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Prisionero de una sonrisa danzante

Prisionero de la luz
luego de ciento diez batallas salí absuelto
por los gritos furiosos
emanados de un ser de las sombras
voraz, arrogante, impulsivo
inexplicablemente clemente
creado de la nada
y convertido en musa danzarina.
Hoy muchos años después
del escape del mundo de las cavernas
en la ruta de una alameda otoñal
canto libre al son de la orquesta del silencio
un concierto de versos tristes
para aquella rosa de desconocida tez
que aun en tardes de lluvia
danza al viento su sonrisa.

1994
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Hambriento de ti

Despierto hambriento de ti
sediento de perderme en lo profundo de tus ojos verde esmeralda
mutarme en tu respiración aletargada
tragarme los silencios de tu boca
tatuados en una sonrisa triste
desmalezando tu cabellera de trenzas rubias
para construir mis sueños
y correr a tu lado la senda que distancia la vida del dolor.
Amanecí atragantado por la espada candente de un adiós
y una esperanza hecha mujer
luchando contra manos y manos de los monstruos del tiempo
que amenazan esta mi razón
de alimentarme de ti.

2003
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El vuelo de la Gaviota

Divino instante el de pensarte
gaviota viajera del último atardecer
imantada toda de nácar
vuelas trémula hacia un infinito inalcanzable
mitigando en tus plumas de colores del amor
las distancias de una vida por vivir.
Al otro lado yo, Alonso Quijano de La Mancha Nueva
ebrio y cuerdo
sin Rocinante ni Sancho
pero hambriento de ti
mujer convertida en sombras
plagada de blandos misterios
que interpreto en mis silencios
de esta noche tenebrosa de ecos inconexos
paridos en Babel de la Madre Tierra
para escribir en mayúscula en el muro del desconsuelo
solo dos palabras:
REGRESA YA.
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Los pasos perdidos

Veinte largos e inentendibles años.
Tenía treinta y dos cuando nos agarró,
ahora tengo cincuenta y tres...
pero como dice el poeta Silvio en La Canción del Elegido:
"...lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida..."
La vida pasa, pero las canas y la conciencia quedan...
Junio - 2018
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Rutas

Hoy caminé con Machado
por la senda de los pasos perdidos
buscando el momento de encontrar la Sagrada Familia
y compartir los cantos de una vida por vivir.
Antonio, visionario galáctico,
mas soñador efímero que arquitecto de la razón,
dibujó en palabras la fiesta nuestra de cada día
por descubrir el camino llano que conduce a la felicidad.
Y como a las cuatro horas de la jornada peregrina
una luz señaló el ocaso:
a más de siete leguas de una alameda inacabable
como envuelta en mil tonos de otoño
estaba imponente la Cruz del Gólgota,
la misma en que Jesús nació por los siglos de los siglos
para bendecir nuestros silencios,
en el nombre de Dios nuestro Padre eterno.

Octubre 23, 2017.
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La primera canción

Recuerdo tu llegada mágica
envuelta en conchas marinas
aires de sirena feliz de sonrisa contagiante
blandiendo ojos brujos
y con una sola mirada
fusilándome sin derecho al olvido.
Luego, al tercer día por la tarde
mutaste en gaviota de vuelo cándido y ardiente
que tomó la ruta del norte
hacia playas heladas
para nunca volver.
De ti solo quedan las letras tristes
de la primera canción de amor.

