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Entre páginas blancas

Entre las páginas blancas
descritas en la espuma
con la que corriges el litoral del futuro
te vas transformando en los días del mar
que yo quisiera rubricar con versos
en cada una de tus marejadas,
en cada uno de mis temporales
y en nuestras tardes de paciencia.

Otros días soy yo el que decora,
con la sobriedad de las palabras frágiles,
los millones de piedras de este camino
que voy pronunciando
con el ardor del peregrino en los pies.

Y sabes que hablo para ti y por ti,
que por ti callo también
cuando pido escuchar en mi oleaje
la pureza de la voz de tu llanura,
o cuando me voy sin hacer ruido
con la intención de que adivines
que en mí el silencio
es una lección permanente de esperas
entre el viento salado del Norte,
con el afán de convertirme
en una serenata timida
extendida entre tus aires del Sur.
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Un fiero tango

¡Cuántos son los días de nuestra espera,
cuántas nuestras noches de espaldas incendiadas,
cuánta la lluvia clavada en mi frente
y entre tu cabello de azabache!

Cuando me anuncias
la avenida anhelada de nuestra noche
logras que mi cuerpo tiemble,
que se inflame ante el desfiladero de amor
descrito en el rubor de tus senos.

Y me conviertes en el hombre que esperas
cuando descubro la alegría
en el fuego de tus ojos,
cuando me acechas y me dictas
la franqueza y el vigor de mis manos,
nuestra conjunción hecha suspiro.

Crecen nuestros cuerpos como en danza
sumados en los poros,
multiplicándonos en los minutos,
con mi cincel depurando tu mármol,
esculpiendo en tu cintura
un collar de sortilegios raudos.

Me reflejo en tu piel cuando filtramos el aire,
cuando crecemos haciendo pender las palabras
en el huracán del tacto,
aprendiendo a ser premeditación de llamas
en la voluntad de nuestro insomnio.

Y narramos a gritos la impaciencia,
le contamos al fuego un tango,
lo almidonamos con las caricias,
con el incendio provocado por tus dientes
y con mi espalda recorrida
por el caminar especiado de tus uñas.

Después nos hacemos silencio,
complicidad entre calor común y somnolencia,
con el azabache de tu mente
reposando en mi pecho adormecido
por el fiero tango de tus dedos.
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En la orilla

El viento es una duda,
la brisa su sonrisa.

El viento derrumba muros,
la brisa los acaricia.

Sigue el aire
cumpliendo con su labor
sin sospechar el mensaje
que entre sus lluvias anida.

Sigamos pues,
de pie,
ante la orilla del viento,
cansados,
cordiales,
sin prisa.
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Por si regresa

Nuestras vidas son un paseo
debajo del chaparrón
de la madrugada de un viernes,
un martes de muros expuestos
al sol de los lagartos,
y un domingo de esperanza
para caminar sobre los puentes.

Somos un jueves
solitario entre la niebla,
de nadie dueños y aún menos siervos.

Mejor dejemos que el amor
despacio nos deje espacio,
que se nos vuelva mudo
por si un día decide regresar
a nuevos cauces,
cuando sea el agua clara
que pueda sanar las raíces
de un árbol compartido,
para crecer sin heridas
y alimentarse de paz
en nuevos tiempos esperados.
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Haiku

Alba serena
en los árboles teje
el nuevo otoño.
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Sin dueño

Solo soy un hombre
entre la niebla solo,
de nadie dueño
y aun menos siervo.
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La fórmula del aire

Y sigo soñando
que te sueño a cada instante vivido y por vivir,
en cada tiempo adivinado en tus señales.

Pues son tus brazos la fórmula del aire,
el grito y rito recogido en los jardines,
la disyuntiva que se acerca a mi avenida
con el acento cantor de tus naciones,
pues eres vela en mi retiro de ermitaño,
el río calmo que no cesa en su carrera,
y henchida con dulzura y con calor
derramas con tus pasos la ternura
de tus huellas crecidas en las cumbres.

Brillará tu piel envuelta con mi fuego
en la caricia de tus rayos y mis lunas,
capturando en los candiles de la noche
un bautizo de pasiones,
abrazadas nuestras almas
para celebrar las madrugadas victoriosas
y entregarnos cada día al nuevo vértigo
flotando en los archivos olvidados,
porque sabes que tu voz se hará soneto
que recorriendo cien mil aires vibre,
porque sabes que tus pies serán raíces
que asentarán la anciana tierra
bajo el olivo que nos invitará a soñar.

