,
la presencia requerida de tus cienos.

Tus ojos se conforman con el miedo,
se disgregan oscuros en las noches.

En blanco y negro,
dibujada entre los grises del pasado
aún presentes en reflejos de tu lago,
en tu montaña y en tu frente.

En tu cabello en blanco y negro
tu tristeza,
enojos desteñidos,
el amor que balbucea,
se va, se queda,
clavado en ti,
en blanco y negro.
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Somos todo

Aunque nada somos
todo lo decimos
bajo el manto de momentos breves
de suspiros y de silencio,
en esos instantes de despedida
en los que regresamos
cada cual a su sendero obligatorio,
tras inflarnos de intuiciones
y de explicar con un abrazo
(y con un beso)
la magna luz de futuro
que nos ha unido para siempre.

Por la ladera cauta de la vida seguimos,
rodando ambos,
sin exigirnos ni claudicar,
conformes con aprender a ser poco
para serlo todo
desde la coherencia vibrante
y el matrimonio de las miradas,
sin lastres en la conciencia
ni apellidos
con los que disfrazar el corazón.
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Descalzo

Descalzo en esta tierra,
con mi equipaje cada día mas liviano,
me dirijo sobre la paz a mi destino.

Mis ropajes van cayendo,
desgajados,
desnudo voy quedando frente al mundo,
me sumerjo sin pasado
en los márgenes profundos de mi gruta.

Me respiro en cada instante.
me conozco,
me descubro,
en canciones que el silencio me interpreta
como nanas de mis noches de vigilia.

Y estos dedos,
heridos de palabras,
revierten el dolor en esperanza,
con tintas indelebles se conmueven,
y estos pies,
descalzos en la tierra,
en arado fuerte se transforman,
remueven nuevos surcos de presente.

Con los ojos enfocados
cara al frente
continúo caminando sosegado,
enfrentando las verdades de mis años,
disfrutando de la vida que me alcanza.

Pues mañana me espera la distancia,
la lejanía,
el frío en la mañana,
el calor del mediodía,
el pasado que se queda a mis espaldas.

Mañana será otro día
de dolor y de placer en mis sandalias.

Un infinito de pasos nuevos
sobre calzadas,
entre viñedos,
sobre el asfalto o la piedra ennegrecida
por los pies que la han surcado.

Mañana será madrugada iluminada
entre pinos y castaños,
oficio de luces y de lluvias
bordeando con la aurora los peñascos.

Mañana,
entre mis brazos,
acogeré al Sol y a su silencio,
cantaré en sus huellas la esperanza,
abriré entre prados
nuevas nieves y senderos,
en el vértigo de saberme renaciendo
tras romper con los círculos pasados.
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Susurros

¿Por qué nos puede
la obsesión de gritarle al Mundo
si al final ese aullido se devuelve
repitiéndose en un eco
de la ira?.

¿Por qué azotamos
las esquinas de nuestro furor,
heridos de compases desabridos
de afonías?.

Licenciemos las carencias
pronunciadas entre dientes,
conquistemos en silencio
la templanza.

Transformados en susurro
descubramos en las voces
la plegaria que libere los corceles,
imploremos el perdón
al conocer la ausencia
internándose en los ojos
y en las bocas,
el sonido suave de una frase
y el candor de las aguas
que se escurren,
tibias, claras,
en la fortuna de las rocas.

Seamos silbido de los grillos
resbalando sobre tardes de verano,
voz en paz que pronuncie
en lo lejano
las raíces y prefijos del amigo,
sin volver jamás a retorcernos
desde los claustros grises
de la furia disuelta entre las grietas
que elegimos por guarida.

Seamos el secreto abierto
esparcido por la quietud
en los acentos
de nuestras nubes y sus brisas.
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Tu regazo

Quiero encajar mi vida en tus bocetos,
ser pluma que, volando a tu regazo,
se agite al remover con nuevo trazo
el último confín de tus secretos,
crear entre tus labios los sonetos
mecidos con amor por nuestros brazos,
unirnos en el lecho con los lazos
que has tejido en telares recoletos.

Escribiendo contratos impacientes
sobre la blanca piel de luna llena
devoremos su arena con los dientes,
granos del deseo en las corrientes,
simiente complaciente de la avena
de esta canción de amor de Sol naciente.
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20comentarios 132 lecturas versoclasico karma: 107

Caligrafia

Hay tantas cartas que he dejado de escribir,
tantos lienzos blancos
en los que no tracé mis pinceladas,
y tantas puertas que no me atreví a cruzar.