1996
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El Poema del Silencio

Un poema del bardo mexicano J P Hernández Oliva, titulado “Poema en Silencio”, me remontó unas cuantas décadas atrás, por allá a mediados de los ochenta del pasado siglo, a una tarde de tertulia en el viejo café del frente de la Facultad, en la sede vieja del norte de la ciudad. Entre cervezas, humo de cigarro y la cadencia de Rubén Blades y algo de Nueva Trova Cubana, las horas transcurrían en un corral de conversaciones trashumantes, que iban y venian desordenadamente de la diatriba historiográfica a los resultados dominicales del futbol para pasar a la última película de Al Pacino.
De los cinco iníciales amigos, ya quedaban dos sillas vacías, luego de que a eso de las 5 pm, Miguel y Eduardo, se fueron al infaltable encuentro con el Comedor Universitario; mas pudo el sonido estomacal que el amargo adictivo de una rubia Polar.
Ya Carlos, había pedido la guitarra que estaba guindada en la pared siempre a la orden de todo trovador improvisado, para entonar baladas o rancheras, de acuerdo a las exigencias de los grados etílicos y las muchachas presentes.
De repente se apareció con boina y su larga cola de clineja, Le Comte Blue, como él se hacía llamar. El Conde Azul, como realmente le llamábamos, lo cual no le gustaba mucho, aunque al final, luego de mordisquear unos susurros ininteligibles, aceptaba porque al final de cuentas le investía de esa altivez nobiliaria, aunque fuera buen mestizo de llano adentro llamado Alcides. Sabíamos entonces, que había que callar la música y escuchar su consuetudinario concierto poético, y parado el poeta en un improvisado auditorio, al centro del local, sacaba de los grandes bolsillos del viejo paltó gris, poemas arrugados que iba reciclando unos y pariendo otros, todos existencialistas y mortales, y comenzaba a leerlos, para recibir el tributo entre aplausos nuestros, y cervezas que el cantinero al azar anotaba a la cuenta de los clientes. Así Le Comte tomaba gratis, y vendía poemas a la carta, baratos, por mas cerveza o una empanada.
Pero esa tarde, llegó más serio que nunca al Café Concert, y dijo que ese sería el mejor de sus recitales, ya que había pasado sin dormir la noche preparándolo. Se paró en su tarima inexistente, al frente de todas las mesas, y con la atención ganada de todos, sacó una hoja del bolsillo, se puso los lentes, levantó la mano para comenzar su lectura, y todos esperando que nos sorprendiera con algo nuevo digno de su rancia hidalguía, movió el brazo en forma enfáticamente explicativa, y el auditorio expectante ante su genial poema que pensábamos lo tenía atragantado, cuando a los casi tres minutos, hizo la venia al público como todo triunfador luego de culminar su faena, y en voz ronca, dijo: ¡Muchas gracias! ¡A culminado el Poema del Silencio”. Por supuesto, no recibió aplausos, pero si unas cuantas cervezas hasta el anochecer, entre las risas por haber timado nuestro tiempo.
2019
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Enterrado en un beso eterno

En una noche cualquiera de quince siglos atrás
rompiendo silencios
con mirada de invierno
sonrisa al viento
envuelta en una bruma taciturna
descendiste desde la última galaxia universal
piel de imán y corazón de tormenta
atrayéndome a ti
con un látigo de amor
que laceró inmisericordemente mis sentidos
y hoy en el final de esta historia
me encuentro enterrado en el camposanto de un beso eterno.

1997
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4
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Piel Canela

Parada de espaldas
cuchillo en mano
adornándose con aroma de ajo y orégano
la reina de la risa
doblegó el sopor de la tarde.
Lentamente el látigo de dos centelleantes luces
de una mirada felina
se clavaron en mi
petrificándome ante la miel homérica de una pantera negra
tallada en un metro sesenta de piel canela
y el sonido de un bolero de Luis Miguel.

1996
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Presencia etérea

Imposible olvidarte
convertiste una vida en locura
detonando sutilmente el muro de la razón
entre esperanzas distantes
y un corazón pétreo.
Me siento prisionero
bañado de luna y sombras
en una jaula del tiempo
sin barrotes
preparada en la memoria de un largo trecho
repitiendo eternamente
un nombre sin sonido
que hace eco en lo más profundo del corazón
para regresar solitario
al Jardín de los Olivos.

2018
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Canción de desvelo

Olor a sueños se desprende de tu ser
caminos infinitos transformadores de verdades en ilusiones ocultas
y una nieve pasajera debilita toda ave cantora que esquiva tu mirar
toda vez que galopas por el cielo de una noche en vela.
Eres insomnio enfermizo a cuenta gotas
surgido en el eco de un nombre insonoro,
arrítmico y voraz
que agreste incita a los átomos del pensamiento
a luchar contra la placidez de una almohada suave y limpia
para convertir el sueño en desvelo
en la locura mágica de una larga noche hecha mujer.