Pues siempre estás,
porque te siento como rumor de bosque
en los momentos en que mi caminar reposa,
y pues no quiero que te apartes
de mis caminos azules de esperanza,
con la garganta abierta a la poesía
te he aclamado entre las calles de diciembre
llamándote, cubierto por la escarcha,
por tu nombre de retamas y de flores,
pronunciando tu aroma y tu mirada.
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Me pregunto

Sé que tú,
mujer tendida como una isla entre las aguas,
amante de la brisa y de las risas
de las tardes de este Norte embravecido,
estás cercana, como en espera,
presente y prudente ante tus cercas abiertas,
ausente en tu retiro de viejos barcos y de bosques,
y yo,
aquel que tanto ha divagado
vagando envuelto en sus sábanas de versos,
me pregunto si una tarde del verano
que albergando la esperanza nos acecha,
dejarás tu rastro en las llagas de mi cuerpo,
y alcanzarás a descubrirme
renaciendo en la nobleza de tu seno,
sobre tu madurez de guardiana de mis llamas.

Yo pregunto
se desearás expresar sobre mi pecho
tu deseo abierto como esclusa incontenible
del amor que se libere
en mis canales y en los tuyos.
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Un paraguas para dos

Luna llena en Leo,
fuego, lluvia y viento.

Nos protegemos
bajo un pequeño paraguas
que nuestra fiebre contempla
tras tantos años perdidos
en nuestras ausencias fieras.

Buscan tus labios mis labios
llamándome sin sonido,
y de nuevo me despiertas.

Y yo despertando,
y tú reviviendo
con el aire que se agrieta,
que la pasión agita
en nuestros pulmones locos.

Otro beso me pides
mientras me abrazas;
yo me detengo,
y otro beso nos une,
repleto con el deseo
del alma y cuerpo,
con cuerpo para sentirnos,
con alma para ser libres
entre libros del otoño.

Miramos como salpica
el agua de nuestro enero
este sendero,
mientras tu pelo acaricia
el destino de mi rostro.

Lluvia, viento.

Se diluye este paraguas,
bandera en vuelo,
más allá de los velos
abiertos por nuestras lenguas
en nuestro encuentro.
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Ayer

Ayer sentí una rosa
sobre el lienzo de tu voz,
mis tímpanos por tu pincel cubiertos,
sentí reconocerme
en tu vibración sincera envuelto.

Ayer, en volandas, a sabiendas,
se abrió una puerta para el encuentro
de las palabras postergadas,
un caudal previsto en el río del destino
y en líneas despiertas en los planetas
para la sucesión en procesión verbal
de nuestros viejos átomos
recopilando ideas.
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En uno de esos días

Hoy es día en que me siento
tan cobarde y tan esquivo
que ni me atrevo a pedirte
que me arropes en tus brazos,
pues temo herir tu conciencia
con mi rabia y mi desdén.

Es día de un grisú cautivo
para escapar de los temor rancio,
de éstas mis ansias confusas,
y acogerme en la disculpa
de mil rimas anticuadas.

Es día como minuto respirado
con el afán de ser el último
que le robo a mi garganta
como el bárbaro que soy,
como niño temeroso de mí mismo,
es día del adulto huido
en cada palabra construida
con el sonido de mi pereza consciente,
labio abierto como puñal gastado
en el hollín de los silencios.

Hoy es día ausente
de mis pies que cortan nieblas
en el que mi frente ardiente
se vuelve cera,
se obstina en pensar lo impredecible,
se pierde, se encuentra,
se vuelve a perder
buscando entre las palabras llanas
aferrarse a sentimientos que no llegan.

Y me he ocultado,
y he cerrado las ventanas,
he subido a mi tejado de tristezas,
he querido renunciar
a todo lo sentido y por sentir.

Y a pesar de la belleza de los campos,
de la canción que me regalas,
soy pájaro herido en la distancia
enfermo por las sombras
recitadas entre el Sol que no se acerca
y la lluvia que susurra
su franqueza y su llegada.

Mas no temas,
mujer de nombre de arena
y acento de sal de Atlántida,
no temas por mis ausencias,
no te preguntes cuando me esfumo
qué es de mí,
dónde y por qué me oculto.

