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Membrillo

Soles en árbol.
Con membrillos de oro
otoño llegó.
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2comentarios 102 lecturas japonesa karma: 101

Si tú supieras

Si tú supieras que el sol se apagará mañana
y la luna no vendrá esta noche a visitar tus sueños.

Si tú supieras el final de las horas marcadas
en el reloj vital que te regaló el destino al azar.

Si tú supieras aceptar el último beso
de esos labios rosados apresados a tu boca.

Si tú supieras nombrar el último número,
consciente de que no es infinito, sino el finito.

Si tú supieras rezar como un santo
y las preces cayeran al abismo del sinsentido.

Si tú supieras escuchar la noticia,
jamás esperada y eternamente conocida, sobre ti mismo.

Si tú supieras tanto como todos los dioses juntos
y, a pesar de ello, te aferraras a la negación.

Si tú supieras dejar de suponer.
Si tú supieras, si tú, si…
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Agosto

Agosto quema
y la solana arde
en cruel estío.
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sin comentarios 47 lecturas japonesa karma: 102

Ladrona

Si te quedas con mis dedos
devuélveme las caricias.
Todavía siento el velo
que rozando tu piel,
envuelve nuestro secreto.

Si me robas los ojos,
no importa.
Ya poseo tu mirada
para siempre y
la guardo en mis dudas.
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6comentarios 72 lecturas versolibre karma: 112

Reconocer

Se lee igual al derecho y al revés.
Conocer de nuevo.
De nuevo, conocer.
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sin comentarios 47 lecturas prosapoetica karma: 56

Iracundo

Al principio la ola era bienvenida,
en la espalda y en el pecho.
Golpes refrescantes.
Dulces masajes de la mar embravecida.

Tras varios intentos,
cambió la voluntad.
Cansada de repeticiones,
la piedra pidió benevolencia y paz.

Las aguas se negaron obedecer.
Escocía la sal en la piel.
Músculos y tripas enervados.
Poco hígado para tanta hiel.

El vaso se fue llenando
de líquidos impuestos,
de rabiosos sentimientos
acumulados en el saco de la ira.
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sin comentarios 59 lecturas versolibre karma: 39

Haiku

Abril verdea.
Rompe las nubes grises,
la lluvia cae.
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sin comentarios 99 lecturas japonesa karma: 100

Llegando lentamente

De los recuerdos
solo me acompañan tus suaves manos.
Con el pasado
me quedan muchos pendientes.
Besos que olvidé,
caricias en los metales empavonados.
Dibujos ordenados
en los libros de la escuela.
El ayer permaneció envejecido
de herrumbre y de hoy, ¡qué sé yo!
Barro con la mirada las horas que no sé contar.
Y de tanto esperar,
cansado, perdido,
me he encontrado una perla de agua
en el cauce de mis arrugas.
Un tul desvela luces humeantes a mis ojos.
¡Cuánta soledad inesperada!
Llegando lentamente, a dónde no quiero.
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2comentarios 85 lecturas prosapoetica karma: 72

Poetas

A quienes escribís hiriendo el papel,
con el cristal de la palabra desnuda
os dejo mi piel abandonada.

A quienes sembráis besos
y quedáis cegados
por un girón de primavera.

A quienes la realidad
os parece un mal sueño
al despertar de vuestros anhelos.

A quienes la duda
es vuestro mejor principio
y la certeza duerme en un pétalo de flor.

A quienes vertéis lágrimas
al abismo esperando utopías
y el horizonte os da la mano.

Os dejo un latido,
tal vez un rumor,
que resuena en único poema.
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11comentarios 172 lecturas prosapoetica karma: 105

Verja

Aquí estoy desencajada,
Esperando un destino
o, tal vez, desechada.

Me abrasa la luz,
el dolor me dobla
detrás, las piedras me guardan.

Escucho las sombras,
que ya no me hablan
temerosas del sol a sus espaldas.

Férrea, a martillazos hecha.
Herida del tiempo.
Herrumbre y cardenillo.
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Lecho

El tiempo detiene la savia
y el tronco se desnuda sin miedo.
Sabe que su lecho de vida
siempre le espera.
Sereno, fiel.
Dejando su fuerza,
abandonado,
entregado al ser
y repleto de paz.
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2comentarios 100 lecturas prosapoetica karma: 73

En la orilla

Llama la mar a tus olas,
y te devuelve el eco
de las piedras mecidas en la arena
y dejas un beso a la tarde
envuelta de azules y grana.

Rayos cristalinos, irisados.
Alboradas de fulgor encendidas,
te miran a escondidas.
Y abres tus labios amapolas
en un suspiro de luces .

Un ramo de palabras abrazadas
a tu silencio embelesado.
Huellas en la soledad que, dibujando
en la arena mariposas de colores,
el agua quiere borrarlas.
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sin comentarios 114 lecturas versolibre karma: 101

Torva

Envuelto en torva
implacable febrero,
hielas los huesos.
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sin comentarios 82 lecturas versoclasico karma: 101

¿Cuánto?