1991
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Silencio del camino

Luces y faroles de la noche
iluminan la llegada indescriptible de un cometa
que diversifica la razón
con ilusiones de un nuevo amanecer
al sexto dio de la creación
y en una silla voladora
como trono universal
sentada la mujer que emancipa el silencio del camino solitario
envuelta en un largo traje de cabellos crespos
de tonos azules
escribiendo los párrafos de una nueva vida.

1993
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Venus de hoy

En una noche cualquiera
concilié un irreflexivo sueño:
Absorto en silencio
ante la ninfa que acaba de nacer de la nada
clonada de una pintura renacentista de Venus
con corazón humano y no de diosa
y la sonrisa de nunca acabar
recitando en la lengua universal
de todos los hombres
los poemas de Neruda
como derechos sagrados de la raza humana
a vivir atrapados entre los códigos del amor,
haciéndome el primer prisionero de esta condena voraz.
Como Rip van Winkle, desperté luego de veinte años
en la angustia de saber si fue realidad o ficción onírica
la presencia ausente de la musa enamorada.

1996
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Aromas de amor

Un aroma taciturno
germinado en octubre matinal
simulando rosas conservadas en invierno.
Aroma que se viste de silencio
cual crisálida retozando en su capullo
haciendo un enjambre de pétalos mortales
adorno añejo que lacera mis devaneos.
Aroma de mujer
hueles a melancolía, embriaguez y dulzura
como olor sacado de la era cuaternaria
preservado en un glaciar
para extasiar el olvido.

1998
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Libre en la nostalgia

Al principio del tiempo
no entendí quien eras
ni de que estabas compuesta
y en los cuatro elementos primarios
busqué tu razón de ser:
apenas vi en el agua reflejado tu candor
en la tierra plantaste la raíz universal
en el aire tu alma habló
y en el fuego tu llama iluminó el sendero de la esperanza.
Solo ayer,
dos desconocidos de una era sin años
esclavos en el silencio
prisioneros en las galeras del olvido
mas hoy, en un acto de fe y de amor
como reflejo de todo lo imposible
somos libres por siempre en la nostalgia
al ser los “dos solitarios menos en el mundo”
a los que les cantaron Air Supply

1989
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Extranjero en mi propia tierra