Huyo de los miedos conocidos
limpiando en los manantiales mi rudeza,
aprendiendo del equilibrio del granito
y de su erosión,
porque piedra soy
como alma permeable a la llovizna.

Y así voy,
a veces derivando a la deriva,
otras en conexión con cada rama,
y otras veces en ti,
a ti unido cuando me hablas
con tu espíritu ataviado de prudencia.
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Y es por ti

No volveré a ser
el voraz y antiguo náufrago taimado,
el humillante danzarin de valses
sobre un mar de mentiras,
ni a humedecer mis dedos
fingiendo ser tabla de salvación
siempre muda de respuestas.

No será mi garganta
la que vuelva a emitir
la burla burda de un"te amo"
que tan a menudo pronuncié
como hija de mis tardes vacías,
y como petición
de tantos halagos rendidos
a mí cuerpo herido de lujuria.

Comprendo cada átomo de tu vida,
la profundidad de tu verdad,
y en ellas me quedo,
conforme con ser en ti
un pequeño espacio de ternura
bajo el cielo de esta patria adoptada.
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Ara de piedra

Esta mesa de invierno y piedra será el lecho
donde consumaremos nuestro amor intermitente,
tabla donde afianzar nuestra comunión cosmopolita,
mesa y altar discreto
dorado con el solsticio de agudas palabras llanas
aprendidas en los años alocados
de nuestras soledades orgullosas,
voz sonora de la piedra y del agua,
voz nuestra de los regresos erosionados
tras un tiempo entre torrentes y cavernas.

Impreso en mis labios triunfará sobre esta roca
tu nombre primigenio de mujer;
será mi alimento cuando me faltes,
placer con el que me acaricie tu tacto ausente,
palabra y presente de mujer
venida entre los vericuetos del destino,
voz alta y libre
adelantándose a los ecos de los páramos,
clamor de valle desmedido abierto por tu mirada
ante la espera cardinal de tus planetas.
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Julio en azul e índigo

Te espero despierto entre brisa de tierra,
escuchando desde el balcón
como pronuncias mi nombre
con tu voz de madrugadas y de cuarzos
mientras observo cuanto te pareces al vapor,
siempre diáfana,
elevándote cual bruma
sobre el lienzo estrecho de las calles,
empedrándote en pasado.

Mientras el cielo pronuncia el penúltimo bostezo
nos volvemos risa
con la partida matutina de las jaulas
y de los nidos y de sus nudos mustios,
envueltos en uno más
de nuestros desayunos discretos,
con la digestión de unos minutos diminutos,
ante la mesa azul de cualquier cantina navegante
donde las manos
tratan de contar lo inconfesado.

Alegre se derrite entre carretas entusiastas
este julio agonizante,
soboreado en la oblea
salpicada por un relato helado de vainilla,
con aroma de presente
en la armonía de las barcas
y con el aire en su caparazón
va trazándose la tarde decorándonos con sal,
una tarde más de longitud dorada
hacia donde se dirigen nebulosas,
donde la niñez abre sus mares y sus mapas
con fiebre descalza en los pies,
en la entereza desnuda de una carcajada.

Ni te culpas ni me culpo
por sentirnos cómplices en el envoltorio inocente
de alguna conversación banal,
o si tras la sombra de nuestras gafas
se ocultan perlas parlanchinas
confiándose secretos que los labios no saben definir,
no te culpo cuando compartimos la saliva
en el rescoldo de un cigarro
o nuestros dientes se adhieren posesivos
a la frescura del gajo de un melón,
no nos culpamos de las sonrisas en silencio,
de que se acaricien nuestros hálitos
cuando nos acercamos al oído confidencias.

La arena nos sincroniza de nuevo ardientes,
otra vez en la orgía intemporal
del sueño de las olas,
proyectando el pensamiento
hacia la incandescencia contigua al horizonte,
allí donde las huellas de las algas
nos descubren las rompientes
de nuestras voluntades curvilíneas,
prestas a suscribir versos de fuego
como alegato y prolegómenos
para este amor no consumado.