Millones de sueños.
Ternura única.
Inmensa pasión
Denso silencio.

Mil perdones.
Cientos de versos.
Infinita paciencia.
Abrazos eternos.

Una sonrisa.
Mucho respeto.
Pocas palabras.
Dos para un beso
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sin comentarios 160 lecturas prosapoetica karma: 98

La malla

Me han mostrado un pedazo de mundo.
Allí derraman el agua por un agujero
que no llega al corazón de mi tierra seca.

Vacían camiones de alimentos
esparcen la rica fruta al suelo,
que jamás mi pueblo imaginó.

Me han enseñado una foto desde el espacio
con millones de luces encendidas
iluminando las grandes ciudades.

No he visto lindes en los caminos,
sólo caminos donde dejo las huellas de mis pies,
árboles donde encuentro el refugio de los soles.

Busco agua y alimento para los míos
allá donde estuvieren… y luz para ver
la injusticia de la historia.

He caminado noches enteras
escondido en las cunetas, huyendo
de los perros y las porras justicieras.

He llegado a los muros de mi cárcel,
a las redes metálicas que tal vez me capturen
y me devuelvan al fango de su edén.

¿Por qué tengo que escalar esos árboles de espinas
que no crecen en primavera,
ni atraen a las nubes con aguas finas?

Sólo deseo el agua y el pan que necesito,
la libertad para escoger mis sueños
y la tierra donde habito.
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4comentarios 221 lecturas versolibre karma: 92

Albor

El agua me vino a buscar,
cuando no esperaba beber
en los labios de la madrugada.

En medio del bosque las corzas blancas,
con sus ojos almendrados,
petrificaron sus movimientos en un suspiro.

Solo las hojas del hayedo comprendieron
el vuelo de aquel pétalo.
Bajo la sombra tenue emergió la vida, verde.

Jabatos besando el bosque miríadas de veces
gruñendo la tibieza sutil de una vida recién estrenada,
bebida en las raíces y el humus callado.

Me dejé empapar en su compañía.
Un abrazo escarchado se escurrió en las primeras luces,
casi comprendí el albor de mis pasos.
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Las palizas a mi madre

Oí un estruendoso portazo en el pasillo. Era la puerta de entrada que se había cerrado con toda la fuerza del mundo. Todo mi cuerpo se puso en alerta y mi corazón comenzó a bombear sangre como para mantener a un elefante vivo. Las 3 de la madrugada, el despertador iluminaba los tres números rojos formados por diodos electroluminiscentes, 3:17. Me desperté de un sobresalto. No era la primera vez que mi padre hacia su entrada en casa de esta manera. El miedo se apoderó de mí en un microsegundo. Mis oídos abrieron sus compuertas de par en par intentando captar cada sonido. Percibí el chasquido del interruptor. Clip. La ranura debajo de mi puerta se iluminó en color amarillo. Un trompicón aliado a una patada, volcó el paragüero y salieron disparados los paraguas por el pasillo.
-Joder, esta mierda siempre en medio, gritó mi padre con la lengua enredada en el paladar.
Mi madre encendió la luz de su dormitorio y mandó silencio con un siseo imperativo.
-Vas a despertar a los niños. ¡Calla! Por favor, te lo pido.
-Cállate tú. ¡Siempre mandando! ¡Pesada!
-Por favor, no hagas ruido. Ellos no tienen la culpa de nada.
Ahora, las palabras de mi madre se habían tornado suplicantes y cargadas de paciencia. Mi hermana rompió a llorar. La puerta de su habitación daba al pasillo y estaba abierta. A pesar de tener un sueño muy profundo, fue tal la potente voz y la algarabía montada por mi padre que toda la casa pasó en un instante al estado de vigilia. Mamá acompañaba a mi padre allá por donde iba. Abría el frigorífico buscando algo que ni el mismo sabía.
-¿Dónde has escondido las cosas, desgraciada?
-Anda vete a la cama y descansa. Le contestaba mi madre.
-¡Me iré cuando me salga de los cojones! ¡Déjame en paz!
-Antonio, por favor, deja de gritar. Estás llamando la atención de los vecinos. Por favor…

Yo iba con mi hermana y la abrazaba intentando calmarla. Ella no dejaba de llorar y entre sollozos balbuceaba la palabra mamá, una y otra vez. El miedo me tenía paralizado. Sólo quería que pasara el follón cuanto antes y que mi madre no terminara llorando como lo hacía la mayoría de las veces que mi padre venía borracho a casa.
-¡Ala! Dijo mi madre. El vómito de mi padre se vertió de una gran bocanada sobre las baldosas de la pared de la cocina, la mesa, las banquetas y el suelo. Otra arcada más, acompañada de un grito, contribuyó a vomitar de nuevo una mezcla líquida de color marrón un poco amarillento, impregnando todo el ambiente de un olor asqueroso.