Humano fui cuando temí
abandonar este rincón que me otorgó mi suerte,
donde cobijjé los resortes de mi azar,
y la calidez socialmente aceptable
de esta civilización de mentes diminutas.

Humano me acepto
me reconozco humano.

¿Pero es Humanidad aquélla que se duerme
orgullosa de sus fallos?

¿Dónde encontrraré la caligrafía de los sabios?.
¿Dónde se conserva
la biblioteca que nos conceda la visión
de nuestro paisaje interno?

Como humano he soñado paraísos,
y aún los sueño,
pero trato de escapar del artificio
para no ser devorado por avaros
que redactan credenciales de dominio
sobre nuestras frentes,
en nuestras manos,
con su letra nerviosa y humana tinta roja,
tan humana como nuestra esclavitud
de obra y pensamiento.
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Archivos y presagios

Huele, observa, escucha,
calla entre el Mundo.

Espera,
camina el delirio.
capta el hierro de los truenos,
siente el hormigueo
de la arena ante tus ojos,
observa cómo medran las hojas,
escucha su diapasón;
crecen.

Resbala,
rueda colina abajo,
llena tu espalda de tierra,
tus pies de polen,
tu cabeza de lodo.

Ensúciate de pureza.

Respira,
respira hondo el aroma
de la sombra de la Luna,
estornuda hacia el Sol,
cuenta estrellas.

Pinta en tu memoria cada escena
con brochas de nubes,
de lluvia y aire,
llora lágrimas de mares,
atrae con tu llanto de sirenas
las algas a la costa
de las palmas de tus manos;
áselas,
regálaselas al caminante
que encuentres en el sendero de olas.

Ahora habla,
habla ante el espejo del arroyo,
di tu nombre;
verás las palabras girar,
alborotadas,
danzando sobre la piel del agua.
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Siete años y un día

Desvanecen trasgos tras de las paredes,
las brujas reniegan de crear ungüentos.

La infancia se borra en chistes y cuentos,
al lado del fuego,
que el abuelo narra volando los dedos
sobre las hogueras en noches eternas
de eternos inviernos.

No queda en el pozo de antiguos deseos
el berrido grave del arado huraño,
ni tampoco lluvias mojando la paja,
salpicando el tiempo.

Por los setos verdes de su vieja aldea
despacio se van las viejas leyendas
hechas un ovillo,
dentro de maletas que corren, huyendo.

El acero espera mutilando orgullos,
quemando abandonos,
calzando zapatos de suelas de goma
ante escaparates de reflejos grises.

Se olvida en aceras la presencia clara
del río vibrando,
el acento dulce de viejas canciones
que arrullaron nidos.de pájaros blancos
entre los pinares.

Gobierna su aurora el humo escaldado,
sus tardes sonidos de metal rugoso,
se esparce en su oído infierno de voces
que apuran relojes.

Corre hacia la escuela con la prisa lenta
de libros que pesan sobre la conciencia,
y cierra sus ojos a la algarabía
de trotes urbanos que violan los días
de días hermanos de vientos revueltos.

Se muere la infancia prematuramente,
madurando a golpes
de bombillas rojas, amarillas, verdes,
que habitan el alma muerta y revoltosa
de calles gastadas.por pies insurgentes.
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El recuerdo de tus líneas

Tras nuestra cárcel
y tantos muros
estaba el gran jardín atemporal,
donde las aceras florecian
y los árboles nos hablaban,
a través de la caricia de la savia,
del sinsentido sabio de su corteza.

Fueron tuyas
todas mis lunas de junio,
regalo en la candidez de tus cejas,
mi presente la desnudez que me rogabas,
fuimos el poema de bienvenida
de todos los hechizos,
de todas nuestras patrias,
y nuestros pies una petición de auroras;
mientras avanzaban
como galgos en la noche
dejaba yo en tu risa uno de mis susurros,
un verso anónimo recitado por los dos.

Era tan delgada nuestra línea del deseo,
tan sutil nuestra frontera del placer,
que los árboles escribían,
día a día,
nuestra fidelidad sobre la piel del Sol.
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Luna de guadañas

Una noche me sonrió la Luna blanca.

Desde su cara oculta
oculta sentí la invitación de la guadaña,
el brillo atrayente de su plata
esperando afilada para mi,
predispuesta entre las sombras
a responder con sus rescoldos de violencia.