Si al terminar nuestro julio
nos queda incompleto el abecé de la alegría cálida
dejemos,
flotando en la calma de este mar de plata e índigo,
las letras que nos queden pendientes,
flotantes sin ser rima
y prestas a ser recuperadas
tras once meses con la escayola mental
de la enfermedad del humo
y de la sordera de los zombis
que con zapatos muertos atraviesan el asfalto.

Nos encontraremos cuando otro nuevo sol de julio
vuelva a extender
las risas y los desayunos a escondidas,
haciendo versos con el espacio oculto
entre los restos de este año
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Hipocresía

Persigue con tu huída lo lejano,
despliega tus brazos cual banderas rotas,
gira en círculos,
rompe tu espacio
con el dolor que se agita entre tus alas.

Despacio deshilacha en un rumor
la sangre del miedo vertida en un torrente.

Escucha el latir de tu vida asustada
resbalando desde el corazón hasta tus plumas,
plumas ahora negras como cuervos.

Traza con tus manos la tormenta,
no le mientas
a ese cielo que te arrulla despejado,
pero oscuro por tu sombra,
sombra gigantesca que te engaña
con el castigo de tus ternuras de urgencia.

Otea el mundo,
palpa tu cuerpo alterado,
restaña en aguas frías esas llagas
lanzándote en picado hacia sus simas,
adorna con mentiras tus mentiras,
decóralas de oscuridad hipócrita,
sé humano como siempre has sido,
jugador en el odio con cartas marcadas,
tahúr sin maña ni mañana.

Naufraga en tu terror a respirar,
adhiérete a esa tabla brillante y corroída
que te empuje hasta ese fugaz faro
entre corrientes leves de su mar de tinta,
regresa si lo deseas a tu gruta
o pierde los pasos en caminos nocturnos,
pero que tu voz no te reclame,
no te culpe,
no te dañe,
no te acuse de tu nido derribado.
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16comentarios 126 lecturas versolibre karma: 110

Con tu harina

Tiene en su vejez el Sol
sueño atrasado,
bosteza por momentos,
entre nubes,
su manantial extrovertido,
se recoge cada tarde más temprano.

Tú le guiñas un requiebro,
abrigada a buen recaudo en el molino
cuando arrecia el tiempo de lloviznas.

La harina nueva
te convierte en tahonera
cuando se atan a tus dedos lazos blancos,
te explica como has de bordar
el pan horneado,
salpicado tu mandil
con el color de la esperanza.

Trae este otoño
una primavera en tus pisadas,
traes el confín generoso
en el sonido de hojarasca,
creciente en los contrastes
de su color imprevisible,
se enamoran de la tierra tus pies,
y tus raíces nacientes alimentan
y se alimentan con la alegría.
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13comentarios 123 lecturas versolibre karma: 108

Tu nombre

Ni un solo gramo de vanidad
se ha quedado adherido a tus palabras
o enterrado entre tus cejas.

Tu nombre es vibración
en la dedicatoria de mis libros,
la rúbrica elaborada con voluntad acuosa
en tus pupilas.

Con miradas
es como me tatúas en la piel
la fe sonora de tu nombre,
el apodo de los tiempos postreros
hechos heredad en la memoria ,
la música constante de tu apellido,
navegante de mar en flor
y de altas cumbres
resucitadas con la primavera
de tu rosa de vientos permanentes.
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6comentarios 105 lecturas versolibre karma: 97

Para la soledad

La locuacidad de mis cuadernos
me ha transformado en un escurridizo imán de frases,
en la onomatopeya de un inventor de laberintos,
y en el buscador de diccionarios
sobre los que deslizar todos los nombres
con los que quiero definir
el confín de mis secretas alboradas.

La ortografía del amor me ha convertido
en un fabricante de cometas
elaboradas con mi voz para volar en libertad,
revueltas las letras con la impresión
sentida sobre los vientos arrendados
a un ecuador de mares.

Tras cada renglón desconcertante
arraigarán los árboles que he de regar
en cada uno de mis días.

Con el porvenir locuaz
de un verso en el oriente de mi vida
me recogeré en esta soledad voluntariosa
y vecina de gaviotas y de albatros,
dentro de una atmósfera volátil
engendrada entre algodones de lluvia
(eterna y ritual vereda de mitos y leyendas),
caída sobre la caridad de mi cuerpo
cuando se incrusten las hojas,
hijas de nuestro otoño,
en mis pestañas.