Ver así a papá daba mucho miedo. Se convertía en un hombre descontrolado, violento, no tenía cuidado con nada y atemorizaba su sola presencia. Mamá nos protegía como podía y, a veces, vi como le paraba los golpes que seguramente nos hubieran alcanzado a mi hermana y a mí. La casa se convertía en un infierno en el que todos estábamos desprotegidos frente a su ebriedad. Lo difícil era conseguir que se metiera en la cama a dormir. Una vez que lo hacía se quedaba dormido y no se despertaba hasta pasado el mediodía. Durante el resto del día no se hacía ningún comentario entre mis padres, se mascaba una fuerte tensión en el ambiente, intentando ocultarnos a mi hermana y a mí, la gravedad del problema. No me atrevía a salir de mi cuarto por miedo a encontrarme con mi padre o contemplar la cara descompuesta de mamá. Un silencio desolador se paseaba a sus anchas en todas las estancias de la casa. El reloj quedaba paralizado atando con más intensidad el nudo que bloqueaba mi corazón.
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Ahora no es navidad

Ya han pasado los días de Navidad. Se acabaron las felicitaciones típicas, el juego del amigo invisible, los regalos del señor gordito con barba blanca y los que trajeron los reyes mágicos. Se terminaron las cenas y comidas copiosas con los familiares. Se han recogido los adornos navideños, apagado las tiras luminosas de leds y envuelto las figuritas del belén. Todavía juegan los niños con los juguetes recién estrenados, mientras los papás se disponen a zambullirse en la rutina laboral y doméstica.

Ha finalizado el tiempo socialmente aceptado de la felicitación, de la alegría, de la solidaridad. Ahora comienzan las rebajas de enero para compensar el despilfarro de las fiestas pasadas y pagadas. Sin la suerte de haber sido agraciado por la lotería y con la misma salud que se tenía antes de las fiestas, siempre y cuando no se haya abusado en exceso de las comilonas. Vuelta al trabajo, al cole, a la inercia rutinaria de cada día.

Sin embargo, estos días anodinos son los que más necesitan de alegría y de encanto. El regalo de cada minuto de existencia tiene la fuerza de toda una fiesta. Los miles de besos depositados en las mejillas de los seres amados, la sonrisa ofrecida como señal de acogida y de encuentro, la palabra amable, el silencio educado, el abrazo con ternura, la espera esperanzada, la confianza en las posibilidades ajenas, la caricia afable… estas cosas sí que son auténticos obsequios de la vida.

Ahora también es tiempo del cariño, de los encuentros familiares, de las llamadas a los amigos, de las visitas deseadas. Ahora se disponen de muchos días para felicitar, para reconocer con gozo el crecimiento ajeno, para hacer reír, para jugar, para quedar a tomar un café, para escribir unas palabras a quienes queremos en la distancia. Ahora se pueden hacer visitas a quien está enfermo, a quienes sabemos que les afecta la soledad. Ahora se puede pasar un rato con las personas mayores que sólo desean a una persona que les haga sentirse importantes. Ahora, es precisamente cuando más se necesita la solidaridad. Ahora no es Navidad.
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Calma y espera

Una fina calma desciende esperanzada
por la ladera del tiempo.
Días contados en exceso.
Apresados en campo abierto,
donde la lluvia solo empapa la tierra seca.
¿A quién esperas para mojarte?
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12 Uvas

Las 12 uvas de la suerte. Esa suerte que queremos disfrutar a todas las horas. Como si todo dependiese de ella. Esperamos al fin del año para realizar la gran ceremonia de pedir los mejores deseos para el año que viene. Frente a un televisor o en la plaza de cualquier ciudad, delante de un reloj que dé las campanadas. Exactamente doce. Como los doce acasos que quizás se produzcan en el año entrante, uno por mes, uno por intención, uno por expectativa. No nos ha tocado la lotería y ya nos conformamos con la salud. Pero somos pertinaces, si no hemos sido agraciados con el dinero, pues decimos que la salud es lo principal. A partir de ahora a por más. Ponemos nuestras esperanzas en comernos, a golpe de badajo, una uva en cada campanada. Y con eso, casi tenemos garantizada la estrella. Hay que seguir el ritual porque si no, ya tenemos la excusa perfecta para pensar que la causa es no haber creído en él. Se acompaña de un cava, o cualquier bebida alcohólica y besos para todos y abrazos que jamás te atreverías a dar cualquier día del año.
 Las 12 uvas dan permiso para el desmadre generalizado. Para encasquetarse un gorrito y unas gafas de payaso. Tirar confetis, beber, gritar, saltar y bailar hasta que el cuerpo aguante. Terminar la noche en alguna churrería tomando chocolate con churros antes de meterse en la cama. Despertar lo más tarde posible para volver a reconocer que las fiestas se terminan. Que todo vuelve a la rutina diaria. Que ya se han olvidado prácticamente todos los deseos. De la celebración del año nuevo quizás quede algún recuerdo todavía, gracias a los pequeños trozos de turrón que terminan encajados en algún aparador de un armario. Pero de las uvas, ni rastro y de la suerte, ni se sabe, ni se la espera.
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