Es 30 de noviembre cerca de la medianoche, víspera de diciembre, y como acostumbro rutinariamente todas las noches, siempre y cuando el acceso a internet me lo permite, trato de comunicarme con Luis. A veces lo logro, otras como esta noche es difícil, pero sigo en el intento.
Han pasado ya más de siete meses en que él tomó sus morrales, los llenó de provisiones, unas cuantas mudas de ropa, mantas para atenuar el seguro frío por venir, sueños de adolescente, mas mi diaria bendición, para viajar al sur, al lejano sur, al desconocido sur, huyéndole a las miserias y a la desesperanza absurda, bizarra, enquistada en esta Tierra de Gracia, tan noble pero tan maltrecha.
Luis tiene diecinueve años. Los cumplió en septiembre. Hace apenas un año su vida transcurría normalmente entre las clases iniciales de ingeniería en la universidad, las partidas de fútbol y su grupo de amigos, pero la andanza diaria por las calles de la serrana ciudad, cada día más dura, llenas de caos como las de cualquier ciudad nuestra, devenidas en una válvula de presión, lo incorporaron como un número más, a las estadísticas generalizadas, y de la noche a la mañana, se convirtió, en lo que es hoy, un inmigrante.
Yo, el padre viejo, el papá abuelo, al principio no lo entendía. Para mí siempre el inmigrante había sido Abdul, el próspero libanés dueño de cuatro zapaterías contiguas en la cuadra de los árabes, allá en mi pueblo natal, o don Francesco, el sastre italiano de la esquina, o Juan Camilo, el letal delantero de los juegos dominicales, llegado desde Medellín recomendado en tiempos de aquella otrora bonanza cafetalera como capataz de la Hacienda “El Recodo”, quien en noches de verano recreaba en los bancos de la vieja plaza, su amor por la poesía de Neruda y de Machado, fiel además por el folklore irreal de García Márquez; definitivamente, una visión muy particular, y que había soldado sólidamente en mi imaginario, con las imágenes televisivas de la exitosa serie brasilera “Terra Nostra, transmitida por Televen hace ya unos cuantos años, donde se dibujaban los amores y desamores de un grupo de italianos que comenzaban una nueva vida en el sur de Brasil a finales del siglo XIX y principios del XX.
Pero no Luis. No mi hijo. Menos, apenas cruzando esa línea rebelde que conduce a la adultez, y sobre todo, nativo de esta privilegiada tierra que históricamente ha sido un polo apetecido de atracción de inmigrantes llegados de cualquier país foráneo, seducidos por tanto suelo fértil, oportunidades para trabajar y crecer económicamente, en esta especie a su modo de “milagro americano”. Los inmigrantes eran ellos, jamás nosotros.
Pero llegó el día de la partida. Entre sollozos y abrazos colectivos de nuestra pequeña gran familia, y un sin fin de “Dios te bendiga”, en esa despedida forzada para Luis y sus hermanos menores, quienes a su corta edad, el Gabo y María no entendían las dimensiones reales de la distancia, tal vez aproximándola a un fin de semana por ejemplo; solo Daniel, ya adolescente también, se sabía separado de su hermano, amigo y compañero de tardes-noches de partidas tras partidas de futbolito.
Vino el viaje de una, dos, tres, cuatro, muchas jornadas de carretera, comentado vía whatsapp condicionado por el WiFi con descripciones y fotos incluidas sobre las novedades, aventuras y desventuras vividas, tras la larga semana y algo mas que conduce del norte semicaribeño al sur austral, acompañado con la nostalgia a flor de piel a ambos lados del corazón, del que se va y del que se queda. ¡Qué ironía!, ¡Luis a escasos diecinueve años ha recorrido más kilometraje de geografía urbana y rural efectiva que yo en mis cincuenta y dos!. Él los conoce de pasada y de ventana, en ese maratón andariego de vivir en un bus a trasbordos durante nueve días, mientras que yo solo me quedo en los nombres y la ubicación que me brindan mi colección de atlas y enciclopedias geográficas hojeados tantas veces.
Debo reconocer que esos fueron días amargos, de angustiante miedo al desprendimiento, a algo desconocido. Con una camuflada y solidaria conjuntivitis, de más está decir muy oportuna, la infaltable voz quebradiza, una buena dosis de desgano y apatía social, deambulando pues sin querer entre el amor y el dolor, no me quedó otra opción que acompañar la nostalgia en las notas grises y sentidas de las canciones de Perales, Yordano, Nino Bravo y Serrat, mitigando su ausencia durante el viaje, recurriendo a evocar en el calor fraterno tantos momentos vividos de felicidad.
Claro, ¿cuánto tiempo hace de cuando yo lo buscaba en la guardería y el preescolar y nos íbamos a terminar la tarde en el Parque Ciudad de los Niños o en el Mc Donald de Las Américas?. Algo así como quince años, aunque me parecen menos, porque el tiempo en estos tiempos pasa demasiado rápido.
Ya al llegar mi hijo a su destino, la gran metrópoli austral de la costa pacífica sur continental, con su día a día de adaptarse a su condición de forastero, comencé a acostumbrarme a la relación en la distancia, a las video llamadas y al Messenger para vernos en unas pantallas que nos robotizan los movimientos y nos escuchamos asincrónicamente, pero que al fin y al cabo, nos oímos, sientiendose la profunda alegría de la “tropa”, cuando nos colocamos todos enfrente de la mini laptop para “dialogar” como dicen ahora “en tiempo real” con Luis, y que lleva a Gabo a preguntarle, con la propiedad y el derecho que le da la inocencia de sus cuatro años: “¿Vienes el viernes?”, como si estuviera a la vuelta de la esquina y no en las antípodas; si, una relación a través de mensajes constantes que nos acercan aun cuando nos encontremos a 6.996 kilómetros de carretera de separación.
En estos meses transcurridos, mi intuición y mis canas perciben a ese mozalbete más maduro en la vida, pareciera que ha crecido en años, en tamaño y en conciencia, aunque mida el mismo metro setenta; seguro que ya no es el mismo “carajito” que se fue, ahora es un joven tenaz, ecuánime, sensato. Diría mi abuelo Rufino, “echao pa’ lante”, y así anda por esos caminos ya en “la pega” como le dicen allá a trabajar, empleado en “cosas” que hace poco no sabía hacer, pero que las hace abriendo camino hacia un porvenir, y que el mes pasado lo llevó a ser seleccionado en su trabajo como el “Empleado del mes”. Lucho, como le dicen sus nuevos amigos sureños, igual que al viejo cantante de boleros, se muestra orgulloso en las fotos que me envió, posando al lado de una cartelera en la cual en el centro se distingue su rostro, su nombre sobre un comentario favorable, portando en su franela el pin de reconocimiento con el logo empresarial, que a pesar de ser el de menor edad demostró su eficiencia y rendimiento.
Y él y yo felices de saber que hace lo que debe hacer, resumido en el Décimo Primer Mandamiento de la Ley de Nuestra Familia: “actuar bien por sobre todas las cosas”, luchando contra los estereotipos negativos y amarillistas que por desgracia siempre acompañan a los inmigrantes, alimentando y ensanchando a esa extraña palabra llamada “xenofobia”. Siempre “pa’ lante”, porque como sabrosamente cantan Yordano y Canelita Medina, “somos de madera fina”.
Ya mañana será diciembre, pleno de días festivos por la natividad de Jesús, atiborrado de luces, olores y colores que alegran el espíritu de todo niño que entre aguinaldos y villancicos espera al igual que todos, sin distingos socio-económicos, algún regalo prometido por ellos mismos, y Luis estará allá, compartiendo con sus primos que también viajaron en esta diáspora sin razón de ser, a Dios gracias reencontrados para hacerse un espacio cálido filial en la ausencia familiar, conscientes que allende las montañas, un hogar con fervor los espera. Y tal vez este diciembre será triste y diferente; imagino cuando el viejo Betulio cante sus gaitas de todos los años, del amor, de los hijos ausentes y de la alegría de Navidad y Año Nuevo, y yo crea que las compuso pensando en nosotros. Ya no será este año, pero con esperanza y optimismo, en otras navidades próximas él estará presente.
Es por eso que hoy comprendo, que no solo Luis es un inmigrante, sino que también yo lo soy. Aunque estoy en la “ciudad de las mieles eternas”, me siento un extranjero en mi propia tierra, ya que habito un espacio desconocido antes para mí, al ser padre de un hijo en lejanas tierras, aunque esto sea tan común por estos tiempos en estos lares.
Por fin, valió la pena insistir: me acaba de llegar un mensaje de Luis por Facebook. Está en línea y no voy a perder el divino instante de contarnos, hasta que el internet lo permita, los avatares del día…