Tiempo ha de ser para callar sin mancilla ni deshonra,
de abandonar en la otra orilla
el prado de la terquedad y del desaliento,
y de darle vida a la vida desde el abandono,
desde las horas paridas por la lentitud de las mañanas
en las que jugar al escondite con un perro vagabundo,
desde las tardes en las que desgastar piedras viejas
sobre las callejuelas pardas
(ellas, las piedras, nunca me traicionarán),
con noches de lumbre en la mirada
(por momentos me lamará la llamarada de mi fuego),
y con la templanza de mis pies templados
y la argamasa de la libertad honrosa
dentro de mis puños.

!Cuántos golpes en mis rodillas,
cuántos cardenales registrados en el alma
se diluirán en el caos de mis carreras!

Me quedaré en el camino
sin preguntar siquiera adonde se dirige
(a veces saldré a alguna parte
sin querer llegar a ningún sitio),
sin interceptar itinerarios,
me transmutaré en escribiente plácido
de la ruta de los álamos de un rio
(quizás del Duero, tal vez del Sar),
en redactor de la vida descansada
tras los arbustos desangrados
de los que huimos del ruido del mundo,
mudando por incontables veces de piel
para seguir creciendo,
mudando de moradas mi mirada.

Bendeciré el rastro que mis huellas sembrarán
allí donde el manantial se vuelva reflexivo
hasta hacerse tarantela
con su roce sanador entre mis uñas
(el agua avanzará, siempre canturreará su regocijo),
allí donde me convertiré en vacío para ser simple,
ser el absoluto de la nada
donde ondearé como bandera de destino mudo
(la soledad siempre me ha protegido entre sus telas),
contento con el viento en los oídos
(cuando despierte me respirará el aire).
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Aguas de enero

Corrían las aguas de enero
hasta suplicar
desembocar donde la cascada
lloraba nuestra timidez
sobre la pendiente cobarde.

Éramos almas someras,
nubes sometidas,
inconstantes y blandas,
folios redactados en tinta gris
con la traición exclusiva
de dos plumas esqueléticas.

Tras cincuenta años de éxodo
- y algunos más
que nunca hemos contado-
nos vimos frente a frente
con nuestros sueños en cueros,
con el querer en carne viva,
y con el deseo
danzando entre los matorrales.

Aprendimos a sublimar
los días de cielo oscurecido,
como aquella pizarra estoica,
de escuela y de nubes de tiza
rellenas de borrones grises,
con la amenaza benigna
de la ecuación devota del agua,
vimos ulular en los estambres
la belleza del álgebra nocturna
arrinconando nuestro enero,
esculpiéndolo en la parsimonia
de la comarca del estaño
repoblada con sarmientos.

Era una tarde
de extraño atardecer de Sol mohíno;
cantaba el agua,
cantaba la prisa en nuestra cumbre
y la risa entre tus labios.
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Mi compañera (sombra de luz)

Nos esperan las peñas de un otero,
colinas templadas de alboradas.

Será largo el camino;
los pies nos moverán
arrebatados por su música,
acogidos por esta tierra cautelosa
e imantada por milenios.

Herederos de letargos
despertaremos al andar,
cansados pero plenos
cuando alcancen nuestros ojos el ocaso.

No aceleres,
los bosques no reclaman nuestra prisa;
en su canto nos alertan,
en sus troncos nos sonríen.

Despacio, no aceleres,
las fuentes nos contagian de sonetos.

Despacio, aún más despacio.
No olvidemos que el camino es llanto y alegría,
son helechos acoplados a la piel,
es el manto dibujado por el musgo.

Sin urgencia.

Es el tiempo por sí mismo desplazado,
es la niebla que pronuncia nuestra boca.

Solo nosotros y las montañas,
entre el aroma del brezo,
y tú a mi vera,
siempre en mi orilla,
consejera en el caminar eterno,
mensajera de mis sueños.

Surges entre los días
de los verbos imperfectos,
desde esta ladera que atacamos,
tú y yo,
almas conscientes de nuestras huellas.

Conjugas constante mis pensamientos,
mis pasos lentos,
sigues mi ritmo.

Solo nosotros y la montaña,
y tú a mi lado,
acompasando cada revuelta,
cada murmullo,
y siempre al frente desde mis pies.

Mi sombra larga, mi compañera,
mi amiga siempre,
mi parte eterna.
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