Guardé en la gruta de mis dudas su pregunta.

Me respondió la voz que suena
bajo el umbral de mis portales,
la que pronuncia el nombre
de los amaneceres en mi almohada solitaria,
aquélla que le grita en su enojo y su cariño
al alma grande de hombre pequeño
que aún no concebía en mi.

De su furia nació la persistencia
de nombrarme como soy,
humano aprendiz de las memorias rotas,
tránsfuga de mis cadenas.

Yerto he sido en las pasiones,
intenso e huidizo,
mil veces arrogante,
triste he sido para afrontar mis huellas,
mis surcos en labradíos inconclusos,
pero ahora sé que amo,
aunque entre tantos juegos
haya calcinado otros tantos sueños.

Ahora sé que no me iré,
aún no ha llegado el día de partir
de esta Tierra que pretendo
asaltar con mis pasos de ermitaño.

Me esperan las pisadas del silencio
de mis temores y terrores fríos,
pero al tiempo la fe
para transformarme en cuerpo fiel
que apriete los dientes y las manos
cuando el miedo los asalte,
me espera la vida completa con sus letras,
con mis versos no nacidos,
guardados en estancias de mi alma.

Queda tanto por contarme,
por contarte, por contaros,
tanto como el tiempo de todos los Abriles
que han de florecer de nuevo,
queda el llanto que me espera
cuando no me escuche,
cuando no te escuche,
cuando me extrañe y te extrañe,
pero desplazaré esta montaña,
rígida roca que me linda,
hasta renacer en la cordura
de olvidar el pensamiento
y crecer en mis incendios.de ser pleno.

Pleno ser,
habitante en instantes de sus lágrimas,
de la lluvia que de mi brote,
necesaria redención de sal y de cristales,
plena vida,
deseada en el contraste de los mundos,
aceptada en mi sonrisa,
en tu sonrisa,
en la risa que a todos nos escueza
como patria completa de hermandades.

Arrancaré la corona de espinas
que yo mismo clavé sobre mi cráneo
en algún día de mi infancia nómada,
sangraré por mi costado,
abierto el corazón,
perdonando y perdonado,
honraré mi pasado y mi presente,
mi sentir, el tuyo,
el nuestro.

Seré amante desde este fuego intenso
que me roce,
que nos roce y que nos sane
transformado a través de la palabra nueva
que prometo pronunciarme
y pronunciarte.

Amar, amarme,
amarte,
conducir en mis mareas este barco,
dejar de naufragar en mi desidia,
abarcar en la mirada la piedad,
la comprensión de tu fuerza y de la mía,
gritar, llorar, reírnos,
habitantes de esta huerta
que adivinan la cosecha
de los frutos que sembraron.
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Nana del niño sin sombra

Nunca fue ni sutil ni firme
su silueta gris,
ni nadie nunca le contó
donde habían ocultado los brujos
el brebaje que le concediese la alegría.

Su instinto de niño sin sombra
le citó antes de nacer
con el porvenir perdido y recostado
en una cama de tierra
y le habló de hojas blancas,
las que en algún momento
habría de reunir
para hilar
su traje de futuro adolescente,
el uniforme del miedo
para sus quince años tristes.

Fue su sangre
gratuito y adoctrinado territorio
de los traficantes del veneno,
fue la locura de mil bayonetas,
un encerado
dibujado con la superstición de un subfusil,
ilusión perdida entre un juego de batallas.

No le permitieron ser hombre;
fue mercancía esclava en sus manos,
carne vendida a las balas crueles,
sin nombre ni tumba,
bajo el aire muerto del árbol del odio.
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Jardines

Tras nuestra cárcel,
tras sus muros,
está el gran jardín atemporal
donde las aceras florecen
y los árboles nos hablan,
con una caricia de su savia,
como el bautismo sabio
de nuestra corteza.
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Mujer

Edúcame, mujer,
en la experiencia de tus fuegos,
vierte sobre mis labios el calor
de tus aguas de abril en oleadas,
grita con los dientes apretados
tu furor y fiebre generosos
de hembra sin cadenas.

Sumérgete, mujer,
en el temblor de mi alimento,
transformando tu boca en una luna
de mis venas plenas llena,
nútrete con mis aullidos inundando
el vergel de tu garganta.