José Urbina Pimentel
2018
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Extraña tormenta

Ayer cayó una tormenta extraña
solo una gota contenía
de ella naciste:
por eso eres única.
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Por el Mar de los Sargazos

Inmensa la belleza que vive en tus ojos
pequeña tu fealdad clandestina
cautiva la sensación de una presencia fugaz
madre de las pesadillas diarias de tu ausencia.
Inmenso el deseo de unos pasos sagrados
conduciendo tu cuerpo
en una carrera del destino
por el Mar de los Sargazos
a estrechar nuestras al almas.

1989
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5
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Ejercito de arcángeles

Un amplio firmamento nos separa
monstruos montañosos ríen eufóricos
en su cometido siniestro
solo es posible vencerlos
al mando de un ejército de arcángeles
que luchen con la bandera del amor y la razón
despejando la tormenta y los negros nubarrones
que desde el infinito
desmigaja los corazones y desequilibra los sentidos.
Ya será mañana
antes del amanecer
luego de la madre de todas las batallas celestiales
como cuestión del destino
el triunfo sagrado de nuestra unión infinitesimal.

1989
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3
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Ejercito de arcángeles

Un amplio firmamento nos separa
monstruos montañosos ríen eufóricos
en su cometido siniestro
solo es posible vencerlos
al mando de un ejército de arcángeles
que luchen con la bandera del amor y la razón
despejando la tormenta y los negros nubarrones
que desde el infinito
desmigaja los corazones y desequilibra los sentidos.
Ya será mañana
antes del amanecer
luego de la madre de todas las batallas celestiales
como cuestión del destino
el triunfo sagrado de nuestra unión infinitesimal.

1989
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2
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