Entrégate, mujer,
arañando con tus uñas mi poder,
vulnérame sin temor a vulnerarme,
escribe tu relato inconfesable
en mis huesos aturdidos
al contacto de tus huellas.

Rebélate, mujer,
en nuestra voluntad de los Cantares
repletos en tu pecho con la miel
resbalando salvaje por tus senos
de gacela que cazador persigo
acuciado por entre los olivos.

Tiéndete, mujer,
sobre mis prados de verano,
libre tu cabello hacia mi pecho,
canoso en el ardor que me transfiere
tu candor de amapola desbocada,
entrégame tu vientre,
y mírame a los ojos floreciendo
cuando rompas tus barreras
entregada a los indicios de los tiempos,
al inicio que fecunde en el azar
con nuestro pulso encabritado
el impulso del azahar en nuestras lenguas.
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Círculos en ti

Te recuerdo
envuelta en el compás de lejanas viejas danzas,
te recuerdo en el vaivén
de nuestro mar de aquellas noches,
en el temblor de nuestros labios sobre Enero,
como la bailarina de una cueca lejana,
agitando tu pañuelo blanco para atraer la vida,
atravesando las claras arenas
en nuestros días de fugas,
corriendo sobre parques empinados.

Te recuerdo
en los minutos que vivimos entre ondas,
que nos vieron compartiendo tu gozar,
que encendieron el fuego adormecido de tus leños.

Contigo cerré los círculos
que otros tiempos pasajeros abrieron en canal,
en ti resonó la firmeza en las palabras,
la sonrisa nos hizo canción,
el placer retornó en el roce de tu pelo,
en tu cuerpo menudo,
sobre tu piel dorada de mestiza infinita,
en nuestros poros de años dormidos.

Crecí contigo,
acrecenté con mis manos tus caderas
en la intensidad de cada asalto,
en cada lucha de ardores que libramos,
combatientes encerrados
sobre una cancha de almohadones.

Tu mirada, mi mirada,
mi deseo, tu deseo,
cada instante acompañado
de la ternura transformada por la euforia
de las estrellas derrotadas en los labios
de nuestra lujuria sin tregua.

Como niños que despiertan nos buscamos,
persiguiendo con caricias
el huir de todo miedo de futuros
y escribir entre cien noches mil poesías,
confesar sin cobardía nuestro ayer,
redimirnos abrazados,
unidos y desnudos de temores.

Y me bebí tu esencia,
y nómada te fuiste
hurgando en las razones de tu marcha
a diseñar la vida en el Sol lejano de algún Sur
de erizada sangre bereber,
mientras mis círculos se abrieron
en este Norte de árboles y esencias.

Se han caído las penas,
y nos dejan la añoranza
de la unión de nuestros pechos,
nos dejan la distancia
sin ruido ni clamor ni soledades.

Todo pasa y todo queda.

Te recuerdo,
y guardaré en mi memoria tu presencia,
la pasión de nuestros cuerpos,
el valor de esos instantes de renuncias.
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Ocho de marzo

Retenías,
dentro de un reloj
enterrado entre tus paredes,
el temor veloz a los segundos,
pretendias amputar,
de sus agujas negras,
el ruido y el monótono compás
con los que cada día
se aproximaban las ocho de la tarde.

Temías su entrada
hacia la cárcel que era tu vivienda,
exudabas miedo
ante el contoneo de sus llaves,
en la reiteración nocturna
de su frustración en un portazo,
temblabas ante sus palabras
prestas a quebrantar como espuelas
toda compasión,
toda ternura,
temblaban tus oraciones
entre el silencio acuchillado
por cada una de sus frases,
navajas afiladas en su boca
con las que hería las velas de tu barco
para privarte
del derecho a navegar.

(Y cada noche las sábanas
eran mortaja humillante,
un mordisco frío que helaba tu aliento).

Esta tarde de marzo
has roto la esclavitud de las esperas
con dos gritos,
dos racimos verdes
regados durante largos días
con lo más añejo de tus lágrimas,
has preparado un equipaje de suspiros,
y dejado a tu espalda
aquella puerta de cerrojos abrasados.

Has asaltado las calles
dispuesta a buscar otra vez tu sol
y a madurar tus uvas
en la gratitud del aire diáfano
que durante tanto tiempo te negó
la crueldad de las palabras acopiadas,
por su furia,
en un rincón de tu conciencia.
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8comentarios 111 lecturas versolibre karma: 98